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Soy camionera: Raquel Segura, grácil y espontánea

Su vocación nunca dio ya marcha atrás, y eso que su primer viaje como camionera, quizá no el más deseado para una principiante como ella, fue de noche y con lluvia, camino de Barbastro (Huesca).

Por suerte, además de la venia materna, para este debut en la carretera contó con el copilotaje de su padre, Juan José, recién jubilado, y del que había heredado, como chófer para la misma empresa, el volante de un DAF 480 Super Cab, que ya había acreditado con solvencia el millón de kilómetros.

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Esa noche, camino de Barbastro, Raquel materializaba uno de esos sueños que una va fraguando desde muy pequeña, cuando acompañaba a su padre, fuera verano o invierno, en las treguas temporales que el cole va otorgando.

“De mi infancia, la imagen de mayor felicidad que recuerdo es la de mis padres, mi hermano Juanjo y yo, todos aupados al Pegaso de mi padre en los días de vacaciones”.

Soy camionera, Raquel Segura

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Ya adolescente, nuestra protagonista mantuvo por un breve espacio de tiempo el deseo de ser oficinista, pero no tardó en sucumbir a la idea de que no estaba hecha para estudiar.

Con 16 años, comenzó a trabajar fabricando bañadores, período al que siguió un breve paso por Mercadona, firma omnipresente en Villarreal.

“Aquí la gente se pelea por entrar en este supermercado, pero yo no valía para un trabajo en el que vives a diario la competitividad entre personas. Por aquel entonces –endulza Raquel su sonrisa–, mi deseo ya era el de llevar yo sola un camión”.

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No corrían precisamente los mejores tiempos para nuestro oficio, pues en esta zona de España (Castellón, Villarreal, Almanzora, Alcora, Onda, etc.), especialmente productiva en la fabricación de cerámica, azulejo y gres, la crisis azotó con virulencia al transporte.

“Fue precisamente a mediados de la década pasada cuando empecé a trabajar en una fábrica de cerámica. Era triste –recuerda Raquel– ver que casi no pasaban camiones por unas carreteras en las que antes rebosaban”.

A los 29 años demostró su sobrada capacidad para el oficio sacando un carnet de rígido que, al poco, y a instancias de su padre, completó con el de tráiler y el de ADR.

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En su primer día, del que hemos dado cuenta al inicio del reportaje como camionera, ya tuvo un primer contacto con la Guardia Civil, que de vuelta de Huesca a Castellón le paró para que mostrara los discos.

“Sólo le puedo enseñar este, agente –inquirió nuestra protagonista–, pues empecé ayer mismo a ejercer de transportista”.

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Ni siquiera llevaba el contrato, que su primera empresa aún no le había expedido, pero los uniformados, tantas veces inmisericordes con el camionero, no lo fueron en este caso, y le perdonaron una multa, que sin duda hubiera recaído en la empresa contratante.

Ahí comenzó el primero de muchos otros capítulos vividos entre Raquel y la Benemérita. “Nunca me han multado, pero me paran muchísimas veces.

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Yo creo que al ver a una mujer joven al volante, me hacen ipso facto la señal de estacionar, para echar el rato conmigo.

En una ocasión pinché una rueda y hasta tres patrullas distintas de la Guardia Civil estuvieron largamente charlando conmigo, mientras esperaba a que llegara el servicio técnico.

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Estoy acostumbrada, y yo no me lo tomo a mal. Siempre soy muy espontánea”.

Paradójicamente, sus primeros viajes fueron los que le exigieron un esmero más riguroso, con mucha ruta por Europa, sobre todo Francia e Italia.

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Su condición femenina le reporta generalmente un trato, si bien nunca de favor, educado e incluso más gentil de lo habitual. No obstante, todo lance tiene su excepción, y la que vivió Raquel fue una especialmente desagradable.

Al pasar ante un grupo de compañeros, un majadero con forma de ser humano soltó para oídos de todo el mundo un “a esta le tengo yo que coger un día, subírmela al camión y…”

En fin, no vamos a seguir con un repulsivo comentario, que cualquiera imagina cómo puede acabar. Nuestra camionera no lo oyó en persona, pero fue alertada por su entonces novio de lo sucedido.

Ese mismo día el neandertal y ella coincidieron en un viaje a Zaragoza, de manera que cuando lo tuvo de frente, lo más fino que le dijo fue: “Que no me entere yo de que jamás vuelvas, ni siquiera, a poner mi nombre en tu boca”.

Madre en 2012

Tras el nacimiento de su hija Nerea, a Raquel le asignaron un Scania 420, y sus viajes ya empezaron a ser más cómodos para ella, al dormir en casa la práctica totalidad de los días.

Desde hace algunos meses trabaja como camionera en la empresa Colorama, ubicada en la localidad castellonense de Onda.

Su jornada acaba hacia las 6 de la tarde y deja las cartolas del camión bajadas, para que, al llegar a las 7 de la mañana del siguiente día, la caja abierta ya esté cargada.

Desde ese momento, y siempre partiendo desde Colorama, sus viajes le pueden llevar a entre 4 y 7 fábricas, pero nunca a más de 50 kilómetros a la redonda.

Soy camionera, Raquel Segura

Su desparpajo con ese universo, casi 100 % masculino, con el que trabaja a diario, salta a la vista en la mañana que comparte su vehículo con Solo Camión. “A mí me respetan siempre.

De tanto en cuando hay alguno que te echa la caña, preguntándome si tengo novio o cosas por el estilo, pero yo me lo tomo a cachondeo.

Les digo que tengo marido y al final les hago sonreír, porque también hay que entenderles un poco, ya que están todo el día rodeados de hombres”.

Lo que más destaca Raquel de su trabajo es estar siempre al aire libre. “Solo echo de menos –la sonrisa, que no falte– medir unos centímetros más. Cuando el camión está descargado y sube la suspensión, tengo que ponerme de puntillas para subir o bajar los laterales”.

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