
Con 24 años aprobó una oposiciones con las que se aseguraba plaza fija en el ambulatorio donde llevaba 5 años, pero Marta Sánchez prefirió las curvas a la línea recta.
El cuerpo se lo pidió así, y el corazón se lo refrendó. Como podéis imaginar, los parabienes entre muchos de los suyos no fueron los mismos que si la vía elegida hubiera sido justamente la contraria, es decir, dejar el camión por un puesto fijo de administrativa.
Pero nuestra joven catalana lo tuvo tan claro, que ni un orfeón entero lleno de los más ilustres dignatarios le hubiera hecho cambiar de opinión.

“El trato tan continuado con el público – más sincera no puede ser -, francamente me cansó. Después de aprobar un Ciclo en Administración trabajé en el Consell Comarcal de la Selva y una conocida empresa de seguros, antes de recalar en el ambulatorio.
Peero imaginarme para siempre en un trabajo entre cuatro paredes me daba mucho más vértigo que trazar el futuro laboral de pronóstico más incierto que se abrió ante mí cuando Jesús, mi pareja, me dijo que iba a comprarse un Scania y que, si yo quería, el Renault Premium que dejaba era para mí”.



¿Abrazo del destino?
Desde muy niña a Marta le tiraba el motor, y particularmente el camión. Dos tíos suyos, además de su padre y su suegro, son camioneros; así que el subirse a una cabina es algo para lo que ella desplegaba la misma naturalidad con la que una abeja se posa en una flor.
“Mi padre dormía siempre en casa, así que no vivía aquella épica de añorar al padre camionero ausente, pero sí es verdad que había temporadas en que él llevaba camiones que portaban MotoGP – recuerda Sánchez -, y en esas ocasiones sí que pasaba algunas noches fuera.
Estando además con Jesús, le acompañaba cuando tenía fiesta, y la fiebre por la carretera me iba subiendo. Es curioso que el destino no sólo me ha llevado a ser camionera, sino que una de mis grandes pasiones, quizá por el trabajo tan especial de mi padre, es una Yamaha R1 que uso sólo para correr en circuito”.

Jesús quería levantar su propia empresa con dos camiones, y Marta recogió el guante sacándose permisos y CAP en 9 meses.
Él tenía el título de transportista, así que, como allegada, pudo asociarse al proyecto en calidad de autónoma colaboradora; y adquirido el remolque que aparece también en este reportaje, ambos se emplean para la misma empresa, especializada en el transporte de chatarra.
“Una jornada laboral mía suele implicar el levantarme hacia las 4:30 de la mañana para cargar en el sur de Francia (Nimes, Arlés, etc.) para algunas fábricas en Granollers o Castellbisbal, donde dicha chatarra, normalmente compuesta por paquetes de coche y herrajes de todo tipo, se organiza, corta, limpia y funde para hacer vigas u otros elementos.



Evidentemente – continúa la sabadellense -, los días no son siempre calcados. A veces te quedas sin horas y has de dejar el camión cargado en el parking, o te toca hacer viajes más cortos con chatarra por Barcelona o Badalona”.
Peligros ciertos e inciertos
Aunque lo normal para nuestra protagonista de 26 años sea simplemente vigilar el que no sobresalgan de la caja algunos elementos de la carga y abrir la puerta trasera para desplegar el basculante, cierto es que portar hasta 28 t de chatarra, así como estar al volante de más de 40 t encima del Scania R 500, no es una tarea para personas asustadizas.
“A veces notas que te empuja alguna plancha grande, y aunque no sea este una trabajo que te exija físico, el casco me salvó una vez de un percance que me podría haber dado un buen disgusto – reconoce la joven Marta –, pues al abrir la puerta de atrás me cayó una pieza de hierro en una décima de segundo”.


A pesar de laborar en un sector donde uno no va precisamente vestido de etiqueta, a Marta le gusta tener su Scania hecho un pincel, tal cual podemos apreciarlo en este reportaje, con su rojo intenso y parrilla detallada en negro, visera, pirulos, bocinas, rotulaciones, motivos blancos en el lateral y los icónicos muñequitos Bibendum de Michelin.
“A algunas concentraciones, como la de Olot, voy con mi camión, porque disfruto especialmente en este tipo de eventos.
De hecho – se confiesa -, yo diría que mi mente hizo clic en un Truckstar Festival de Assen (Países Bajos). Juraría que ahí tomé definitivamente la decisión de integrarme en la comunidad transportista.


Mi gran hobby fuera del camión son las motos. Con una Suzuki 600 y una Yamaha R1 me he soltado la melena en sesiones con grupos cerrados en los más grandes circuitos de España, pero es delante del camión – ríe Marta – donde me siguen pidiendo los selfis”.






