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Soy camionera: Lola Segura, la niña andaluza

La desenvuelta Lola Segura, protagonista de nuestro Soy camionera, siempre bondadosa, razonable, divertida y con esa mezcla de dulzura e irreverencia de una emancipada flapper de los felices años veinte, es un verso suelto y libre en el poema diario de nuestro oficio camionero.

En la Quedada de Amigos Almería 2022 pudimos verla aportando a la caravana el color rosa de su Volvo. “En un ambiente así, estoy en mi salsa –nos explica–.

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Llevo veinte años en este oficio y en lo que más he notado cambios es en la relación entre la gente. Antes te parabas a echar un café si coincidías con alguien y se creaban ambientes deliciosos alrededor de una comida, pero eso es cada vez más difícil de ver.

El futuro parece llevarnos a que la gente vaya a su rollo. Por ello – nos abre su sonrisa, marca de la casa– intento ir a todas las concentraciones camioneras que puedo, porque esa amalgama de almas profesionales conjuntadas saca lo mejor de nosotros y sirve también para ver por dónde caminan las sensaciones individuales y colectivas”.

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Espoleada por un legado familiar ligado al camión, con un tío y un cuñado profesionales del transporte y su padre trabajando como palista y cargador, Lola sintió el impulso de integrarse en este oficio, pero en su casa la primera impresión recibida no fue precisamente de apoyo.

El café-bar El Nazareno, regentado desde 1994 en Níjar por su madre, Ángeles, y en el que trabajó por primera vez junto a su hermana, parecía el destino natural de una joven que, en su foro interno, se sentía con ganas de tirar más millas que las que ofrecen las cuatro paredes de un restaurante.

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“La mentalidad de antes era la que era, pero no se lo reprocho a nadie. Es más –continúa Lola–, mi padre acabó aceptando una apuesta que le planteé: ‘Si me saco todos los carnets de camión a la primera, me ayudáis a comprar uno’. Saqué el C+E al primer intento y se cumplió lo prometido”.

En sus principios al volante, la entonces veinteañera Lola contó con el apoyo de José Ángel Carreño, que la orientaba en determinados aspectos del oficio. “José Ángel era el mejor amigo de mi padre – recuerda con ternura–.

Realmente me arropó profesionalmente, y se lo agradezco de corazón, pero a quien realmente arropó emocionalmente fue a mi padre, que se quedaba más tranquilo si sabía que lo tenía a él a mi lado. A José Ángel, que sigue llevando un Volvo, igual que yo, siempre lo tendré por una de esas personas especiales que te acompañan en un momento determinado de tu vida”.

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Lola empezó con un MAN 360 trabajando de chófer con su padre, que tenía dos palas y dos retros. En 2007, este se jubiló y la empresa quedó a su nombre. Al MAN le siguió un Volvo 460, pero desde hace más de cinco años su hábitat profesional es el que le ofrece su Volvo 500, con el que ejerce de autónoma llevando regularmente portes de yeso, perlita, abono, arena y contenedores.

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“Comienzo mi jornada laboral levantándome hacia las 5.30 y descargo en la fábrica de Cosentino, en Cantoria, el cuarzo en sacas, cargado previamente en el puerto. De Cosentino –prosigue nuestra protagonista– llevo placas de silestone que se embarcan directamente desde el mismo puerto. Hago otros portes, pero esos son ahora para mí los más habituales”.

A sus 47 años, Lola se reconoce inquieta y orgullosa, pero entendiéndolo desde el mejor sentido. “Cuando me cuesta cerrar un contenedor, porque soy chiquitilla, le digo a alguien: ‘ayúdame, que necesito un hombre’; y siempre encuentro gente amable. En Almería soy muy conocida y muchos me llaman Niña.

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Trabajo muchísimas horas, pero pienso jubilarme en el camión. Cuando ya esté en una residencia –no podía acabar Lola sin un poquito de cachondeo– ya me echaré allí un noviete”.

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