Un día de reparto con Hugo Iriondo

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Del don de gentes a bordo de su MAN ha hecho Hugo una carta de navegación para cada día de su trabajo. Acompañémosle.

Es curioso pasar una jornada con él, pues pronto aprendes que uno puede tratar a diario con muchas personas distintas, y hacer que cada una de ellas se sienta única.

El trato con la gente, viéndole trabajar, se diría que es arte sutil en el que profesionalidad y simpatía deben estar siempre combinados en su justa medida, y esas son unas aguas que este guipuzcoano de 42 años saber navegar con gran maestría.

Hugo viene de un ámbito familiar en el que las aguas navegables eran otras, pues su padre y sus dos hermanos mayores eran marineros. Motrico, su ciudad natal, cuenta con un importante puerto de mar muy pegado a Vizcaya.

“Mi padre se pasaba muchas semanas en el mar – recuerda Iriondo -. Yo iba a la bodega del puerto a ayudarle a sacar el pescado, pero era evidente que a mí me gustaban mucho más los camiones que los barcos.

Un hombre y una adolescente sonríen delante de un camión blanco aparcado en una calle adoquinada, celebrando profesionales del transporte y camiones ultima milla, inspirados en el legado de Hugo Iriondo.
Marina se fotografió orgullosa con a su padre, que en el frontal de su MAN tiene también el nombre del suyo: Gotzon.

Estuve tres meses en un trasatlántico, pero de camarero, porque a mí lo que me gusta es el trato con las personas y el mar tiene algo de culto al destierro y la nostalgia que a mí no me convence”.

Tenía otros planes

Acabada la secundaria, Hugo ya empezó a darse en aquello de distribuir aquí y allá, pues trabajó de repartidor en moto para una ferretería. En la hostelería, que es un campo que siempre le ha tirado, y que hoy también cultiva en días en los que no está aupado al camión; ejerció de distintas formas.

También trabajó con un camión de la basura, pero cuando se sacó los carnets de camión y le dijeron que aún le quedaban varios años de espera para ser chófer de uno de ellos, Hugo decidió darle un viraje a su trayectoria al conocer a José Manuel Prieto, viejo amigo de SOLO CAMIÓN, que ha transitado diversas veces por sus páginas, sobre todo por su faceta de restaurador de un Avia 2500 y un Ebro D65, que han dado lustre a muchas concentraciones camioneras, como aquellas tan recordadas en Cantabria.

“Me fui con José Manuel sin pensármelo dos veces, pues trabaja para Pascual desde hace 4 décadas y era una garantía de estabilidad en uno de los sectores que a mí más deleite me transmiten, que es el del reparto de mercancías y el trato diario con personas.

Mi jefe, que es también amigo – algo que constatamos claramente en el transcurso del reportaje – , tiene 7 vehículos de marcas como Renault, Iveco, Mercedes y MAN; todos ellos repartidores de leche, yogur, café, agua, zumos y todo un largo etcétera de productos distribuidos por la propia Pascual”.

Dos profesionales del transporte con camisetas amarillas de seguridad delante de dos camiones de reparto urbano en una carretera de grava.
Hugo es chófer en la empresa de José Manuel Prieto, que lleva 4 décadas distribuyendo Pascual con su flota de rígidos.

Callejear y abrir puertas

El MAN LE12.220 que conduce Hugo se mueve por el privilegiado cuadrado que conforman Torrelavega, Santander, Selaya y Potes. Sus 220 CV y 13 toneladas navegan como pez en el agua en entornos urbanos e interurbanos.

“Un día puedo trabajar 6 horas y otro día 11, así como una jornada repartir a 28 clientes y otra a más de 40. Sobre las 5:30 de la mañana voy a la base para contar y encintar la carga, pero el que un día de trabajo no sea exactamente igual que el anterior o el venidero es algo que me motiva especialmente.

Ya llevo 7 años con Prieto – sonríe al hacer memoria -, y espero seguir mucho más. Los fines de semana, además, trabajo a menudo en el restaurante Las Piscinas, de Villacarriedo, que es de los mejores de Cantabria, pues la hostelería es un espacio laboral que me encanta, por lo que tiene de cercanía y familiaridad con la gente”.

Acompañando puerta a puerta a Hugo se constata muy pronto la confianza de este con unos clientes que, de igual manera firman el pedido sin apenas comprobarlo, le dejan las llaves del almacén o le invitan a un café.

A una conversación cara a cara no hay red social que pueda hacerle sombra.

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