A sus 68 años Javier limpia las cisternas de Transaju con la misma ilusión con la que 54 años atrás entoldaba un Súper Azor.
Tal Súper Azor era el Barreiros que llevaba Antonio, hermano mayor por el que sentía una verdadera devoción.
“Crecí en una familia con 7 hermanos, en la que mis padres, Perpetua y Faustino, siempre nos mantuvieron en buena armonía.


En casa empezamos a ver por primera vez un camión cuando mi padre se dedicó un tiempo a sacar grava y arena del Ebro con un basculante. Antonio era 2 años mayor que yo – recuerda Javier -, y en la escuela a veces tenía que decirle al maestro que mi hermano no podía venir porque estaba con mi padre en el camión.
Ni que decir tiene que yo estaba deseando ayudarles a ambos en lo que me mandaran: cargar, poner la lona o hacer alguna pequeña maniobra. Con 13 o 14 años ya sólo tenía entre ceja y ceja llevar un camión cuanto antes”.
En casa, al Barreiros Súper Azor de 125 CV le siguió el Súper Azor Gran Ruta de 170 CV, con el cual ya se empezó a hacer carretera, principalmente con paquetería hacia Madrid y Barcelona.

Para Javier y buena parte de su familia, desde entonces el mundo del transporte se convirtió en la forma de relacionarse con la vida. Aunque su admirado Antonio buscó nuevos horizontes en La Rioja, junto a sus hermanos Adolfo y Juan Carlos, Javier creó en 1987 la empresa Transaju, vigente a día de hoy con una veintena de camiones, y con sus tres hermanos fundadores abriendo aún la persiana cada día.
Licenciado… y a la ruta
Luego de trabajar como aprendiz en una imprenta, y de hacer reparto con un Avia de 3,5 T, llegó para Javier la hora de hacer el servicio militar en Pamplona. Allí se hinchó, de primeras, a limpiar cuadras y a pasear a los 500 mulos que había en el cuartel, hasta que le llegó su esperado turno como chófer y encargado del mantenimiento de los camiones Pegaso.
“También llevaba a veces un autobús y me enseñaron a llevar pistola en una época en que hacia de chófer para el coronel. Eran tiempos difíciles – recuerda Javier -.




Allí estuve en aquel 1978 en el que los Sanfermines se suspendieron tres días antes de lo previsto, porque el ambiente estaba muy encendido. Pero la mili acabó con cierta tranquilidad para mí, conduciendo un camión que transportaba munición”.
“¿Qué quieres hacer ahora?”, le preguntó su padre al volver a casa. “Llevar un camión”, le contestó. “Pues aquí tienes. Todo tuyo”.
De tal manera puso en sus manos las llaves de un Barreiros de 300 CV, que para el joven Javier era lo más de lo más. Su padre se dedicaba por entonces a trabajar para las ferias y Javier recuerda, con una gran sonrisa en la boca, que durante un buen tiempo su trabajo consistía en cargar el Tren Chispita.
“Íbamos por los pueblos con la tómbola, la churrería, etc. Sólo con las propinas – afirma, mientras hace el gesto de frotarse las manos –, ganábamos un montón”.

Al acabar la temporada de ferias Javier llevaba paquetería, fundamentalmente a Madrid, Barcelona y Bilbao, con una caja en la que se bajaban los laterales y se efectuaba a mano la carga y descarga, hasta que con 26 años, y ya para siempre, se especializó en el transporte de cisternas.
“La empresa, a nombre de mi padre, tenía tres camiones que conducíamos él, mi hermano Adolfo y yo; pero mi padre cayó enfermo – encoge Javier el gesto –, y con apenas 30 años quedamos mi hermano y yo al mando con dos camiones: un Barreiros 300 y un Pegaso 260. Ya estaba a punto de nacer Transaju”.
Alianza de tres hermanos
Ese axioma, tan magnificado por algunos, que aconseja no mezclar familia y trabajo, está claro que no se halla en los genes de los Salas, pues los tres hermanos llevan de la mano casi cuatro décadas, y a día de hoy esperan bien pronto ampliar su negocio, que hasta ahora se circunscribía a la cuba y la cisterna (almidón, glucosa, etc.); a otros segmentos vinculados a la lona y el frigo, que hasta ahora sólo tocaban de refilón.
“La confianza entre los tres hermanos es descomunal – nos comenta en un aparte Rubén, hijo de Javier -. Los tres van unidos y a piñón, así que no me cabe duda de que esta nueva empresa va a salir adelante con mucha solvencia; con un primo mío, mi hermano y yo mismo como fieles escuderos.
Mi padre es el decano de todos – vuelve de nuevo la mirada hacia el protagonista de este reportaje -, y no sólo bendice la creación de esta sociedad, en paralelo a Transaju, sino que aún espera estar el tiempo que haga falta al pie del cañón.


Aquí lo puedes ver a las 7 de la mañana preparando las cisternas, y de aquí no se va hasta pasadas las 8 de la tarde. Te juro – ríe Rubén, y seguro que algo también exagera – que hago yo la mitad que él, con 40 años que tengo, y me tienen que recoger con pinzas”.
Lo que sí es bien cierto es que este aragonés de 68 años cobra la denominada jubilación activa (Seguridad Social y empresa, fifty-fifty), y de momento no contempla cambiar de aires vitales, pues su mano y su talento siguen siendo muy valorados en Transaju.
No obstante, Javier Salas es de los que también sabe disfrutar de un paseo con su mujer, la conversación con Rubén, Javi, Rebeca, Sandra o Yolita (sus hijos), un guiñote con los amigos, unas horas en el huerto o un partido de ese Madrid que compensa, con títulos, las penas que le da su otro Real, el Zaragoza.
No volvería a conducir con aquella rígida pelliza de invierno, que casi no te dejaba mover los brazos al volante, ni con una toalla mojada al cuello, en verano; pero siempre estaría dispuesto a repetir una y ora vez el arroz del Area 103 o los canalones de La Panadella. Cocina y ruta son dos artes que en buenas manos son un auténtico regalo.
Esfuerzo y disfrute sostenido
Luis Martínez ha superado los 6,5 millones de km, muchos de ellos troquelados en una Transaju donde condujo 10 años sus camiones, y en la que las puertas están y estarán siempre abiertas para él.
“Luisito es, tal cual, como si fuera de la familia”, nos dice el Javier Salas que hoy desempeña un papel principal en este reportaje de SOLO CAMIÓN, al igual que lo representará Martínez en un futuro.

El responsable de Transaju ha visto jubilarse a muchos primeros espada del transporte en sus cuatro décadas de historia, pero con Luis Martínez, donostiarra de 61 años, no pudo ser, porque quiso volar en su día como autónomo en solitario.
No obstante, este hombre se pasea por las instalaciones de Transaju con la soltura de quien conoce y aprecia cada recoveco de su casa; y sabe, porque desde la empresa no pierden nunca la ocasión de recordárselo, que en esta empresa podría encontrar, si alguna vez lo quisiera, esa balsa laboral tranquila donde echar sus últimos años como transportista en activo.

Compromiso con su labor
Con un Volvo F614 de 2 ejes empezó Martínez haciendo Mini-Tir por los países escandinavos. Mudado en la adolescencia a Zaragoza, desde su San Sebastián natal, por imperativo laboral de su padre, trabajador de RENFE, Luis encontró ya para siempre un acomodo vigorosamente emocional en la capital maña, donde ya ligó sus pasos a los de “su morena”, que es como cariñosamente nombra a Gloria Cisneros, su esposa.
Entre los jefes que más aprecia haber tenido, Luis recuerda a un tal Manuel Sanz, con el que trabajó para Balay con los Pegaso Bocanegra, Tecno y Troner; del que, dice, aprendió mucho, y al que tal vez debió haber hecho más caso cuando le aconsejó, como un padre le aconseja a un hijo, que nunca cambiara la salud por el dinero.
Martínez lleva ya 20 años batallando como autónomo, y el día que le llegue la jubilación dice que la afrontará con la cabeza bien alta, y deseará compartir con nuestra revista las miles de fotos que en el trastero acumula de todos sus lances camioneros.

Nuestro hoy homenajeado Javier Salas recuerda que, cuando llegaba a la empresa alguna innovación para los camiones, en su casa siempre se decía: “Esta, para el camión de Luisito”.
Por cosas como esa, aunque hayan pasado ya 20 años, es por las que un radiante Luis, al calor de un reportaje de esa revista que tantos buenos ratos reconoce que le ha hecho pasar, siempre será un hombre querido y cuidado al llegar a las instalaciones de Transaju. Ser agradecido es algo que jamás caduca.



