Tailandia, el cultivo y transporte de la caña de azúcar

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A unos 120 kilómetros de Bangkok, desde que hemos abandonado el litoral del país con las playas repletas de turistas y nos adentramos hacia el interior, en dirección a Birmania, los camiones ocupan toda la solitaria carretera. Circulan en convoy a reducida velocidad entre el negro humo que desprenden sus tubos de escape, y envueltos por el fuerte hedor mareante propio de la caña de azúcar. La temporada de la recogida de la caña ha comenzado en Tailandia, todo camión apto para el transporte está en la carretera, o bien en la plantación.

Tailandia es uno de los principales productores de caña del mundo, aunque justo por detrás de los verdaderos gigantes como Australia o Brasil. Es una de las actividades más relevantes para la economía tailandesa. En regiones concretas se extienden grandes extensiones de plantaciones hasta donde alcanza la vista, repletas de cortadores con machetes en mano. Los paisajes son sorprendentes, pero también el sol es implacable. Nos encontramos bastante alejados de las clásicas imágenes que suelen definir Tailandia, con sus paradisíacas playas repletas de cocoteros y sus mujeres en bikini que revolotean delante de los turistas en los bares de Pattaya.

Tailandia caña azúcar

El semblante de Pridi se sobresalta a menudo a causa de sus tics nerviosos. Sus manos sarmentosas cogen el volante desconchado de su camión, en el que la aguja del velocímetro está bloqueada, por supuesto sin aire acondicionado, con escasa ventilación debido a las pequeñas ventanas que monta su camión, y sus viejas puertas apenas abren para permitir que el chófer baje de su puesto de trabajo. Su Isuzu, debe ser, como mínimo, más viejo que él, así que no vale la pena arreglarlo para ir de la plantación a la fábrica azucarera.

La caña de azúcar necesita bastante sol, agua y calor. Por estas razones, su cultivo sólo se encuentra en países tropicales. Es una planta que rebrota sola después de cada recolecta, sin necesidad de replantarla. Una vez cortada, se transporta lo más rápidamente posible a la planta de tratamiento, puesto que el contenido de azúcar se reduce en pocas horas.

Tailandia caña azúcar

“Un día de más, y el índice de azúcar en la caña se reduce drásticamente”, comenta Pridi, “Entre la carga del camión, el transporte y la descarga, nos encontramos muchas veces al límite”. Contrariamente a otros países más desarrollados que utilizan máquinas, la recolecta en Tailandia se hace manualmente con los machetes. Es una labor que requiere mucha mano de obra y que es muy dura.

El tallo de la caña es fuerte y muy difícil de cortar, bajo un sol de justicia, las hojas de la planta rasgan la piel de quien se acerca y los insectos ponen la guinda a la recolecta. A pesar del calor, los trabajadores calzan botas de caucho y visten ropa de lana. Cabeza y cara son protegidas con gorras y gorros de la inclemencia solar. Un hombre puede cortar entre tres y cinco toneladas de caña por día, mientras que la maquinaria especializada puede recolectar hasta sesenta en una hora.

Pero Tailandia es un país donde la mano de obra es un buen mercado y donde el desempleo es elevado, así que seguramente el hombre aún se preferirá a la máquina por bastante tiempo. Debe haber alrededor de un centenar de camiones esperando poder descargar su mercancía a pleno sol. Algunos están aquí alrededor de treinta horas y los chóferes improvisan unas hamacas que instalan bajo sus vehículos, para refugiarse y encontrar un poco de sombra para echar una cabezada a pesar del sofocante calor.

Estamos en plena temporada, los hombres están cansados y sólo aspiran a dormir un poco antes de retomar la carretera hacia un nuevo cargamento. La fábrica azucarera trabaja a pleno rendimiento y las chimeneas desprenden durante toda la jornada humaredas negras que tornan el cielo azul. Pero la factoría no alcanza a tratar toda la caña que le llega. Pridi no ha finalizado su descarga y está agotado. Su único deseo es volver a casa y ver a su mujer y sus perros para pasar un día con su familia.

“Depende de la temporada, pasa bastante tiempo antes de volver a casa”, cuenta con una sonrisa cansina, “curramos pesadas jornadas y las esperas son cada vez más largas, que realmente es lo más fatigador y desesperante”. Los camiones que conducen la mayoría de estos camioneros son viejos Isuzu con más de cuarenta años en el mejor de los casos. Perfectamente puestos a punto, decorados y cuidados, continúan ejerciendo su labor con la obstinación de un animal de tiro.

Tailandia caña azúcar

Las carreteras tailandesas se inundan de estos modelos del fabricante japonés, aunque desde hace algunos, con el crecimiento económico del país, nos cruzamos con algunos Scania y otros Volvo. Al mismo tiempo, también han crecido los grandes semirremolques japoneses nuevos y flamantes, pero en este tipo de transporte no es lo habitual.

Un buen número de los que explotan la caña de azúcar son pequeños arrendatarios con negocios familiares. No poseen camiones y se ven obligados a alquilarlos para entregar su producción a las industrias azucareras. Se estima que la extracción, la carga y el transporte de los troncos representan prácticamente la mitad de los costes totales. Además, con las últimas subidas del precio del carburante, se puede suponer la difícil situación para los transportistas.

“La única salida para rentabilizar los viajes es la sobrecarga sistemática del camión”, explica Pridi, “lo que implica pagar alguna contribución para que la policía mire hacia otro lado”. En Tailandia, el 90 % del transporte de mercancías se realiza por carretera.

Tailandia caña azúcar

El sol se esconde tras el humo negro que desprende la fábrica de azúcar. Como en un ballet bien orquestado, los conductores desmontan las hamacas para dirigirse, lentamente, hacia el restaurante, que también hace las funciones de oficina. Es la hora del aperitivo. Es el momento más agradable de la jornada, donde los chóferes se reúnen con una cerveza bien fría en la mano. Seguramente, todavía estarán media jornada más a la espera de la descarga de sus vehículos. Para acompañar la bebida local, el bar ofrece como tapa unos crujientes insectos insertados en palillos.

“Éstos cuestan entre dos y tres veces más que la carne de cerdo. Yo adoro comer escarabajos fritos”, dice Pridi sonriendo. “Tienen grasas y proteínas, más que la carne. Son buenos para luchar contra la fatiga”. En la mesa, hay para todos los gustos, saltamontes, gusanos, lombrices, escorpiones, que los chóferes dejan caer en sus bocas como nosotros lo hacemos con los cacahuetes. Pridi sueña con algún día obtener un Isuzu nuevo, más moderno y que le permita cargar hasta 20 toneladas.

Pero con lo poco que gana, este hecho no sucederá en un futuro inmediato. Los precios oscilan sobre los cinco euros la tonelada transportada, por lo que sabe a ciencia cierta que jamás amasará una gran fortuna. De un camión descienden todos los miembros de una familia de cortadores de caña.

Flacos y cansados, las caras sucias por el polvo, echan un vistazo a las bebidas frescas que están sobre la mesa. Los conductores vuelven sus miradas sobre los recién llegados. En sus caras puede verse y leerse la miseria. A pesar de las dificultades para los transportistas, ser propietario de un camión, aunque sea un camión más anciano que uno mismo, les permite asegurarse un futuro y un trabajo.

Mientras Pridi se come un último escarabajo como aperitivo, aprovechamos para desearle buena suerte y nos despedimos hasta la próxima. Esta noche la pasará todavía en su hamaca esperando su turno para descargar la mercancía. Su camión está inmaculado y su banqueta de madera, aunque usada por varios años, está impoluta. Con un poco de suerte y mucha atención, le quedan muchas temporadas por trabajar. Pridi no quiere que sus hijos sigan el mismo camino que él. Espera que después de años de sacrificio de él y sus compañeros, les den la oportunidad de destruir la escalera social en un país en pleno esplendor económico.

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