Soy camionera; Verónika Tzvetanova: paisaje futuro, acción presente

Soy Camionera

·  Un post de Redacción
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De su familia aprendió que toda caída es solo una forma de coger impulso. Con 12 años llegó de su Bulgaria natal para instalarse definitivamente en Navarra. Siendo una niña acompañaba a su padre en el camión y ya no hubo nunca manera de alterar el más original de sus anhelos: ser camionera.

Aunque gusta de visitar sus raíces búlgaras al menos una vez al año, no solo siente que el corazón de su hogar es navarro, sino que además está a punto de constituir una sociedad limitada en la localidad de Fustiñana, junto con su marido (el tudelano Ibán) y su padre (Tzvetan, o Chechu, como es conocido aquí).

Alrededor de 7 unidades Iveco, MAN, Mercedes-Benz y Scania esperan crear riqueza en esta zona de la Ribera Navarra. El reto familiar está a punto de consumarse, pero si alguien osa suponer que tal empresa va a sentar a Verónika en un despacho para gestionar los papelorios de la compañía, ya puede esperar sentado.

Si nuestra Tzvetanova ya tenía los permisos C y E con 24 años, tras muchas vacaciones en la cabina del camión paterno, no fue para acabar en una oficina a sus actuales 30 años. “Entre mis primeras misiones –recuerda Verónika– estaba la de recoger alguno de los 7 camiones que tenía mi padre, cuando no les llegaban las horas a los chóferes.

Estuve varios meses haciendo doble por Europa y lo pasaba bien con mis compañeros y conociendo sitios nuevos, pero reconozco que una vez que ya he dado con una ruta estable y puedo dormir en casa, me costaría mucho volver a aquellos primeros viajes por Europa, que siempre podían albergar sorpresas sobre la marcha”.

Cargar cebolla

Esa calma laboral a la que apela nuestra camionera es la que ha encontrado desde hace varias temporadas en la campaña de la cebolla, que comprende aproximadamente los 6 meses que van de mayo a noviembre, a los que hay que añadir otros 3 llevando esta planta de un almacén a otro.

“Me levanto hacia las 5 de la mañana y arranco el camión a las 6, para llegar al campo a las 7. Con mi Iveco y una gabarra abierta hago 4 o 5 viajes, hasta media tarde. En los dos o tres meses que quedan fuera de la campaña de Cebollas Marchite (Fustiñana), transporto paja, cemento o lo que vaya saliendo.

Lo que seguro que no haré –ríe Verónika– es estar parada en la oficina, aunque sí procuro en esos pocos meses buscarme portes que me permitan estar en casa a una hora más prudente de lo habitual, como las 3 de la tarde”.

Soy camionera Verónika Tzvetanova

De ser mujer en un oficio como este, cuyas claves siguen siendo preponderadamente masculinas, Verónika solo reconoce haber cosechado comentarios de elogio y admiración.

“Mi padre no lo veía muy claro al principio, pero tanto él como mi marido son ahora mis máximos valedores. Como experiencia negativa, apenas recuerdo una ocasión en la que un camionero se tomó a mal el que le adelantara y me respondió con muy malos gestos.

Quitando esa anécdota, que ya tengo más que olvidada, recibo casi a diario muchas sensaciones positivas. Por lo que observo en algunas redes sociales mixtas o de camioneras –continúa su reflexión–, los comentarios irrespetuosos están a la baja.

El compañerismo no entiende de sexos, pero aún me pasa muchas veces que me da un salto de alegría en el corazón cuando veo a una camionera, porque se siguen viendo menos mujeres al volante de lo que yo consideraría deseable”.

A pesar de que en su empresa familiar hay camiones de más envergadura, Verónika no quiere cambiar su Iveco Stralis 450 por ningún otro modelo. “Ya tiene unos años, pero su manejabilidad por ciertos terrenos difíciles en los que me muevo es muy de agradecer. Es supercómodo y sus espejos me ofrecen una visibilidad perfecta”.

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Esta camionera aportará su título de transporte a la nueva Chechutrans que está a punto de gestarse, en la que tiene depositados sus anhelos de futuro.

“Me siento con mucho combustible dentro de mí y con ganas de crecer. Teniendo algún día 30 o 40 camiones en nuestra empresa es como yo quiero verme. Los tiempos no acompañan –concluye sólidamente–, pero firmeza y constancia nunca me van a faltar.

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