A sus 62 años, esta argentina afincada en un pequeño pueblecito de Huesca, Alfántega, Mercedes Esther Martín, las ha visto de todos los colores.
Quizás por ello, la única manera de superar según qué situaciones ha sido con grandes dosis del buen humor que goza, pues no ha dejado de sonreír en ningún momento a lo largo de toda la entrevista, al contrario, ni cuando otros compañeros le preguntan dónde se descarga y cómo va la tanda de los que ya están esperando para descargar en las instalaciones de Serveto, a las afueras de Lleida, como si de la recepcionista se tratase, a pesar de estar sentada al volante de su Mercedes-Benz Actros.
Nuestra camionera se vino de Argentina, su país natal. Nació en Rosario de la Frontera, en la provincia de Salta, y lo hizo por amor, pero también por huir de un exmarido que la acosaba y atentaba contra su vida, cada vez que tenía oportunidad.
Incluso, intentó calcinarla en el interior del restaurante que regentaba, mientras se estaba divorciando, encerrándola y prendiendo fuego con combustible como acelerante. Viendo cómo estaba la situación y que sus hijos que había tenido con apenas 20 años ya contaban con 23 años la mayor y con 17 el pequeño, tomó la única decisión que se podía tomar, quitarse de en medio. Pero ¿adónde ir?

Mercedes se crió con su abuela, que era de Granada, España. Sus abuelos decidieron partir rumbo a Argentina a finales de 1909: “Mis abuelos se fueron de contrabando en una bodega de un barco, con cinco niños y mi abuela embarazada de mi padre”, recuerda que le explicaba su abuela. Ya separada de su marido, continuaba el acoso por su parte.
“Comencé a planificar. Trabajábamos mi hija y yo y alquilamos una casa. Vivíamos los tres, pero aun así me perseguía, y me faltaba dinero para emprender cualquier decisión”, reconoce. “El destino quiso que un día por la calle tropezara con Ramón, mi actual marido, cuando iba a trabajar a una zapatería.
Él era el hermano de mi mejor amiga, nos habíamos conocido en algunas celebraciones y cumpleaños de los hijos de mi amiga. Pero él se había venido a España cuando el trabajo le empezó a fallar allí en Argentina, pues Ramón sí era español. Era fotógrafo, pero con la crisis vendió todo su equipo para pagarse el pasaje y comenzar aquí una nueva vida”.

Había vuelto unos días de visita para ver a la familia y se cruzaron en la calle: “Me llamó la atención porque Ramón intentaba cruzar en un cruce bastante concurrido sin semáforo, y la verdad me hizo gracia. De hecho, al pasar por su lado, le dije: qué pasa, en España se te ha olvidado cómo se cruzan las calles”, recuerda sonriendo Mercedes.
Reconoce que no sabe ni cómo se atrevió a decirle nada, pero a raíz de ese momento fueron a tomar un café. Ambos quedaron prendados el uno del otro, pero Ramón debía regresar a España y continuar con la vida que había construido aquí. Aunque solo, pues él también se había separado de su mujer, ya que ella no quiso seguirlo cuando cruzó el charco.
Algunos días después sería su propia suegra, recientemente fallecida, la que iría a su encuentro a demanda de su hijo. Quería proponerle que se viniera a España y el número de teléfono que ella le había dado para seguir en contacto se lo habían robado de la zapatería.

En noviembre del año 2000, su hijo cumplió los 18 años, y Mercedes se vino al pueblecito de Huesca donde reside. Había aprendido a conducir camiones durante su primer matrimonio, pues su exmarido había tenido una fábrica de ladrillos y en ocasiones había conducido vehículos pesados.
Pero aquí se encontraba con el mismo problema que Ramón: “Por aquella época no nos canjeaban nuestros carnets argentinos, nos sacábamos la licencia internacional y sabíamos que si nos paraban, era una multa de 100.000 pesetas, pero era mejor eso que no trabajar”, reconoce.
Cuando Mercedes llegó en noviembre, uno de los primeros trámites que debía realizar era casarse con Ramón para conseguir la nacionalidad y así poder trabajar, y dicho y hecho, en mayo se producía el enlace matrimonial ceremoniado por el alcalde de Alfántega.
Al poco, Ramón hablaría con su jefe para que Mercedes entrase a trabajar en Aintra con un camión rígido haciendo paquetería. Estuvo un año allí, después trabajó probando coches Seat en Albalate, a temporadas. “Vi un anuncio de una empresa de transporte de Huesca y me presenté, pero la explotación laboral estaba a la orden del día porque empezaba a las 8 de la mañana y terminaba los repartos a las 23 horas. También estuve un año. En 2004 ya se podía realizar el canje del carnet realizando unas pruebas prácticas, y tanto mi marido como yo, realizamos los trámites”.

A su marido lo empleó un socio de Coctramo y ahora él es un socio más en la cooperativa, y Mercedes hacía viajes con él de acompañante, en el extranjero. “Iba con él para coger las medidas del vehículo y aprender las rutas, pues yo no había hecho transporte internacional”, puntualiza.
Había unos viajes que se hacían a Francia y se podían hacer dos a la semana, y Ramón habló con su jefe si cogía a Mercedes como segunda conductora; este dijo que sí.
A dobles estuvieron un año, aunque este socio se fue de la cooperativa, y la pareja se compró una cabeza tractora para trabajar al enganche con Ewals. En la actualidad, Ramón es socio de Coctramo, ambos autónomos con su propio camión y realizan internacional. Han dejado atrás las dificultades juntos. Eso sí, cada uno en su tractora.






















