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Mercado de abastos de La Habana, en Cuba

Esta peculiar Mercacuba poco tiene que ver con lo que estamos acostumbrados a ver en Europa. Para empezar, nos sorprende su hora de apertura, pasadas las 5 de la tarde.

Desconocedores de tan sorprendente horario para un mercado de abastos, hemos llegado a primera hora de la mañana, pero ya que estamos aquí, nos prestamos a esperar unas cuantas horas… horas que en Cuba nunca caen en saco roto, pues cualquier conversación te las roba con tremendo gusto.

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No obstante, cuando ya empezamos a hablar con los diferentes transportistas que se agrupan en los aledaños, antes de que se abran las puertas, tampoco es que se muestren precisamente satisfechos de esta apertura tan tardía.

Desde luego, el mito de que en Cuba nadie osa criticar las medidas del Gobierno es de los primeros que se te cae.

Lo difícil, muchas veces, es lo contrario, aunque el cubano, eso sí, es de criticar siempre con la sonrisa en la boca y sin perder su “buen humol”.

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La energía negativa no casa con una temperatura que pocas veces baja de los 25 grados, la que hace lucir entre camioneros y cargadores unos bíceps dorados con, eso sí, más de un tatuaje revolucionario. “Para los productos agrícolas que llevamos, unas horas de espera a esta temperatura pueden significar que se pierda mucha mercancía”.

Yaerini Gabriel, que ha recorrido más de 300 kilómetros desde Villa Clara con su Ford, cargado con 150 quintales de piña (unas seis toneladas), es de los primeros que viene hasta nosotros atraídos por vernos merodeando, revista en mano, en un firmamento donde raramente se pierde un turista, como es el enjambre de camiones, pick-ups, animales de tiro, bicicletas y furgones de toda índole que se agolpan en los alrededores de este mercado.

Mercado La Habana, Cuba

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“Lo malo de este mercado –continúa Yaeniri con su crítica– es que no existe una subasta al uso que permita poner precios según la oferta y la demanda, como ocurre en otros mercados centrales del mundo.

Eso hace que ya muchos productores vean que a los clientes no les vale la pena acercarse hasta aquí, y tenemos que llevar el producto directamente a sus puestos, con lo que ello supone para nosotros en gasto de combustible, que ronda el CUC por litro (poco menos de un euro)”.

Solo excedentes

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Sentados en grandes sacos de cebollas y naranjas, o en cajas con pepinos, melones, plátanos y la más colorida carga proveniente de casi cualquier punto del país, otra de las peculiaridades que impone el Gobierno cubano al transporte es la de que no se permite el intercambio comercial con café, miel, tabaco, productos lácteos o cacao, pues son productos subvencionados por el Estado, de los que se supone que no hay excedente alguno.

El sacrificio de las vacas y la comercialización de su carne está muy severamente castigado en Cuba, oficialmente para favorecer la leche infantil sufragada por el Estado hasta los 7 años de edad.

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La carne de cerdo sí puede comercializarse, pero tampoco la vemos aquí, pues no hay cámaras para conservarla, y mucho menos camiones con frigo.

Mercado La Habana, Cuba

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Al recinto se accede pagando 3 CUP (pesos cubanos, que nos dan a razón de unos 24 por euro), ya seas un ama de casa, el humilde vendedor de un puestecito en la Habana Vieja, o el representante que viene a abastecer una escuela, un hospital, una fábrica o cualquiera de los centros de consumo social que tanto proliferan por el país.

Por más rudimentarias que se nos aparezcan algunas de las cajas que arrastran los, mayoritariamente, Ford, International, Chevrolet, Hino y Dodge, elaboradas con madera y metal machihembrados de las más sofisticadas maneras, todo conjunto necesita gozar de permiso y tener su pertinente matrícula para circular por el país.

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José Alberto Carrasco, llegado por autopista desde la provincia de Mayabeque (a unos 50 kilómetros), viene con uno de esos trastos cargados de malanga, un tubérculo parecido a la patata, que se usa sobre todo para alimentar al ganado.

“Con el camión entramos marcha atrás, hay montacargas y muchos carretilleros te ayudan a llevar la carga del vehículo al comprador, pero el tener que alquilar todos estos servicios –matiza Carrasco– hace que nuestro margen de beneficios quede muy apretado. Nos matamos a trabajar para sobrevivir, y poco más”.

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Los camiones depositan su carga desde el muelle entre el griterío de una multitud mayoritariamente joven y, como es costumbre en Cuba, muy bien plantada; aunque te puedes encontrar desde un médico, que acude con su bata de trabajo a comprar, para quizá acceder así al favor de los productores (el cubano es especialmente generoso con los médicos, pues sabe que hace una labor humanitaria imprescindible, por muy poco dinero), hasta mocitas hermosas que regentan un puesto de menús para algún centro del pueblo.

O viejitos de porte más menesteroso, que esperan revender algún producto a las puertas de su casa, a fin de ganar cuatro pesitos, pues la pensión en Cuba raramente supera los 15 euros al mes.

Allá que voy

El último camión en llegar al recinto suele concentrar el griterío más audible a su alrededor. “Parquearlo” le cuesta al transportista unos 4 euros, y desde el mismo vehículo puede efectuar todas las transacciones necesarias.

Mercado La Habana, Cuba

Alexander Fernández, uno de los vendedores minorista que ha acudido a este mercado central para abastecer su puesto de comida casera en el barrio habanero de El Vedado, se queja ante nosotros por el poco rendimiento que cree que le va a sacar a su viaje de 7 kilómetros en transporte colectivo.

“Perece que todos los productores se ponen de acuerdo para unificar precios, y si no nos es posible regatear, ni siquiera a última hora, cuando ya está a punto de cerrar el mercado, no sé si vale la pena que pierda todo un día en venir aquí”.

La intención gubernamental de que el producto agrícola pase directamente del productor al cliente, sin que medien en ello intermediarios de poco escrúpulo, es loable; aunque la ley de la oferta y la demanda que tendría que hacer que una buena cosecha de, por ejemplo, mandarinas hiciera que el precio final bajara, al parecer funciona de muy mala gana para una población que, con un sueldo medio de entre 20 y 30 euros al mes (una media de 600 pesos cubanos), apenas tiene para llegar a fin de mes con la despensa en condiciones.

Mercado La Habana, Cuba

«Este mercado central no tiene ni cuatro años –concluye Fernández–, así que esperemos que con el tiempo se vayan puliendo detalles como este, o como el de que se pueda abrir a una hora más lógica, en la mañana, para que no se hagan esos tapones de camiones, bicis y almendrones a la puerta del mercado, al caer la noche”.

Aún con el mercado en ebullición, aunque con un sol ya mucho más benigno, damos también nosotros por concluida una jornada de trabajo que fue larga, por haber comenzado bastante más tarde de lo esperado.

Mercado La Habana, Cuba

En la Habana Vieja seguro que nos espera una cervecita al calor nocturno de un son cubano… cervecita que, dicho sea de paso, está totalmente prohibida en cualquier punto de los 16.000 metros cuadrados que ocupa este gran mercado de abastos, al objeto de, como nos dice taxativamente uno de los uniformados que pululan por el recinto, “evitar indisciplinas”.

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