Manuel Quesada; querer es poder, un tipo normal desafiando los límites

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Habíamos dejado a Manuel Quesada a 2.860 metros de altura, recién aterrizado en Lukla (Nepal), en el que es considerado el aeropuerto más peligroso del mundo. Pese a la ubicación del aeródromo, lo más complicado para Manuel fue poder encontrar un hueco en alguno de los aviones que le habrían de llevar desde Katmandú hasta, precisamente, Lukla, el punto de partida de la mayoría de los senderistas rumbo al campo base sur del Everest.

Con un día de retraso por mal tiempo y sorteando como puede a las masas de excursionistas que, como él, buscaban un billete a la desesperada, Manuel consigue pasaje en el último avión. Él aún no lo sabía, pero estaba a punto de vivir el momento de mayor pavor en toda su expedición.

Manuel Quesada Everest

“El ruido en la cabina era tremendo”, nos cuenta. “Volamos pegados a las montañas. Aquello se movía más que un tiovivo; y yo, muerto de miedo y con temblores. Abajo ves una minúscula pista y no sabes cómo demonios va a hacer el piloto para aterrizar allí, ¡y eso que yo estoy acostumbrado a llevar un 40 toneladas!”.

Ya en tierra, el asturiano no pierde tiempo y se pone en marcha junto a Gonzalo, otro senderista español, y dos porteadores que encuentran casi de casualidad, después de que los dos sherpas contratados hubieran desertado un día antes en favor de otros clientes. Gajes del oficio. Aquí arriba, o te adaptas a los imprevistos o no avanzas. Por delante quedan 9 días de ascenso hasta el campo base del Everest, a 5.400 metros de altura; de allí, hasta la cima del Kala Patthar, a 5.600 metros; y un descenso de tres días de vuelta a Lukla.

Manuel Quesada Everest

Más metros, menos oxígeno

Peses a que la demora que acumula Manuel no parece gran cosa, el retraso del día anterior ha provocado que ahora, en plena temporada alta, sean el doble de montañistas los que ocupan el mismo terreno. Y los albergues son los que son. “Imagínate: nos sueltan a todos de golpe y se ocupan todos los lugares para pernoctar a lo largo del trayecto. Y a medida que subes más, peor, porque hay menos plaza”, explica el camionero. “Eso aumenta la incomodidad y el cansancio, a lo que hay que añadir el desgaste acumulado”.

El primer día de trayecto termina sin más problemas. Son 7 km de descenso. Fácil. La moral está por las nubes. La cosa se pone peor al día siguiente, cuando pasan de 2.600 metros de altura a 3.400. “El hígado se me salía por la boca. Estaba totalmente deshidratado. A mi alrededor solo veía caras desencajadas”, describe Manuel. El siguiente día toca descansar y aclimatarse a la altura. A la jornada siguiente suben hasta los 3.900 metros, “en una ruta de 4 horas con tiempo despejado y durante la cual ya se pueden apreciar los majestuosos ochomiles que acompañan al Everest”. Manuel está a las puertas del techo del mundo, pero cada jornada que pasa se convierte en una roca con la que hay que cargar. Nuestro Sísifo carbayón parece conocer su destino, así que traga saliva.

Manuel Quesada Everest

A medida que pasan los días, sube el altímetro y baja el oxígeno. Manuel es testigo del rescate de un senderista mexicano que tiene que ser evacuado de urgencia en helicóptero “totalmente ido, como un saco de patatas”. En un momento dado desaparecen ya los poblados, las plazas para dormir menguan y el sufrimiento se multiplica: “El sexto día hicimos cumbre a 5.100 metros. El otro español con el que iba subió muy rápido y empezó a sentirse mal. Cuando llegó nuestro sherpa –siempre viajaba adelantado para poder reservar alojamiento– nos dice que solo ha encontrado algo a dos horas de allí. Tuve que convencer a mi compañero, porque no quería moverse en esas condiciones. Era tarde cuando llegamos. Poco después oímos que dos sherpas trasladaban a peso a una senderistas surcoreana afectada de mal de altura. Noche cerrada, dos horas de trayecto por un pedrero. Una locura”.

El cuerpo se rebela

El octavo día, la ruta parte desde Lobuche, a 5.000 metros de altura, parada en Gorakshep y, de allí, hasta el campo base sur del monte Everest. Relata Manuel: “Cuesta respirar, tenemos que hacer muchas paradas. Sobre las 12 horas llegamos al campo base. Gonzalo no está bien y baja con un sherpa hasta los 4.000 metros. El otro porteador no encuentra sitio para dormir y me quedo solo. He encontrado un hueco en el suelo de una especie de bar. Allí nos dejan pasar la noche a mí y a mucha otra gente”.

Manuel Quesada Everest

Al día siguiente, ruta de subida al Kala Patthar, el punto más elevado de todo el trekking, en una caminata extenuante: “Me cuesta mucho respirar. El corazón bombea rápido. Tengo los dedos hinchados y rojos. Pequeños mareos, náuseas, se me nubla la vista. Por suerte he conocido a una pareja de chilenos, Paula y Nacho, que me hacen compañía. Juntos hacemos cumbre y comenzamos el descenso”.

Las cuatro jornadas restantes son una pesadilla. Manuel sufre deshidratación constante causada por la diarrea. Tras días de sufrimiento y una pérdida de peso alarmante (7 kilogramos en total), llega a Lukla, y de allí, por carretera –4 horas más de trayecto–, hasta Katmandú. “Imagínate lo que es un vuelo a España con múltiples escalas en esas condiciones. Fortasec a saco ¡y para casa!.

Manuel Quesada Everest

Entorno colosal

Con 14 países a sus espaldas y después de experiencias en lugares realmente complicados –los muertos en Bosnia se aferran con uñas a su memoria–, de su visita a la cordillera del Himalaya Manuel se queda, sobre todo, con la majestuosidad del paisaje. Dicen los alpinistas que subir alto esconde una paradoja: otorga poder pero te hace insignificante. Algo parecido sintió: “Todo lo más grande que yo he visto en mi vida se quedó, de repente, pequeño”. Ver por uno mismo semejante lienzo tiene su peaje en forma de falta de oxígeno y de un buen colchón. Escaseces que, sin embargo, para Manuel no fueron el mayor problema. “Lo peor, sin duda, es normalizar el tener que bajarte los pantalones fuera de la tienda a -20 grados. Lo demás se aguanta”.

¿Qué motivos son los que arrastran a una persona a adentrarse en uno de los rincones más inhóspitos del planeta? La respuesta más manida es la de George Mallory, el primer occidental en intentar escalar el Everest, en 1924: “¿Por qué subir montañas? Porque están ahí”. Manuel rehuye de la mística y lo etéreo. Él simplemente quería demostrar que un tipo normal puede enfrentarse a retos que parecen reservados solo para dioses”.

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