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El transporte en Kirguistán sobrevive a -35ºC

Bishkek, la capital de la antigua república socialista soviética de Kirguistán, está marcada, y por mucho tiempo todavía, por la misma huella que caracteriza la arquitectura comunista que reina desde Varsovia hasta Ulan Bator. La tormenta de nieve que asola la ciudad desde hace dos días no pierde intensidad. Las aceras reventadas dejan ver centenares de kilómetros de tubos y conductos de agua o de gas abombados que soportan una población que camina también con los hombros encorvados.

La Revolución de los Tulipanes que echó al antiguo dirigente y dictador Askar Akayev y toda su familia en 2005 ha hecho latente la polémica. Poco a poco, la preocupación cotidiana de los habitantes ha vuelto a las obligaciones un poco más habituales. Con la calzada helada, nos cruzamos con nubes de humo que desprenden antiguos Lada sin color, los Volga de otra época y los exuberantes Mercedes de los nuevos ricos. Las “babouchkas” envueltas en pieles superan el frío con ardientes fuegos mientras venden cigarrillos por unidades en la calle.

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Transporte Kirguistán

Todo lo que es Asia Central cuenta con recientes nacionalidades que acaban por atropellarse en esta capital del fin del mundo: tayikistaneses con mirada astuta, uzbekos que han depositado fortunas en oro en sus dentaduras, hombres de negocios chinos que llegan para comprar los últimos restos de la ex URSS y ofrecer usureros préstamos, todo por ganar algunos dólares. Éste es el gran desvencijamiento que ha seguido a la caída del gigante soviético.

Bajo su Kamaz, en el barro, Amir alumbra con su cigarrillo encendido lo que permitirá a su camión arrancar. Una gasolina de mala calidad, las baterías rehinchadas y una temperatura de -35°C se dan cotidianamente y componen la vida de los chóferes kirguises. En este pequeño país montañoso sin apenas recursos naturales propios, el transporte por carretera tiene un papel primordial. Estamos en una verdadera encrucijada, en el corazón de una zona estratégica dotada de una frontera común con Kazajstán (rico en petróleo), China, situado justo a 200 kilómetros de Afganistán y un poco más alejado de Pakistán.

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Transporte Kirguistán

Antiguamente, el país disfrutó de una etapa de esplendor con la Ruta de la Seda y hoy recupera la importancia geográfica que ocupaba antaño. Los americanos no se equivocaron al instalar una base militar en Manas, con una dotación militar de 2.000 hombres. Cuando su país adquirió la independencia a principios de los noventa, Amir rápidamente comprendió el beneficio que podía obtener con esta situación adquiriendo su propio camión.

Veterano conductor de la gran compañía del Estado, pudo comprar uno a otro antiguo empleado y disponerse a volar con alas propias. Desde entonces, el transporte con el país vecino, China, constituye la esencia de sus viajes. Al ir, transporta la chatarra generada por las industrias kirguises, que es el motor de la máquina económica china.

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De vuelta, Amir carga su camión de todo aquello que su país natal no produce y de lo que China rebosa: téxtiles, alimentación, electrónica y piezas mecánicas. “Nuestro país está al borde de un abismo”, se lamenta Amir, “mi padre, que ha trabajado toda su vida, recibe una pensión de 3 dólares al mes. ¿Cómo quieren que viva con esa miseria?”.

El dictador Askayev, en el poder desde la independencia en 1991, vio desvanecerse su régimen en pocas horas apenas hace cinco años. Los miembros de su familia controlaban los puestos claves de la economía nacional no dejando a la gente otra posibilidad que malvivir y sumirse en la pobreza.  “Desde la marcha de los rusos, el país está abandonado”, me cuenta Amir, “sin ellos, nosotros estaríamos al mismo nivel de Afganistán. Hemos querido nuestra independencia y sustento, pero son nuestros jóvenes los que están obligados a ir a Moscú para poder encontrar trabajo”.

A lo largo de la carretera pueden verse, oxidadas y en parte al borde del abandono, numerosas segadoras, las máquinas recolectoras de algodón. No hace tanto tiempo, el algodón era el orgullo y sustento de las repúblicas de Asia Central. Hoy en día, las recolectas se hacen manualmente.

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Transporte Kirguistán

Por otra parte, siendo el propietario de su camión, Amir soporta los dos grandes males: el precio del gasoil ha aumentado terriblemente y las piezas de recambio son cada vez más difíciles de encontrar, y sobre todo con la escasez de dinero que hay en el país. Nos detenemos en una zona de descanso de la carretera donde, sobre unos braseros, se elaboran unos enormes pinchos de cordero, el tradicional chachlik. Media docena de chóferes, encantados de tener la ocasión de discutir con un extranjero, se aventuran a hacer algunas confidencias.

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Ellos, hartos de arriesgar sus vidas en unos pasos de montaña increíblemente peligrosos por poco dinero, sueñan con América y con el confort. Tienen entendido que en Europa hay necesidad de chóferes y nos piden consejo para la obtención de visados. Es difícil decepcionarlos.

Puertos de montaña

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Un vez más, fueron los rusos quienes construyeron la autopista de Pamir para facilitar el transporte de tropas y el aprovisionamiento de los puestos más avanzados del dominio. Una proeza técnica y humana con puertos de montaña a más de 4.600 metros de altitud. Circular en invierno por este itinerario y al volante de un camión rudimentario revela un gran valor.

Por otra parte, Amir no parece apreciar conscientemente el lado extraordinario de su labor. Para él se trata de un trabajo como cualquier otro, eso sí, un poco más peligroso que trabajar en una fábrica. Cuando Amir parte de viaje a través de estas montañas, no sabe nunca el tiempo que empleará en atravesarlas.

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Las tormentas de nieve pueden bloquear durante semanas enteras la carretera, y en caso de avería mecánica, sólo contará con él mismo y sus herramientas. El más pequeño error en la conducción puede ser trágico, él lo sabe y también sabe que ningún helicóptero vendrá a rescatarlo. Los camiones que se aventuran en esta ruta lo hacen en convoy, jamás en solitario. Una vez parten, el paisaje se resume en un gran cuadro blanco y helado y en no perder de vista el indicador de carburante. Es un viaje fuera de lo normal. A veces, bloqueados durante jornadas enteras, los chóferes beben para no terminar congelados y poder conciliar el sueño en las frías cabinas.

Cada acción es una proeza. Arrancar un camión con estas temperaturas puede alargarse media jornada, pero Amir es el primer sorprendido al amar este infierno blanco. “La montaña es aventura y libertad. Soy dueño de mi destino. Ni jefes ni papeleos… ni la mujer”. Pero la rigurosidad del invierno no es el único peligro con el que se enfrentan los conductores profesionales kirguises. Con la caída de los talibanes y la invasión americana, Afganistán está inmerso en una anarquía.

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En pocos años, este país se ha convertido en el primer productor del mundo de heroína, la que transita por los países de Asia Central. Una policía fácilmente corruptible y la inestabilidad política han convertido Kirguistán es el paso favorito de los traficantes. Muchos son los transportistas que se han dejado deslumbrar por el dinero fácil. “Éstos son los chóferes tayikistaneses que pasan la droga”, comenta Amir, que no parece tener en muy buena consideración a los vecinos del sur, “su frontera con Afganistán es un verdadero colador”.

Pero esta sustancia no es la única importada de Afganistán. Cuando unos geólogos japoneses y después unos alpinistas americanos fueron secuestrados en 1999 y en 2000, los kirguises comprendieron que el integrismo islámico, tan temido en esta parte del mundo, se estaba instalando en su casa.

El valle de Fergana, escenario en los años noventa de un enfrentamiento armado particularmente sangriento entre uzbekos y kirguises, es hoy una olla a presión que puede estallar en cualquier momento.

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Decididamente, estas viejas repúblicas soviéticas no se desmarcan de los habituales tópicos económicos y sociales, y Kirguistán no es una excepción. Corrupción, dictadura, droga, integrismo religioso, todo parece estar ligado para llevar el país al centro de una espiral sin fin. Solos, algunos hombres como Amir han podido conservar un espíritu pionero que les permite afrontar los peligros de las más altas carreteras de Pamir.

Por salarios miserables y al volante de sus camiones al borde de la agonía, viven una extraordinaria aventura que la historia algún día tendrá en cuenta.

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