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El Scania T113 del vitoriano Alejandro García

Mimar a su vehículo es para él como cuidarse a sí mismo. Lo de Alejandro García con los camiones trasciende a lo puramente laboral, y mucho más a lo económico. “Te prometo –nos dice, en un arranque de espontaneidad– que a mí el dinero casi me da igual, mientras no me vaya faltando el trabajo para poder andar y andar con el camión”. Es pura cuestión de fe el creerse una afirmación así, pero os aseguro que este humilde reportero no osaría ponerla en duda, después de haber pasado una tarde con él en su casita de la localidad alavesa de Miñano Mayor.Scania T113

Con 9 años, su padre ya le subía a las piernas para manejar un GMC. Con 12, enfermó su progenitor un día y él se sintió el rey del mundo por tener la responsabilidad de llevar el GMC él solito a un lugar concreto. Con 14, ya se iban los dos al monte, pero él con un camión y su padre con otro. Y con 15, cuando aún no tenía ni el carnet de identidad, un buen día se vio detenido en comisaría, haciéndose la foto de frente y de perfil con la famosa tablilla de medición de fondo.

Su sincretismo con El Lute le duró poco, pues por suerte para él, pudo acogerse al indulto general que sobrevino a la muerte de Franco, que por esas formas tan caprichosas que tiene la Justicia asociada a los totalitarismos, hizo que de un plumazo le quedara anulada la multa y una pena impuesta de (cree recordar) 20 días de cárcel.

Digamos que, a partir de ahí, la relación de Alejandro con el camión ha sido más plácida en lo procesal, sobre todo desde el día siguiente a la obtención del carnet; aunque igual de intensa en lo emocional.

La única vez que nuestro hombre ha ido en avión (y casi tiene por seguro que será la última) fue para ir a recoger con su mujer el T113 a la central de Scania en Madrid. Era el año 1992, y la unidad le había llegado puntual desde Suecia. “Tenía claro –nos cuenta– que quería un camión con morro. Me había criado con un GMC y solo concebía un camión de características similares”. Dos años antes, ya se había emancipado laboralmente de su padre, y montado su propia empresa con un Pegaso 260. “Aunque le había puesto una grúa nueva, mi Pegasito –el cariño, que no falte– ya no daba más de sí para lo que yo quería, que era cambiar el transporte de prefabricado por el de ladrillo, para pasar con el tiempo a la comprobación de básculas. Por algo menos de 9 millones de pesetas (unos 54.000 euros), obtuve mi Scania de morro, y con él sigo hasta hoy”.

Pegaso Scania T113Hoy, como bien especifica nuestro protagonista, este Scania T113 está a punto de cumplir el millón de kilómetros, toda una barbaridad para un vehículo que ha trabajado mucho en la obra o entre las calles de una capital. “Justo cuando cumpla dentro de unos días el millón de kilómetros, pienso bajarme y hacerle la foto en el punto en el que esté. Estoy muy orgulloso, y con él llegaré hasta donde aguante… donde aguante él o donde aguante yo.

Lo cierto es que va como la seda, aunque –reconoce, sorprendido– el primer año, curiosamente, me dio mucha guerra. La tecla de la palanca, la llave de contacto, los rodamientos del alternador… todo eran problemas, hasta que un buen día se asentó y se convirtió en una joya que me lleva donde haga falta y apenas ha tenido avería alguna”.

Pocos Scania de morro como este trabajan a diario en España, porque se pierde dimensión de plataforma, vital para un profesional del transporte que necesita volumen. “Mucha gente se asusta además por conducir con un morro, cuando –nos aclara– ello no implica cambio alguno en la conducción, pues donde se pega es en el parachoques.

Lo único que pasa es que voy sentado más atrás, porque el camión tiene 60 centímetros más entre ejes que un camión normal, pero el morro no afecta al radio de giro, y el único problemilla que te puede originar es si tienes que salir entre casas, situación en la que por fuerza tiene que asomar un poco. No obstante, eso es muy raro que pase, porque los cruces siempre están abiertos”.

Comprobar básculas

Cuando el ladrillo se estampó contra una burbuja de sobras conocida en nuestro sector, y el trabajo en la obra quedó muy mermado, nuestros hombres (tanto el de metal, como el de carne y hueso) encontraron acomodo en la comprobación del pesaje Scania T113de básculas en las fábricas. Esta labor tan específica consiste en llevar las pesas con la Fenwick para colocarlas en diversos puntos de una báscula, y comprobar de esa manera si ésta pesa bien o mal.

Por peculiar que esta faena pueda parecer, en Euskadi y alrededores, que es donde tiene Alejandro su ámbito de trabajo, hay infinidad de básculas, pues cada fábrica suele poseer una de camiones y otras interiores. “No se da abasto. Cada día puedo llegar a hacer entre dos y cuatro básculas, en función del lugar y las circunstancias. Yo estoy ligado a la empresa LEM (Laboratorio de Ensayos Metrológicos, S.L.), que trabaja con las pesas, siempre las homologadas, e intermedia entre el cliente y yo. Se paga según las horas que emplees en la comprobación, y a veces no es un trabajo fácil, pues según llegas a la fábrica, cada encargado te recibe de una manera, y ejercer en la carretilla no es siempre sencillo”.

Scania T113Cuando le dio algunos problemas con los frenos, le puso el eléctrico, porque el Scania T113 no admite Intarder ni Retarder. Alejandro, por lo demás, está encantado con el funcionamiento general del vehículo.

“Consume más bien poco, pero he de reconocer que al ser un 360 CV se queda corto de fuerza en algunos sitios. Eso sí –continúa–, allá donde lo lleve, llama la atención como si brillara con una luz especial, tanto que a veces me produce hasta rubor, y eso que no soy de llevarlo a concentraciones”.

No sabe hasta dónde llegará con él, pero intención de cambiarlo no tiene hasta que no flaquee. De momento, solo le hace también ojitos el modelo Volvo NH de morro, siempre de morro. “Es más redondito que el americano, y tiene delante una coraza cromada que es preciosa”.

Por cierto, antes de rubricar mi reportaje, me puse en contacto con Alejandro García para ver en qué punto exacto había hecho el T113 su tan esperado millón de kilómetros. “Se me pasó, Jesús. Iba entretenido –me dice–, y cuando me quise dar cuenta, ya iba por 1.000.020 kilómetros”.

Tremendo. Genial. Se puede tratar a un camión de hombre a hombre… pero trascendencias, las justas.

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