PUBLICIDAD

El Peterbilt de Fernando Fernández

«De Nueva York a Bilbao, vino por toda la orilla, con el cromo abrillantado, luciendo la pantorrilla…”. Vale, vale, vale.

Siento este atrevimiento de sobremesa dominical y barra de aquellos bares donde antes se podía cantar, pero es que cuando se juntan dos burgaleses que no se conocían, como el que protagoniza este reportaje y el que lo rubrica, el trance de venirse arriba, venga a Peterbiltcuento o no, siempre puede surgir.

Pero es que en verdad algo tiene este Peterbilt que recuerda la letra del famoso pasacalle, ya que al puerto de Bilbao, ubicado precisamente en Santurce, llegó tras mes y medio de travesía.

Allí mismo lo cargó Fernando en su góndola. Del estado de forma en el que venía solo constaba la expresa palabra de su viejo dueño neojerseyano, en el sentido de que el motor había sido totalmente reparado hacía apenas un año.

Llegado a su lonja burgalesa, Fernando le dio una vuelta del tirón y el bicho arrancó como un cohete. A partir de ahí, todo fue cuestión de ir haciendo arreglillos, partido a partido, que es como ahora está de moda definir lo que entre los jugadores de mus hemos conocido de toda la vida como el ir piedra a piedra.

Lo primero fue quitarle algunas pequeñas pérdidas, nada importante, tanto de aceite, como en el grupo de dirección.

Algo más serio hubo que ponerse con la instalación eléctrica, cambiando parte de una iluminación que venía medio quemada. Por fuera se enmendaron golpecitos más o menos sutiles, antes de acometer un buen pintado integral.

Luego ya fue cuestión de irle metiendo mano al tapizado interno, reproduciendo con exactitud el original (ribetes, costuras, etc.). Quitada la cama, el Peterbilt fue acondicionado con cuatro plazas para que los Fernández y sus “Fernandecitos” vayan cómodamente a concentraciones o, simplemente, dar un paseo en familia en la mejor de las atracciones posible.

301_profesion_peterbilt_04Con Fernando, su mujer María José Fernández y sus hijos Daniel y Mario, pasamos una maravillosa tarde de verano (estación que en esta ciudad también existe), gozándola por sus calles, hasta acabar en la Cartuja de Miraflores, un bello monasterio de mediados del XV donde nuestro Peterbilt, negro como el vino negro y, todo hay que decirlo, un poquito gótico también, luce con formidable hermosura.

Una vez le haces los arreglos principales –nos ilustra Fernando–, el mantenimiento ya es muy asequible.

Al gasoil que gastes hay que sumar un seguro especial a terceros, que son 170 euros al año, más lo que dicte la normativa de cada municipio como impuesto de circulación, que en Burgos tenemos la suerte de que sea cero, por estar matriculado como vehículo histórico”.

Lo que sí tiene estipulado este municipio, como cualquier otro, son unas normativas de tráfico. Por ello, con un cacharro como éste, cuya velocidad ideal de crucero por las Hyways estadounidenses es de 110-120 km/h, hay que estar mirando constantemente de reojo el cuentakilómetros.

“Hasta los 160 km/h es una velocidad factible, y es que a 130 ni te enteras. De hecho –continúa Fernando–, 90 km/h es una velocidad que a este camión le va fatal, por los desarrollos que tiene. La combinación de la caja de cambios y los grupos, que son grandes y largos, demanda una velocidad más rápida o más lenta que ésa”.

Los americanos en casa de Fernando vienen de lejos. Su padre regentaba una empresa de grúas, con taller mecánico, en la que desde pequeño nuestro protagonista veía cómo se arreglaban vehículos, entre los que se contaba alguna unidad Pegaso o Barreiros.

Camiones Ford o ¾ americanos fueron los primeros en tirar de grúa en aquel taller. “Era lo que se estilaba Peterbiltentonces. Algunos trabajaban como camiones, pero eran muchos los que se equipaban como grúa, aunque con el tiempo –aclara– dejaran de ser operativos, porque gastaban mucho y debido a su peso eran algo torpes”.

Tras dar por terminados sus estudios y pasar brevemente por un par de empresas, Fernando montó la suya propia, Jofer Elevación, en la que trabajan ocho personas, dadas al sector de las plataformas elevadoras y las góndolas, con un parque de cuatro camiones Mercedes, Iveco y MAN.

El Peterbilt, lógicamente, está rebajado de servicio. Su misión exclusiva es ahora lucir tipo en concentraciones como las de Torrelavega, Montehermoso, Navarra, La Morgal, El Jarama o Pola de Siero.

A las mismas suele acudir con su querido cuñado Luis Fernández, que fue quien más arrimó el hombro a la hora de visionar junto a él trucks americanos, vía Internet, y darle a Fernando el espaldarazo definitivo para adquirir éste.

“Ya le dije –nos dice en esta ocasión un siempre bromista Luis, propietario también de un espléndido Kenworthque si lo compraba yo, en el momento en que pusiera una rueda en España, ya no me lo iba a quitar nadie”.

Fernando, María José, Dani y Mario no caben de gozo cuando embarcan en su Pete. La gente queda embelesada a su paso y todo el mundo desenfunda el móvil de la cartuchera para llevarse a casa su instantánea.

“Esto me llena de orgullo, como podéis imaginaros, aunque a veces lo paso un poco mal cuando veo que se cuelgan de los espejos para subirse a hacer una Peterbiltfoto”.

Los chavales, Dani y Mario, que han ido como un clavo al reportaje de ese Solo Camión que devoran cada mes, asienten las palabras de su padre.

De 12 y 8 años, respectivamente, les pregunto si han utilizado ya el Peterbilt para llevar de paseo a alguna novieta, a lo que me contestan al unísono que no.

Con esa candorosa inocencia que seguro echarán de menos los padres de hijos e hijas adolescentes que estén leyendo estas líneas, el pequeño está encantado de poder chapucear con su padre en los bajos del camión, sin que nadie le riña por ponerse de grasa hasta arriba; y Dani nos emociona un rato al recordar lo mucho que le gustó el reportaje de su difunto abuelo Luis en nuestro “Rutas de la memoria” del número 275.

La tarde empieza a caer, así que hermosea por minutos el paisaje que conforma nuestro Peterbilt iluminado y el colosal monasterio burgalés. El camión, eso sí, no lo pasa del todo bien al tener que encarar la rotondita situada frente a la Cartuja de Miraflores. “El radio de giro es exageradamente escaso.

En un viaje de placer, es muy raro tener que hacer una rotonda entera, pero en los desfiles de algunas concentraciones sufro con algunas maniobras de este tipo. Por lo demás –y aquí es donde Fernando yergue su, ya de por sí, apuesto semblante–, las sensaciones que te produce conducir este truck son muy gratas.

Su enorme cilindrada favorece el que a poco que le pises, salga como un reactor. En carretera, a los vehículos que van subiendo los dejas en el sitio muy fácilmente, pero en circuitos más cerrados, lógicamente has de tener cuidado con el morro para calcular las distancias. El sonido, eso sí, es redondo… perfecto”.

En un emplazamiento habilitado al efecto, los Fernández guardan este Peterbilt y un precioso pick-up Mack. A poca distancia aguarda un Cadillac, que va a ser el próximo tesoro rodante a restaurar. Esto es un no parar. Es lo que pasa cuando vivimos a nuestra manera, y por encima de nuestras felicidades.