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El Avia 2500 de José Manuel Prieto; manantial de delicadeza

Con paciencia e ingenio es posible atesorarlos de serie, pero uno siempre puede elegir donde enarbolar su sensibilidad innata. ¡Qué suerte!. José Manuel escogió la restauración.

«Yo siempre he visto en casa a mi padre comprando vehículos y cacharros hechos polvo, que han acabado renacidos y luminosos. Cuando trajo este Avia al que hoy venís a hacer un reportaje tenía hasta anfibios viviendo en la chapa. De pequeño le seguía en todo y ahora la verdad es que no tanto, pero valoro mucho su energía y sus habilidades. ¿Cómo no admirarlo?”.

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Con estas pocas palabras Adrián Prieto, hijo de José Manuel, nos hace una radiografía muy certera de este alma inquieta de Penagos (Cantabria), localidad en la que hace vida junto a su mujer e hijo, sus padres y su perra Dana. Su casa es conocida por todo el vecindario y más allá, porque el don de gentes de nuestro protagonista es una invitación constante a la charla afable, a la petición de algún favor que tenga algo que ver con su condición de manitas, o a la simple admiración de su trabajo como componedor de todo lo reparable e irreparable. Del huerto de este hombrón cántabro no brota vegetación alguna, sino coches, motores, camiones, bicis, segadoras y todo aquello susceptible de ser arreglado y vuelto a poner en circulación.

Lo imposible, para él, solo tarda un poquito más, y en esa manera de discurrir por el mundo es donde hay que buscar el origen de este Avia 2500 que hoy recala en Solo Camión.

Avia 2500 Prieto

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Los Rubalcaba, apellido bien conocido en la zona, desde finales de los sesenta cargaban en este camión las cabezas de ganado que luego iban al matadero, antes de ser vendidas tras el mostrador de la carnicería familiar. Hasta bien mediados los noventa se recuerda a este Avia en acto de servicio, hasta que el pasar del tiempo en el mismo y en sus dueños hiciera que poco a poco el vehículo fuera buscando las tablas, tras tantísimas vueltas al ruedo rutero.

Dos décadas después, José Manuel lo rescató de una campa, con el desguace como único horizonte. Para alegría de su dueño y enésimo suspiro de plácet familiar, este se prestó a rescatarlo con sus armas ya citadas: paciencia, ingenio y hambre de restauración.

Avia 2500 Prieto

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“En mi casa no ha entrado nunca nadie a arreglar algo –nos dice Maribel, su esposa –. Podrá tardar más o menos, pero desde levantar una casa hasta la más pequeña avería que pueda surgir, no hay reto ante el que se amedrente. Es un don, pero según lo mires también es una adversidad –sonríe, mientras mira a su marido con complicidad –, porque la cabeza no descansa. Pero es envidiable tener tan claro dónde está tu felicidad y yo también me siento muy agraciada y poderosa conduciendo estos vehículos antiguos o yendo montada en ellos”.

Semblanzas como las de Diego Santamaría, amigo (eso lo primero) y ayudante de José Manuel, son de esas que, tal cual las oyes, las imaginas de inmediato representadas en otros muchos niños de hoy. Sentado en la tapia de su casa, también en Penagos, el Diego crío pasaba horas de ensueño viendo pasar vehículos, reconociendo los sonidos de tal o cual motor y pidiendo a los camioneros que activaran la bocina para él. Con un tío suyo aprendió a mover el volante a una edad inconfesable y cuando su barba decidió ya juntar líneas se empezó a cimentar un vínculo que, visto hoy, estaba más que cantado entre dos vecinos tan fascinantemente chalados por el camión. “Mi pasión por los vehículos, junto con mi experiencia como soldador y una voluntad de eterno aprendiz, ha hecho posible que formemos un tándem. Con cuatro herramientas, José Manuel es capaz de obrar la creación más fina. A su lado siento que aprendo, pero con la honra añadida de que a veces sea él quien me pida un consejo puntual, porque restauraciones tan minuciosas como esta siempre te van planteando retos por el camino”.

Avia 2500 Prieto

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¿Cuántas veces bajó Maribel al patio con un plato de croquetas a decirles a José Manuel y Diego que ya pasaban de las 12 de la noche? Muchas… porque a veces resulta dificilísimo coger el sueño cuando tú mismo puedes restaurar uno.

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