Cuando Soren sale de casa, el mercurio marca -9 º C. Arrastra sus pesadas botas impermeables hasta la camioneta. Entra y hace girar la llave. Su nuevo Fuso Canter responde a la orden con un leve traqueteo y en pocos minutos la cabina empieza a calentarse. Ventajas de la modernidad.
Todo un lujo que Soren -como todo buen veterano, sea cual sea la profesión- valora y agradece. Las herramientas del pasado lucen llamativas en los álbumes de recuerdos, pero ya. Hasta ahí.
Las de ahora aportan confort, una palabra que en la latitud en la que nos encontramos (68º norte, la misma que Alaska o Groenlandia) es mucho más valiosa que los recuerdos de las viejas fotografías.

Soren lleva casi 50 años trabajando en la factoría de pescado Riksheim, situada en la localidad pesquera de Henningsvær, una de las cientos de islas e islotes que conforman las Lofoten, en Noruega.
Por sus manos han pasado infinidad de furgonetas -dos antiguas reliquias ochenteras aún presentan servicio en la empresa-, pero hoy por hoy no cambia su Canter por nada del mundo.
“En cuanto dejé el colegio comencé a trabajar aquí”, nos cuenta el transportista. “Llevo toda la vida haciendo esto. Con camioneta arriba y abajo; de una lonja a otra, transportando distintas partes del bacalao, que aquí es nuestro producto estrella”.
La eficiencia del Canter en un terreno a menudo complicado por el hielo, la nieve y las pendientes pronunciadas es impecable.
En la lista de comodidades destacan: el motor Euro 5 EEV de 175 CV, el cambio automático de doble embrague Duonic y la tracción 4×4.

A todo ello hay que sumarle, durante esta época, neumáticos con clavos. El resultado, una máquina moderna que ofrece tanto confort en el interior -Soren se alivia en este arranque de mañana colocando las manos sobre la rejilla de la calefacción del salpicadero- como eficacia sobre el terreno. Un terreno peculiar.
La pesca, seña de identidad
El mar ha sido tradicionalmente la fuente de ingresos de los habitantes del archipiélago. Existe algo de ganadería, pero lo abrupto del terreno, con macizos puntiagudos que ascienden hasta los 1.000 metros de altura, y la presencia perenne del océano Ártico han moldeado los hábitos comerciales de sus habitantes hacia la pesca, en concreto la captura y comercialización del bacalao.
En Henningsvær viven hoy cerca de 400 personas. Es un pueblo pequeño. Cubierto de blanco en esta época. Aquí los vecinos se conocen y se saludan por el nombre.
Pese a que hoy en día la hostelería ocupa buena parte del negocio –las Lofoten reciben anualmente 300.000 turistas en busca de ocio de verano al aire libre- durante los meses de invierno, de febrero a finales de marzo, la temporada de la pesca del “skrei” o bacalao de invierno genera una actividad efervescente en el pueblo y en general en todo el archipiélago.

Durante cerca de seis semanas, los pescadores salen a diario a faenar con red o sedal en busca del preciado “skrei”, un pez que viaja en invierno desde Rusia rumbo a las Lofoten, para desovar. ¿Por qué hasta aquí?
El archipiélago recibe parte de la corriente marina del golfo de México, de aguas cálidas, y el bacalao busca año tras año esas temperaturas más benignas para la puesta de los huevos. El largo viaje hace que este tipo de bacalao tenga una carne más fina y consistente, y que se comercialice al resto del mundo con la etiqueta gourmet.
La llegada del “skrei” (que significa ‘nómada’ en noruego antiguo) dura apenas dos meses, y el pueblo se vuelca en esta actividad. A partir de las 6 de la mañana, en la bocana del puerto de Henningsvær, comienza el incesante goteo de embarcaciones que parten a faenar.
Las hay pequeñas, prácticamente unipersonales, y otras más grandes, dedicadas a la pesca industrial. Estas últimas son las que, acabado el día, atracan en el muelle de la factoría Riksheim, donde trabaja Soren. Comienza la faena en tierra firme.
Furgones para la batalla
Un operario maneja la grúa y apila sobre el cemento del muelle las cajas de acero que cargan las naves pesqueras.
Dentro, decenas de bacalaos se apilan frescos y sin despiezar, a la espera de que los trabajadores divididos por equipos se encarguen de aprovechar al máximo todo el producto.
Y en el caso del bacalao ocurre, un poco, como en España con nuestro queridísimo cerdo: se aprovecha todo. Toca separar hígado, tripas, huevas, cocochas, cabeza y carne. A la vez que el baile de cuchillos, arranca también en el exterior el movimiento constante de vehículos.
El Canter de Soren aparece a última hora de la tarde con el enésimo cargamento de cabezas de bacalao. Las trae de otra lonja. Acula el vehículo y acciona el basculante.

Los operarios se afanan en vaciar la caja metálica y distribuir las cabezas en grandes arcones de plástico.
Cuando se les haya extirpado las cocochas, las cabezas serán saladas durante varias semanas y luego transportadas de nuevo por Soren hasta uno de los muchos secaderos de bacalao que existen en Henningsvær.
Los transportes son cortos, de apenas varios kilómetros. Sin embargo, las placas de hielo que cubren el asfalto invisible de la carretera, en combinación con las fuertes pendientes de los puentes que unen entre sí las islas -son muy abombados para permitir el paso inferior de embarcaciones con mástiles altos-, hacen que la conducción requiera cierta pericia. A nuestro chófer le sobra experiencia.

Al otro lado de la factoría, en la cima de una colina de pendientes pronunciadas y con dos palmos de nieve, un MAN 8.136 de mediados de los 80 sirve de transporte a una cuadrilla que se prepara para colgar piezas de bacalao en un secadero.
Pese a los años, el MAN responde, así como un viejo Toyota Dyna BU30, también ochentero, que en cuanto se le requieren sus servicios surca la nieve sin rechistar calzado con sus gomas de clavos. Soren cruza el puente y hace sonar el claxon. Se despide alzando el brazo y sonriendo. Ni el frío ni la rutina le borran la sonrisa a este viejo lobo de mar.












