Imaginad que conocéis a alguien. hay química. a los cuatro meses decidís que os vais a vivir juntos. Pero no a un apartamento, sino a la parte trasera de un 7,5 toneladas de 1986 y con un objetivo: conducir juntos rumbo este para dar la vuelta al mundo. Esta es, precisamente, la historia de Jennifer y Peter Glas. Un viaje romántico de treinta meses a bordo de un Mercedes-Benz Unimog.
Una tarde de verano de 2012, Jennifer y Peter apuran el vino de sus copas en una terraza de Múnich. Ella tiene 35 años; él, 5 más. Hace apenas cuatro meses que se conocen y la relación a distancia ya no les parece buena opción (él vive en Suiza; ella, en Alemania). Tienen la risa floja y no es para menos: acaban de comprar un camión de 7,5 toneladas de 30 años de edad para instalarse en él y partir rumbo a oriente con la intención de circunvalar el planeta. Adiós a una vida estable, a los amigos, a un mundo cómodo y conocido. Si el amor funciona, la aventura habrá valido la pena.
Una luna de miel de 30 meses
En cuanto ponen sus ojos sobre el veterano Mercedes-Benz Unimog U 1300 L, ambos caen rendidos. Lo bautizan Simba. Con más de tres décadas de servicio, principalmente en el sector militar, el todoterreno les parece un hogar perfecto para iniciar su vida como pareja. “Buscábamos un vehículo que pudiera llevarnos por cualquier lugar, desde desiertos y montañas a cauces de ríos”, explica Jennifer. Después de nueve meses de acondicionamiento, el Unimog estaba listo para partir: interior renovado, más espacio de almacenamiento, dos tanques de diésel de 140 litros, depósito de 150 litros de agua dulce, baño con ducha, cocina, sistema eléctrico de 12 y 24 voltios, cuatro paneles solares y un generador externo de emergencia. Con él parten rumbo a Venecia, donde se casan.
A partir de ahí, el resto del viaje sería una perpetua luna de miel en un cubículo de siete metros cuadrados y con unas vistas espectaculares. “No hace mucho nos preguntaron por qué hacíamos ese viaje”, reflexiona Jennifer en la web The Travel Episodes. “Tras una breve pausa, se me ocurrió una respuesta sencilla: porque no había razón para no hacerlo”. Así de fácil. Desde Italia pusieron rumbo a la India siguiendo la ruta hippie de los años sesenta. Grecia, Turquí, Irán, el Golfo Pérsico… y de allí, en barco, hasta la India. Habían pasado seis meses desde su salida y ya resultaba evidente que doce meses de viaje para circunvalar el planeta era misión imposible.
Saborear cada kilómetro
Cruzan la cordillera del Himalaya y se enamoran de la cultura del Tíbet, donde pasan unos meses trabajando en escuelas. De allí, inician el camino que les llevará hacia el sudeste asiático: Myanmar, Tailandia, Malasia, Laos, Camboya, Singapur… Allá donde llega Simba, la gente se arremolina alrededor. Otras culturas, otros mundos, a lo largo de cerca de 34 países. Y un aprendizaje constante, como pareja y como personas: “Nuestra percepción del mundo ha cambiado radicalmente en lo que hospitalidad se refiere”, nos explica Jennifer por correo electrónico. “No nos esperábamos tanta”. Querían saber qué significa la libertad. Querían tiempo para conocerse mejor, y para comprender qué significa tener menos y vivir de manera más simple.
Obviamente, viajar en un camión de estas características implica también otro tipo de experiencias. “No es siempre aventura”, confirma Peter. “Hay problemas técnicos, mantenimiento diario, etc. La ventaja es que la mecánica del Unimog es muy sencilla. Hemos aprendido sobre la marcha, con el manual del Unimog”. Jennifer asegura que andar desesperadamente en busca de una regleta de conexión eléctrica en una ciudad perdida de la India te ayuda a conocer ese país mucho mejor que haciendo una visita al Taj Mahal.
En una playa de Tailandia, dos años después de salir de Múnich, la pareja decidió que era el momento de regresar. La idea original de cruzar a América y recorrer el continente de norte a sur ya no les atraía. Así que enviaron a Simba de Singapur a Vladivostok, en Rusia, y desde allí iniciaron el camino de regreso. Seis meses más de ruta calmada. Sin prisas. Tratando de paladear cada jornada. Como intentando ralentizar el final de una aventura que ya era una historia de amor.


















