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Camiones en Cuba, centauros del Caribe

En las afueras de la capital cubana operan estaciones de transporte al aire libre, en las que camiones de todo semblante y color, “parqueados” en pista de tierra, salen para la provincia ubicada más al oeste del archipiélago.

Con Evelio Cascarell, chófer privado que efectúa este recorrido tres veces a la semana, por un 10 % de lo recaudado por el pasaje, convengo los 40 pesos cubanos (algo más de euro y medio), que ya comprobé con anterioridad que es idéntica tarifa a la que pagan todos los conciudadanos cubanos.

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Transporte Cuba

Aquí, por primera vez desde mi llegada a Cuba, no compartiré viaje con ningún turista, algo difícil en un país que los cuenta por millones cada año, lo cual agradezco especialmente, no solo por abrazarme a cuantiosas conversaciones que cubanos y cubanas deslizan con improvisada y extraordinaria chispa, sino también porque en los buses que normalmente utiliza cualquier extranjero para este mismo trayecto la tarifa es diez veces mayor.

A ello cabe añadir que el viaje se te puede hacer muchísimo más largo en un bus turístico, si tienes la mala suerte de que un caño no regulable de aire acondicionado caiga sobre ti.

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Con Evelio, que acaba de despertarse y bajar de la caja del camarote de su rastra (la cama de la cabina de su camión), charlo antes de que den las 8 de la mañana, con el sol aún en modo tregua, para apalabrar las condiciones del viaje. “Cada tres cuartos de hora sale un camión, haya el pasaje que haya, aunque lo normal es que siempre se llene.

Durante muchos años –me explica, mientras van llegando los pasajeros– transporté mercancías, sobre todo relacionadas con la construcción, pero prefiero el trato con las personas. Uno vive del pueblo moviéndose y me gusta el trato diario con la gente, sobre todo si te habla con educación. No obstante, últimamente arrecian algunas críticas de parte de algunos clientes, porque nos obligan las autoridades a que todo el mundo vaya sentado en la caseta, de manera que nos hemos visto obligados a subir el precio del pasaje en poco tiempo de 20 a 40 pesos”.

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Lo cierto es que si bien a nuestros ojos recorrer 180 kilómetros de la autopista nacional, por entre 4 y 6 carriles, en transporte público, y por algo más de un euro, resulta sorprendentemente barato; no lo es ni mucho menos para un cubano, cuyo sueldo medio apenas ronda los 30 dólares… ponle 60, si eres un médico especialista.

Resulta lógico así, y más ante lo amable de una temperatura media que siempre se sitúa entre los 20 y 30 grados, que el desplazamiento a pie y en bicicleta sea el medio preferente de desplazarse.

No obstante, y más ante un ferrocarril en franca decadencia, para moverse entre ciudades la circulación de camiones, centauros sobre ruedas de distintas configuraciones, está cada vez más presente, sobre todo en esas zonas interiores y rurales del país, donde el ómnibus amparado por el Estado difícilmente llega.

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Por cuenta propia

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La Administración cubana, ya se sabe que muy poco proclive a la iniciativa privada, permite aquí sin embargo desarrollar proyectos propios, siempre que el camionero obtenga una licencia específica y se garantice una calidad mínima para aliviar las necesidades de transporte público por todo el país.

El paraguas estatal reconoce en este punto no poder cubrirlo todo, por lo que va adoptando ciertos ajustes de su modelo económico, sobre todo tras aquel período especial de colapso que devino de la caída del modelo soviético, a principios de los noventa.

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Así considera que puede seguir empleando recursos para aquellas partidas que desde el Estado resultan más innegociables, tales como la sanidad y educación gratuita de uno a otro rincón del país. No obstante, eso de “calidad mínima” es siempre un concepto subjetivo, dependiendo de la cuna, camastro o el puro suelo en el que uno haya nacido.

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Para los habitantes de tres cuartas partes de nuestro territorio planetario, seguramente las condiciones resultarían más que aceptables, aunque no tanto así para el común de los que seguramente estén leyendo estas líneas.

En cualquier caso, la costumbre lo acaba siendo todo en esta vida, así que al final resulta gloria bendita el tablón de madera sobre el que te sientas, las rejas abiertas que dejan que corra la brisa caribeña, la tejavana de plástico, con fibra de vidrio vista, que te cubre de posibles aguaceros, el aroma de tabacos varios, el sonido del claxon con los que un chófer saluda al compañero con el que se cruza y hasta el reguetón con el que algún compañero de balda te ameniza el viaje.

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Una gran diversidad de marcas de camiones europeos (también Pegaso), americanos y asiáticos viven una juventud eterna; al igual que esos Haigas, conocidos popularmente como almendrones, Dodge, Ford, Pontiac, Buick o Chevrolet, omnipresentes en el paisaje urbano.

Lógicamente, tal pluralidad, unida a revisiones técnicas más bien livianas, da pie a híbridos entre piezas de variadas marcas y apaños artesanales que dan muy a menudo con imprevisibles desajustes de mantenimiento, que hacen aflorar la ingeniería mecánica, entre otras muchas capacidades cubanas.

Tres horas de viaje mediante, llego a Pinar del Río, con su abrumadora naturaleza de selvas, cadenas montañosas y playas.

Antes de adentrarme en ella y volver con toda probabilidad a mis hechuras turísticas, me despido de Evelio, mi sonriente chófer vestido con zamarra de la selección española; así como de muchos de mis compañeros de viaje: gente que lleva materias animadas e inanimadas, señoras que van a visitar a la familia, estudiantes… y toda la Cuba que viene y va.

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