
Su batallar en la grupa del camión y a lomos de la vida no le robó ni un solo día la luz de su rostro. Hoy conocemos la historia de Luzilene Gomes.
Nacida en Colinas, municipio del Norte de Brasil bañado por ríos, bosques y selvas preamazónicas, los primeros pasos de esta dama de 50 años tienen mucho que ver con una órbita paralela a la del camión, pues su padre limpiaba lavabos y la madre cocinaba en el restaurante de una gasolinera, enclave único para repostar en 300 km a la redonda, al que se accedía a través de pavimentos de tierra, sin apenas señalización.
La infancia de Luzilene, cuarta de seis hermanos, transcurrió en el patio de dicha gasolinera, y aunque sólo a los chicos se les permitía limpiar las cabinas y se les dejaba llevar el camión por el interior del recinto (las mujeres quedaban ceñidas a la cocina, la ropa o el cuidado de animales… racionales y de los otros); ella, casi aún pegada al pecho de su madre, soñaba con que algún día conduciría un camión.
“Me hace gracia cuando alguien me pregunta si yo me sentía afortunada por vivir cerca de un lugar tan idealizado como la selva amazónica – afirma Luz, mientras me enseña cómo se le ha puesto la piel de gallina al recordar su infancia –, porque mi primera gran fantasía, cuando debería tener 10 años, era que uno de esos camioneros que aparecía de vez en cuando montado en aquellos caballos de metal tan hermosos, me secuestrara y me llevara con él a conocer ciudades y nuevos horizontes.

Mi madre no me dejaba acercarme a los chóferes, pero en las noches me quedaba oyendo el sonido que emanaba de los camiones, y con ese arrullo me dormía”.
España en lontananza
La vida de Luzilene, en manos de un Vázquez-Figueroa o una Isabel Allende, daría para una novela de esas que te enganchan a la primera.
Con 11 años se fue a servir a la casa de los dueños de la gasolinera, pues su familia tuvo que afincarse selva adentro. “Con esa edad – recuerda –, tenía que cebar en una pocilga a 200 cerdos que casi me devoraban a mí cuando les llevaba la comida.

Estaba sometida a un día a día desolador para las ilusiones que confluyen en una niña, hasta que mi padre me sacó de allí, pero para llevarme con otra familia. Después fui a un colegio de monjas, pero mis estudios siempre estuvieron llenos de deberes que poco tenían que ver con los libros: limpia, cuida niños y limpia otra vez”.
¿Se cumplió su tan anhelado sueño con 15 años, al escaparse en un camión con un hombre, sin apenas más equipaje que una lima de uñas y una Biblia?: Tal vez en parte, pero desde luego a años luz de los tirabuzones argumentales de Disney.
Con 17 años ya tenía dos hijos y hasta pasados los 23 no supo lo que era trabajar al amparo de un contrato, por modesto que fuera, como auxiliar de cocina.


No obstante, fue en 2003, con 27 años de edad, cuando su vida dio ese vuelco que los Figueroa y Allende antes citados seguro recogerían en una sustanciosa 2ª parte: Luzilene desembarca en España.
La camionera de hoy
Las rutas de la vida, como los caminos que canta el argentino Vicentico, no son siempre los que uno imaginaba, pero en el caso de nuestra protagonista, estos le han llevado finalmente al volante de ese fantaseado camión al que de niña no le dejaban ni acercarse en aquella inhóspita gasolinera.
Esta delicada brasileña, que comenzó viviendo en Galicia y se trasladó con el tiempo a lugares como Tudela, Calahorra o Pamplona; transitó por trabajos y viajes de ida y vuelta a Brasil para ver a sus, ya por entonces, 3 hijos; hasta asentarse por fin en la navarra Cintruénigo.
Ya afincada allí, regentó con todas las de la ley un restaurante y un centro de estética propios. Pero súbitamente llegó la pandemia y decidió darle un giro a su vida. El obligado tiempo de reflexión vino acompañado de la obtención del permiso para rígidos.



Su primer trabajo fue como conductora en un camión de la pamplonesa FCC (Fomento de Construcciones y Contratas), que tiene asignados diversos servicios medioambientales en la capital navarra.
“Cambié amistades y aficiones, pero no acababa de sentirme del todo completa – reconoce Luz –, así que después de otro periodo de cavilaciones y un nuevo viaje a Brasil, me saqué el permiso de tráiler y el CAP, para volcarme definitivamente en este oficio”.
Con sus nuevos permisos en la mano, y tras un breve paso por firmas como el Grupo Arnedo o Frutas Solano, Luzillene recaló finalmente en Grupajes Urbano, empresa con sede en Cintruénigo, que opera sobre todo dando servicio a Mercamadrid, Mercabarna y otros grandes mercados centrales.


“He encontrado, sin duda, mi sitio en el mundo – nos asegura con una sonrisa deslumbrante -. Me compré una casa y aquí quiero envejecer. De la docena de chóferes que tiene la empresa, yo soy la única mujer, a parte – sonríe – de la esposa del jefe.
Con él tengo mucha confianza y me defiende a las más mínima que llega a atisbar que no se me trata como a un chófer más, pero cualquier cosa desagradable sé bien cómo cortarla, porque me he sabido espabilar desde niña.
No traigo problemas a la oficina y me siento muy realizada. Aquí espero seguir creciendo y, por qué no, jugando mis partiditos de pádel cuando sea una abuelita”.



