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Soy camionera: Carmen Yolanda Montejano, himno de la alegría

Como pequeña de nueve hermanos, es fácil imaginarla deslizando embelesos en su infancia, Montejano arriba y abajo. Si la Novena fue la última Sinfonía compuesta por Beethoven, en idéntica cifra se plantaron también sus padres, Juliana y Pedro, al crear sus obras particulares.

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Camionera Carmen Yolanda Montejano

Suponerlos a todos ellos en San Cristóbal, apretados en la cabina de un camión, nos depara una composición coral digna de otros tiempos.

Hoy, solo con pensarlo, te quitarían dos puntos por imaginación indebida. Sin embargo, es esa una imagen que la Montejano benjamín tendrá grabada para el resto de ese generosísimo caudal de vida que le queda por delante.

Camionera Carmen Yolanda Montejano

Cuando le dijo a su padre que tenía la intención de ser camionera, este le vino a decir que quizá no fuera el oficio idóneo para una mujer. ¿Solución?: cuando volvió a mentarle el tema fue para decirle que ya había aprobado el carnet de camión.

Hoy su padre profesa hacia ella un orgullo que es mutuo. De él dice haber aprendido las claves del oficio, pero cambiaría su algo excesivo celo sobreprotector (“no cojas esa rueda”, “cuidado con ese peso”…). Hay que asumir, con dulzura filial, ese pack paterno en el que las delimitaciones son siempre difusas.

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Cuatro de sus hermanos, Luis Carlos, Mario, Pedro y Aitor, son también camioneros, aunque hoy solo los dos últimos forman parte de la empresa familiar.

En la nave de los Montejano en la que nos citamos, un parque multicolor de Scania y Volvo, junto a un Stralis y un Pegaso restaurados, ha pasado en fila india por el lavadero que tienen bajo techo. Una soleada mañana de invierno hace de Tomelloso un edén.

Oficina o carretera

Que Yoli estudiara un grado medio de Administración demuestra que en su primera juventud no le cerraba las puertas a nada. Su primer dinero lo ganó como administrativa.

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Más tarde probó en ámbitos tan diversos como la limpieza de obra o la repostería, elaborando magdalenas y bizcochadas, pero con 23 años decidió dar pie a ese anhelo que en lo más hondo de su ser siempre estuvo allí.

En tal decisión, Carlos, su pareja, siempre se ha mostrado primer entusiasta. “Con quién vas a estar mejor –le dice– que con tu familia”.

A día de hoy, Yoli es feliz al volante de su R500. El despertador interrumpe a las 5 su dormir, pero le avisa a esa misma hora del sueño que tantas veces ansió.

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Si duerme fuera de casa, prefiere hacerlo en las instalaciones de las fábricas de zumo donde va a descargar, porque le inspiran mayor confianza.

No obstante, se tiene por una mujer que sabe defenderse: “Hay mucha gente que se fascina cuando ve salir a una muchacha joven de un camión como este, y me anima a seguir adelante. No obstante –deja clarísimo–, detesto las conversaciones a destiempo sobre si soy guapa o si estoy sola.

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‘Mira, chico –les digo–, yo he venido aquí a hacer mi trabajo y tú limítate a hacer el tuyo’. En fin –remata–, no dejan de ser necedades sin importancia, como cualquiera puede vivir en su trabajo. Yo me siento feliz, ya sea al volante, vistiendo como hoy o poniéndome de grasa hasta las cejas, cuando toca”.