Son ya 25 años, de los 43 que “abrilea” este joven castellano, los que lleva trabajados en Distribuciones Corona, y no se lo pensaría ni un segundo si pudiera firmar por jubilarse aquí.
Su máximo responsable, Raúl Lorenzo, que dirige esta empresa con más de un cuarto de siglo de historia, detenta para Pedro más los cargos de un amigo que los de un director propiamente dicho.
“Es que, de alguna manera, quien para mí será siempre el jefe es su padre, Argimiro, que fundó Bodegas Corona en 1986 y la dirigió hasta 1997. En lo profesional –afirma–, siempre se portó como un segundo padre conmigo”.
No obstante, y como no podía ser de otra manera, es en su padre primero y biológico donde hay que buscar las más hondas raíces camioneras de Pedro.
Con Alfonso Rodríguez, que era tratante de ganado y transportaba leche por diversos puntos de las provincias de Salamanca, Ávila, Zamora y León, nuestro protagonista se montó por primera vez en un camión, Pegaso Comet para más señas, que tenía ni más ni menos que tres meses más que él.
Aquel niño feliz salía de la escuela e iba corriendo a ayudar a su padre casi cada día, pero en el momento menos esperado las circunstancias de su vida se torcieron, pues su madre Ana María murió con tan sólo 45 años.
Ante un progenitor claramente superado por las circunstancias, aquel chavalín se tuvo que poner el apellido familiar a la espalda… bueno, el apellido y algo más, pues con 12 años recuerda mover entre 400 y 500 sacos de 50 kilos (alguno ocasionalmente de 80) todos los días. “Con 11 años me pusieron mi primera multa por conducir sin carnet –sonríe–, pero eso ya ha prescrito”.
Dentro de las instalaciones de Asetramdiza, centro de transportes de Zamora, donde acudimos tras pasar unas horas de brega con la cosechadora de Pedro; nos disponemos a hablar con una persona que en Zamora tiene ganada la admiración del sector a base de sencillez
y diálogo.
Hasta Pruden, el camarero que nos sirve la comida en el restaurante Vía de a Plata, ubicado en este centro, lo constata. “Pedro es un fenómeno –nos dice–. No me extraña que vengan los periodistas a entrevistarle”.
Su función como responsable de este centro de transportes es la de gestionar las ideas salidas de su junta directiva, potenciando el transporte en Zamora a todos los niveles.
“La nuestra es una provincia que apenas tiene industria, así que el transporte está vinculado sobre todo a la agricultura y la ganadería, es decir, las campañas de la vendimia, la remolacha y los cereales; así como a los portes de leche o piensos para animales.
En el sector relacionado con la construcción –prosigue Pedro–, el bajón ha sido muy notable, y fuera de la autovía a Benavente y las obras de un tramo del AVE, no hay proyecto alguno a la vista en Zamora”.
En sus más de dos décadas transportando envases y refrescos de toda condición, Pedro ha visto cambiar su parcela del transporte a mejor en algunas cosas y a peor en otras.
“Es lógico y mucho más efectivo que los albaranes a mano hayan quedado atrás y todo esté robotizado, pero paradójicamente –se lamenta– al camionero se le exige cada vez más en las fábricas. Nuestras condiciones laborales está claro que no avanzan con los tiempos”.
Una jornada tipo de nuestro hombre, como puede ser la que hoy nos ocupa, da comienzo con un madrugón de entre las 2 y 3 de la mañana.
En el centro en el que estamos, a menos de un kilómetro de su casa, desayuna antes de enfilar los primeros compases del día y echar un cafelito, según convenga, en los hostales Sandino o Zamorano (ambos en Palencia), antes de llegar a Burgos y efectuar las cargas y descargas de envase vacío y cajas llenas en las fábricas de Mahou o San Miguel.
Si encarta, puede caer otro reconstituyente en Villagozalo Pedernales (Burgos) o en Geria (Valladolid), antes de descargar y tirar de nuevo para Zamora. En función de si el camión queda cargado o no, Pedro llega a su casa con la faena hecha entre las 2 y 3 del mediodía.
Es un buen tute diario, desde luego, pero tras el beso a su mujer e hijos, ducharse, comer y echar una pequeña siesta; y siempre y cuando no haya obligaciones derivadas de sus compromisos asociativos, Pedro dispone de toda la tarde para jugar con su hijo Jesús, pasear con su mujer Yolanda, o ir a yoga con su hija Hiniesta.
“De soltero dormía en cualquier sitio con el camión, pero ya con mi hija, que nació hace 7 años, al tener que ir a cargar a lugares como Guadalajara o la Coruña me di cuenta de que disfrutaba poco de ella. Ahora hago una misma ruta hace tiempo y, aunque el día es larguísimo, valoro mucho pasar las últimas horas del día en familia”.
Hasta llegar al Magnum
Tras un breve paso por empresas de esta provincia castellana, como Aspiraciones Perca, Abonos Rodríguez o Aspiraciones Zamoranas; recién cumplida la mayoría de edad ingresó en la actualmente denominada Bodegas Corona.
Siempre de la mano de su padre, al Comet mentado al iniciar este reportaje, le fueron siguiendo otros camiones de relumbre, como un Pegaso 170, un Dodge 4 ejes o un Tecno 260, también de 4 ejes.
Con este último volcó, y ahí se precipitó su connivencia con Renault, en primera instancia a través de un 385 Turboliner de cabina alta, que a los dos años cambió por un Renault Magnum 420.
“Al que le coge el gusto a la cosechadora –afirma un entregado Pedro a este respecto–, no se la cambies por nada. Este Magnum 480 que llevo ahora es el primero que estrené, hace ya 9 años. Aunque ya he hecho con él más de 1.100.000 kilómetros, le tengo dicho a mi concesionario Renault de confianza, Camionsa, que se me avise si les surge una cosechadora con 2 ó 3 años”.
Deben ser la 5 ó 6 de la tarde cuando Yolanda y los pequeños Jesús e Hiniesta entran por la puerta del restaurante, así que la entrevista ya no puede seguir, porque Pedro pierde el oremus ante sus pequeñajos.
Mejor dicho, la entrevista sí que sigue a nuestra manera, pero en este caso dirigimos nuestra mirada hacia Hiniesta, de 7 años, para preguntarle por el oficio de su padre y si va a ser camionera cuando sea mayor. “Mi papá se va muy pronto a trabajar y nos trae dinerito para comprar. ¿Camionera? –se ríe–, depende, pero no creo, porque prefiero ser médica”.
Nuestro anfitrión, que hoy ha hecho una excepción a la prescripción médica que pende sobre él de ir cambiando los torreznos y el pincho de tortilla por las piezas de fruta (y la tarta de fresa, amigo Pedro, no cuenta como fruta), ha pasado y nos ha hecho pasar una jornada de burbujeos camioneros, tan frescos y exultantes como la carga que transporta.
Pero ahora toca familia, y ahí ya no hay Solo Camión que valga. ¡A disfrutarla!



















