Dos días con ellos es un posgrado del transporte. Pocas almas viven este oficio con la intensidad con la que lo hacen Esteban y Lali. Con decir que los foros “Camionero Español” y “Camionera Española” están, respectivamente, reglados por ellos queda todo dicho.
Pero no tengamos prisa. Vamos a saborear su historia como quien lo hace de un amanecer sin urgencias que atender. Mejor aún, vamos a saborearlo con la placidez con la que Esteban degustaba su cafecito cuando hacía
un alto en su camión y paraba, lloviera o tronara, en el restaurante de Villanueva de Gállego (Zaragoza) donde trabajaba Lali. Veinteañero, él; y una cría, como cariñosamente diría Esteban, ella; sus destinos se atraparon. A tan deliciosa edad, ambos sabían ya lo que eran jornadas de trabajo de 12 horas para arriba, ya fuera detrás de una barra o de un volante.
Lali pidió una excedencia en el restaurante porque quería focalizar tiempo y energías en sacarse el carnet de conducir. Lo hizo, con nota, y al poco aceptó la propuesta de Esteban de trabajar en la oficina de su empresa. Aún no eran novios, aunque ahí andaban, como dice el maño, enredando.
Pero no fue una cena o una sesión de cine lo que remató la jugada, sino un porte a Alemania para llevar una lata de pintura (han leído bien). “Eran servicios frecuentes de la Opel, para los que yo me había carrozado un vehículo con cama arriba. Recuerdo haber ido alguna vez con una caja de tornillos y urgencias por el estilo. Fue
nuestro viaje de novios –recuerda Esteban-. En Alemania fuimos a la selva negra y de vuelta tenía dos invitaciones para la Feria Internacional de París, donde nos fotografiamos entre vehículos increíbles”.
Ya cada uno con el corazón del otro, sus vidas han latido desde entonces a la par. Al año y poco tuvieron a su hijo Esteban, y Lali se sacó el título de transportes. El pequeño se crió al principio, literalmente, en el palomar de un Renault Pony. “En un altillo que acondicionamos en el camión se tomaba los biberones –nos dice con dulzura Lali, mirando de reojo al hijo ahí presente, que debe pesar ahora 50 libras más que ella-. Además del de transportista, me saqué luego el título de operador de transportes. En mi casa hacerle las comidas al niño y los papeleos al camión era cada cosa a su hora. También he hecho mucha ruta, pero lo mío ha sido siempre por España. Hacer internacional nunca me ha gustado, si no es con Esteban al lado”.
Echar la vista atrás
Llegados hasta aquí, resulta sugestivo imaginarse qué era de estas dos energías cuando caminaban a paso impar.
Esteban nació hace 55 años en La Zaida (Bajo Aragón). Con 12 años ya cuidaba del ganado bovino, cometido ineludible tras un infarto de su padre. Tras muchos años en la carnicería familiar, se alistó en el Ejército y fue a Vitoria, aunque en los permisos empezó a cogerle el gusto a un Ebro 350 del padre, un tratante que no tenía el carnet, dedicado fundamentalmente al trasporte de leña y alfalfa. A las 86.000 pesetas que ganaba como sargento del Ejército, con plus de peligrosidad por servir en el País Vasco, sus padres envidaron con 120.000 y el ofrecimiento de sacarse el carnet para 7.500 kilos y el de tráiler. Era un envite obligado de ver.
Esteban pidió la excedencia en el Ejército y al poco se sacó el título de transportista, a través de TRADIME, Asociación de Transportes de Aragón. “Yo soy de aquellos de la vieja guardia –afirma Esteban-, que se iban sacando, uno a uno, el carnet de 7.500, tráiler, autobús, camión con remolque… ninguno me salió gratis. En 1983 empecé mi andadura con un Pegaso 4 ejes, de 160 CV y
cambio de bola, haciendo viajes a Andalucía, mientras seguía repartiendo leña por Zaragoza con el Ebrito”.
Cuatro años más tarde, el maño quiso buscar abrigo fuera del refugio familiar, y encontró amparo en un Barreiros 300 con el que transportó áridos unos meses, los justos hasta que un día le pestañeó un anuncio en “El Heraldo de Aragón”: “Vendo Renault JK con trabajo en paquetería y tarjeta de transportes por 25 millones de pesetas”.
No eran poca cosa los 150.000 euros de la época, pero al maño le sobraba entusiasmo y energía, si era necesario, para trabajar de las 4 de la madrugada a las 10 de la noche, y más que le sobraba aún si de vez en cuando iba parando en el restaurante donde trabajaba Lali para tomarse un café o comerse un pincho… ¡Que ya nos entendemos, maño.
Eulalia Palacios nació en Teruel, nueve años después que Esteban. En el seno de una familia agrícola y ganadera, y con las pocas oportunidades de trabajo que ofrecía la que pasa por ser la capital menos poblada
de España, decidió saltar a Zaragoza en su primera juventud. En el restaurante echó más horas que un reloj, pero su jefe le abrió la puerta y poco menos que le hizo una reverencia cuando salió por ella para encontrar en la ruta los fueros a los que ella creía que estaba destinada.
En su camino, obviamente, un Esteban que ya era todo un veterano a los 30, le enseñó justo hasta el punto donde una ya debe soltar mano y tirarse de cabeza al mar del transporte. En los primeros meses de maternidad, Lali y sus dos Estébanes conformaron un trío rutero inseparable, pero ya en edad de ir al cole, nuestra espartana (alias que comparten todos los seguidores del piloto Jorge Lorenzo) combinaba sus labores doméstico-administrativas a última hora del día con la ruta de la mañana, siempre de ámbito nacional. “Admiro –toma Lali la palabra– a las mujeres que hacen solas internacional. Seguramente llevo más de 700.000 kilómetros al volante, pero no estoy tranquila si duermo sola fuera de España”.
Luchar contra molinos
Al igual que Esteban, Lali es una combatiente a ultranza en el campo de batalla de la (i)legalidad en el transporte, donde se dirime la subsistencia misma de nuestra profesión. “Yo pago 13.600 euros de impuestos al
año por mi camión, y orgullosa si es por el bien de todos, pero a mi lado quién sabe si está circulando alguien que ni paga Seguridad Social, ni contribuciones y, si te descuidas, ni el gasoil. Si me pagan 1,05 el kilómetro –la espartana no puede ser más clara–, y detrás de mí viene uno que se ofrece por 0,89, ¿qué crees que me puede pasar? Pues eso, que me quedo sin trabajo”.
Cuando llega la conversación a este punto, la garganta de Esteban Rivera se convierte en un auténtico percutor que detona razones legales e ideales románticos a la par. Como este que os escribe se está quedando sin espacio, voy a transcribir en toda su literalidad alguna de sus frases-bala, que mi grabadora inmortalizó, para deleite periodístico de mis oídos: “El camionero de antes ya no existe, ni se concebía que nos quitáramos el trabajo entre nosotros”.
“Yo llevaba 18 años en una empresa en la que mi mujer se formó como camionera, pero de un viernes a un lunes me dejaron de llamar, porque un tío les vino a echar el porte más barato. En eso nos estamos
convirtiendo”. “Las autoridades no hacen nada por controlar el cabotaje y el transporte ilegal en España”. “El transporte lo gobiernan asociaciones que en ocasiones funcionan como una mafia”. “Hay flotistas a los que se les premia como empresarios del año, y que tienen matrículas de Rumanía trabajando en España”. “Ya solo los trabajadores asalariados están a tiempo de dignificar el transporte en España”. “Hasta cuando mi hijo me ayudaba en el taller lo he tenido asegurado”.
“Antes, un chófer que trabajaba para ti era como un hermano, que hasta venía a la comunión de tus hijos”. “Las grandes flotas son en teoría competencia, pero en la práctica se concilian entre ellas para bajar precios”. “Mi ideología es España y mi religión, la democracia”. “Por suerte se empiezan a ver camioneros que se plantan ante flotistas que ya acuden a las autoescuelas a financiar carnets al 100 %”. “La mayor riqueza de una empresa siempre habría de ser su valor humano”. “Sin las personas, la logística sería una estantería llena y las empresas, chatarra aparcada”.
Las voces de Lali y Esteban son respetadas, y de ello puede dar fe cualquiera que comparta tiempo con ellos. Que la página de Facebook “Camionero Español”, concebida hace poco más de un año por Esteban y un grupo de amigos, supere ya los 18.000 suscritos, apetece ser tomado como señal de esperanza de un sector con mucha tropa dispuesta a defenderlo.
Me dejo, como pocas veces, muchas cosas que contar. Si mis amigos, que lo somos ya, me dan permiso, hasta me animaría a poner algún sustancioso audio en la web de Solo Camión.
Mientras tanto, Lali y Esteban siguen haciendo vía en pareja. Cada cual con su carácter, a cuál de los dos más (cuatro letras lo clavan) “maño”, ambos pasan cientos de horas en la cabina de su Renault.
Operando para la zaragozana Transportes Gustran, su ruta preferida es a Holanda y París, con clientes de subida y bajada. Si van a doble chófer le ganan 6 horas a la semana y 6.000 al corazón. Si a veces suena en cabina alguna palabra algo más alta que otra, como me dicen entre risas, al final no hay más remedio que perdonarse, porque hay que acabar en la misma cama. Vivir de amor es así de sencillo y así de complicado.
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Nuestra pareja tiene amigos allá por donde se muevan de España. Últimamente llevan en su equipaje unos
hermosos adhesivos con la leyenda “Camionero Español”, que es el nombre de una de las páginas de Facebook con más vitalidad del panorama nacional del transporte. Sus adscritos se cuentan ya por casi 20.000, sin contar las miles y miles de solicitudes rechazadas o bloqueadas.
Los que administran la página son escrupulosos en sus principios comunes: acato a la normativa tributaria de nuestro país, respeto y decoro para con las mujeres, sean o no transportistas, insultos 0 y, en definitiva, defensa de los valores del camión en España.[/su_box]



















