Quien más quien menos alguna vez ha jugado, o visto jugar, a eso que cariñosamente llamamos estar de chapuzas en casa. Suele tratarse de una adecuada combinación de nuestras finanzas domésticas, poco dadas a los usuales sobrecostes presupuestarios de la obra pública, con virtudes inherentes a ese perito en ingeniería que todos llevamos dentro. Una fusión correcta de Gaudí con Pepe Gotera y Otilio puede obrar milagros.
Tal inclinación es un regalo para mentes inquietas, alivio para el bolsillo y agasajo para nuestras visitas, pero cuando uno se calza un casco y un chaleco reflectante para visitar unas instalaciones como las de Hormicruz, firma dedicada a fabricar, comercializar y distribuir mortero y hormigón, atisba rápidamente que una obra de envergadura requiere fórmulas que no admiten márgenes para la inventiva.

Pilares, forjados, pavimentos, aceras, puentes, soleras, pistas de rodamiento de un aeropuerto, etc., son construcciones que requieren esta materia prima, pero para cada una de ellas la pauta de elaboración es distinta.
El camión, cómo no, juega también en este sector un papel capital, pues de que llegue este material en punto y hora a una obra pende todo.
Si de un árbitro se dice que ha hecho bien su trabajo cuando nadie habla de él al acabar el partido, con los cimientos pasa algo parecido: si nadie se acuerda de ellos es que un puente, una autovía, un chalet o un parking se han ejecutado perfectamente.

Hemos concertado una visita a las instalaciones de Hormicruz en la madrileña Pinto, con el frío que toca y un blanco ambiental en la escenografía, conformado por cabinas de camión, hormigoneras y tolvas; solo turbado por el reflectar de chalecos andantes.
Unos 25 camiones van y vienen a lo largo de una jornada de trabajo en Pinto. Todos ellos tienen a un autónomo al volante, propietario también de la cisterna, la caja abierta u hormigonera. Uno de ellos es Jesús, conocido entre los aficionados al camión clásico como Jesús Troner, que lleva en esta casa cerca de 8 años. “Tal vez algunos no le encuentren mucho glamour a trabajar en la construcción –nos dice–, pero para mí el glamour está en poder dormir cada día en mi casa y disfrutar de la familia”.

Jesús, por cuyas manos han pasado hasta cinco camiones, tiene el más elevado recuerdo para su primer Pegaso 3060, ese inolvidable cabezón con el que comenzó su andadura profesional. “A mis 50 años he visto caer a algunos compañeros, por cuenta de la crisis, pero también levantarse a otros tantos. Puedes ser Fernando Alonso, pero si a tu coche no le echan gasolina, no anda. Yo conocí a muchos que eran buenos empresarios –apunta el Troner–, pero si no te pagan, no puedes tirar. En esta empresa verás que la gran mayoría tiene su camión propio y trabaja contento. Ahora estamos en invierno y quizá hacemos alguna hora menos, porque la construcción es como el turismo, que prefiere el calor y la luz del sol, pero normalmente uno acaba agotando la disponibilidad del tacógrafo. Kilómetros no se hacen más de 25 o 30.000 al año, pero horas se echan muchas”.
La naturaleza misma del material que se transporta en el camión hace que los tiempos de espera no sean los mismos que enfrentan profesionales del transporte de otros sectores.

Solución rápida
La llegada de mortero u hormigón para una vivienda, nave o carretera requiere casi siempre prioridad.
Al camionero se le trata unas veces bien y otras regular, pero el producto que descargar tiene poco margen de espera y se abre paso enseguida entre calles, carreteras, obras y señales.
La crisis económica que vapuleó este sector con especial ensañamiento parece estar en reposo desde hace un tiempo, pero ahora las precauciones forman parte de la hoja de trabajo de cualquier empresa. También es así para Hormicruz, cuyo director de calidad, prevención y medio ambiente, Felipe Bonilla, me acompaña en este reportaje, tras hacerme firmar un protocolo de seguridad que, lejos de producirme desgana, estimula precisamente mi interés por adentrarme en un recinto presidido por cinco tolvas de árido, cuatro silos de cemento y diversas balsas de agua. “Nuestro hormigón fresco es de una calidad más reconocida para una carretera que la que tiene el asfalto –afirma Bonilla–, que requiere de muchas bases para la compactación del terreno y evitar los blandones en carretera. La A-3, a la salida de Madrid, está pavimentada con hormigón, y se nota”.

La automatización de toda la planta es milimétrica. La denominada sábana de trabajo, dispuesta en la pantalla de un ordenador, preside una sala de máquinas desde donde se coordinan todos los movimientos de la planta, entre ellos, y principalmente, los de los camiones que entran y salen. “Desde aquí –afirma el director técnico– se van secuenciando las cargas y contabilizando los stocks. El cemento se descarga en los márgenes de un circuito estanco. Las cisternas de los camiones que van acudiendo a la boca de carga se llenan por la parte superior, regulando la presión para que no caiga polvo alguno al exterior. Como puedes comprobar –me invita a visionar la pantalla– contamos con un sistema de equipos informatizados que dosifican las operaciones de carga al milímetro, en función de las necesidades constructivas particulares de los lugares donde va a ser aplicado el hormigón y el mortero”.

Finalizada toda la secuencia ordenada de la carga suena una sirena, que indica que el proceso ha finalizado. Arena o gravilla de distintos tamaños, agua, hidrófugos, anticongelante y aditivos de distinta índole han entrado en el camión, cada cual a su tiempo y por su boca de carga. El vehículo ya puede salir. Una obra cualquiera espera su nueva entrega para cimentar el escenario. La función debe continuar.







