Cuando en el año 2001 Jero Ferragut se puso a los mandos de la empresa familiar, le entraron sudores fríos. Primero estaba la responsabilidad de coger las riendas de un negocio por el que su padre y su tío se habían desvivido; luego, el reto de modernizar la actividad –o lo que es lo mismo: cambiar la vieja máquina de escribir, los lápices y los cuadernos de espiral por los ordenadores personales–; y, por último, aprender a contrarreloj las particularidades del mundo del transporte, que desconocía absolutamente.

Pese a que en casa había convivido con el runrún de los motores, nunca sintió una atracción especial por los camiones. Se dedicó al mundo del turismo, y allí promocionó hasta convertirse en la primera directora de hotel de Mallorca, puesto en el que estuvo hasta que, a finales de 2001, su padre le hizo la propuesta. Guiem –en aquel entonces, propietario único de la empresa– quería preparar su jubilación y para ello necesitaba primero alguien capaz de gestionar la empresa. Jero aceptó. Luego llegaron los sudores fríos. Tras casi dos años de “sudor y lágrimas”, como dice la propia Jero, Ferratransgut estaba preparada para entrar de lleno en siglo XXI.
Península y Baleares
Hoy, esta empresa mallorquina especialista en mercancías peligrosas no solo recoge la tradición del transporte de botellas de butano que comenzaron los hermanos Guiem y Miquel Ferragut en los años sesenta del siglo pasado, sino que apuesta por la diversificación, la ampliación de mercados y el servicio tanto insular como peninsular. Con una flota de quince unidades y otros tantos remolques –cisternas, contenedores cisterna y plataformas–, Ferratransgut transporta en la isla productos químicos y suministra carburante a gasolineras, a la vez que viaja desde Denia, Barcelona y Valencia hacia el resto de España para cargar mercancías con rumbo a Baleares.

La flota está compuesta por seis cabezas Volvo –un FM 450 y cinco FH 500–, cinco Iveco Stralis, cuatro DAF –dos CF 460 y dos FT XF 105– y un Mercedes-Benz 1843 LS. Los vehículos más modernos y potentes son los que los chóferes usan para hacer los transportes más exigentes (en la Península), mientras que los vehículos menos potentes se reservan para el trabajo en la isla. Los más desgastados se usan para tareas casi exclusivas puerto a puerto (viajan en el barco, enganchan y desenganchan en los propios puertos, sin hacer kilómetros de carretera).
La ampliación de flota ha sido constante en los últimos años. Uno, por razones de imagen; y dos, por garantizar mayor comodidad a los conductores. “Es cierto que la potencia es importante –explica Jero–, pero también nos ponemos en la piel de los conductores y de sus necesidades”. Y luego, obviamente, está la fiabilidad de la mecánica: “Necesitamos saber que con ese camión vamos a poder hacer un servicio correcto al cliente. Además de eso está el trabajo que te lleva la gestión de una avería de un camión en la Península y el gasto que supone”.

Como en casi todos los lados, la crisis golpeó con dureza. Sin embargo, de aquella mala experiencia salió algo positivo: la concienciación de que para sobrevivir tocaba buscar nuevos mercados. La diversificación funcionó y el volumen de trabajo sigue subiendo paulatinamente. “Con lo de la crisis me dije: o diversificamos y apostamos por la Península o no podemos seguir. Contratamos a Juan Antonio, el jefe de tráfico, y él nos dio el empujón definitivo para decir ‘vamos a por todas’”.
Es difícil encontrar una única clave del éxito, pero la seriedad –apunta Jero– es un sello distintivo de la empresa. Una marca que la nueva generación ha heredado de la época de Guiem y Miquel Ferragut. “Tenemos mucha suerte”, reconoce la gerente. “Supongo que con los años nos hemos ganado esa reputación de empresa seria, fiel y siempre honesta. Si puedo hacerlo, te digo que sí; si no, te digo que no. Pero nunca te dejamos colgado”.

Trabajo de adaptación
En la idiosincrasia de esta empresa familiar se deja entrever el papel fundamental de sus fundadores. Pero también es evidente la impronta que ha dejado la capacidad organizativa de Jero. “Mi vocación era el turismo –explica la gerente–, y lo sigue siendo. Pero en aquella época mi padre quería ir dejándolo y me sabía mal que se perdiera todo por lo que tanto habían luchado. Mi hermano Guillermo trabajaba con mi padre desde joven. Es una máquina en el día a día, pero no puede estar sentado ni un minuto en una oficina haciendo el papeleo”, dice riendo.
Tras dos meses deliberando internamente, Jero decidió dejar el hotel y aceptar el puesto de gerente. Pensó: “Si estoy llevando un hotel con 90 personas, no será más difícil llevar a 12”. Empezaba entonces una carrera contrarreloj para profesionalizarlo todo. Una renovación completa, que empezaba por ella misma.

“Todo me desbordaba –recuerda–, no conocía las matrículas, ni qué llevábamos, ni qué rutas. Por mi carácter tenía que dominar el asunto y estar segura de lo que estaba haciendo. Así que me apunté a todos los cursos, ¡a todos! Es cierto que al principio había gente que no me valoraba por el conocimiento o la experiencia, que directamente descartaban que supiera de esto, que se creían que estaba porque era la niña mona. Poco a poco tuve que demostrar que valía, y me costó lo mío”. Le costó dos años, en concreto. “Cuando ya dominaba el trabajo y pude desarrollarme en la compañía, ya está”.
Tras ese período “muy heavy”, la empresa empezó a tomar un aire renovado.

La fuerza de una familia
Por desgracia, poco después Guiem sufría un severo infarto cerebral. Pese a necesitar asistencia las 24 horas, la familia decidió cuidar de Guiem en casa. Con la transformación de la empresa a medio hacer, tocaba arrimar de nuevo el hombro, de ir todos a una. Los tres hijos –Jero, Guillermo y Juana María– no dudaron en poner cuerpo y alma compaginando entre todos el funcionamiento del negocio y las atenciones a su padre, que compartían con Catalina, la madre. Las oficinas se trasladaron a lo que hasta entonces era el garaje de la vivienda familiar –aún siguen ahí– y la casa de los Ferragut se convirtió en centro neurálgico vital y profesional.

La figura de Guiem Ferragut, que murió hace ahora cinco años, es el emblema de la compañía. Su retrato junto a su hermano Miquel, frente a dos Pegaso, cuelga de la pared, sobre el escritorio de Jero. La empresa ya no es la de aquellos años sesenta, ni la de los ochenta, ni los noventa. Ni rastro. La modernidad se ha abierto paso a fuerza de empeño y dedicación y, sin embargo, aún sigue teniendo ese espíritu familiar.
Si bien el destino no fue amable con el alma mater de la familia en sus últimos años, la adversidad reveló un compromiso férreo de todos los hermanos con el proyecto de su padre, cada uno en su parcela, en un trabajo coral que ha dado sus frutos. Jero no puede evitar emocionarse cuando recuerda aquella época: “La evolución la hicimos los tres hermanos”, señala. Siempre fieles a una manera de trabajar… y a un recuerdo que se mantiene muy presente.










