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El tifón Haiyan asola Filipinas y el transporte se moviliza

El convoy compuesto de quince camiones precedidos por un coche de policía con la sirena trabajando a pleno rendimiento se abre paso entre los escombros de árboles, postes de electricidad y las casas que aún se mantienen Dios sabe por qué motivo. La bandera israelí sobrevuela las rejillas de los vehículos y la lucen los hombres Filipinasde uniforme, armados con rifles de asalto, que sólo aumentan aún más la tensión en la parte norte de la isla de Cebú.

Las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI), habituadas a la gestión de crisis, despliegan su experiencia a 10.000 kilómetros de distancia de su casa. La organización y la eficiencia serán necesarias porque el tifón que azotó Filipinas, rebautizado como Yolanda por los propios afectados, fue uno de los más violentos que jamás haya golpeado la tierra, con vientos superiores a los 300 km /h y olas gigantes que mataron a miles de personas.

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Desde hace diez kilómetros, lo que tenemos ante nosotros es una verdadera visión del Apocalipsis. Los cultivos de coco y plátanos están arrancados del suelo, las casas esparcidas como cajas de cerillas y miles de personas que se reúnen alrededor de un camión para percibir una ración de arroz y un poco de agua. No morir de hambre se convirtió en la mayor prioridad de las víctimas y todos esperan la ayuda que tarda demasiado en llegar.

Falta de medios de transporte

FilipinasFilipinas es un archipiélago de más de 7.000 islas. Los puntos más gravemente afectados son el tráfico portuario y la infraestructura, que ha sido severamente dañada, dos imprescindibles para que la ayuda llegue a todos los rincones. La ayuda internacional, que en pocos días se volcó de forma masiva en Manila y Cebú, en particular, ahora debe ser canalizada en las regiones más afectadas.

Todos los vehículos son aptos y bien recibidos para transportar, y llegar de este modo a las áreas afectadas, cargados hasta los topes con arroz, medicinas, generadores de luz, agua mineral, entre otros elementos. La ayuda internacional, la Cruz Roja de Filipinas, los donantes privados, municipios, todos buscan medios para el transporte, generalmente alquilados en el sector privado.

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Tras el ciclón, la ayuda no siempre puede acceder a las zonas más afectadas, incluso algunas ONG se encuentran atrapadas en el lugar durante varios días buscando camiones con el fin de transportar su carga.

Piratas y políticos

Con su sombrero descolorido y su barba de ocho días, Salvador tiene el aspecto de un pirata de los mares del Sur. Pero en estos tiempos de crisis, con su antiguo camión estadounidense recuperado de la Segunda Guerra Mundial, picado por el óxido y por la burla de los niños, disfruta de una condición social privilegiada. Desde los Filipinasprimeros días de la crisis fue contratado por la municipalidad de la ciudad de Bogo para despejar las carreteras de todo aquello que pudiera entorpecer la circulación.

“Ha sido la máxima prioridad —explicó en un sorprendente buen inglés y con un aspecto físico descuidado—. Sin carreteras no puede llegar la ayuda y las autoridades han requisado el mío y otros camiones de la ciudad para recoger lo que estaba derruido”. Un arduo trabajo pero que con la ayuda de la población local se ha llevado a cabo en un tiempo récord.

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En todas partes a lo largo del camino son visibles las hogueras y el humo: queman todo aquello que no es recuperable. Los postes eléctricos rotos por el viento son empujados al borde de la calzada para despejar las vías de comunicación. Hay que decir que, en su desgracia, Salvador tuvo suerte porque el ciclón escatimó su camión. Estacionado en un campo enorme descubierto, escapó de los árboles caídos que podrían haber aplastado la herramienta que hoy sirve para la reconstrucción.

A unos cientos de metros de distancia, una iglesia fue completamente aspirada por el viento, dejando a la vista, una virgen solitaria. “La tormenta duró dos horas y seis minutos —recuerda Salvador—. Yo dormía en mi camión y cuando el viento fue más fuerte, me asusté y corrí a refugiarme bajo el motor. A mi alrededor vi cómo las casas volaban y los árboles eran arrancados de raíz. Era como una visión del mismísimo infierno”. Como muchos otros voluntarios, Salvador asistió el domingo siguiente de la catástrofe a la iglesia, antes de emborracharse con más consistencia de lo habitual.

FilipinasUna vez que los caminos se despejan, por fin la ayuda humanitaria puede llegar. En primer lugar, en helicóptero u avión, para hacer frente a las necesidades más urgentes, y luego por tierra. Tras el desastre, un flujo constante de camiones viaja hacia el norte desde la isla de Cebú, para llevar de todo a una población que ha quedado indigente.

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Además de en el abastecimiento de productos alimenticios, que son la más alta prioridad, el esfuerzo se centra en la restauración de las comunicaciones y la electricidad. Decenas de camiones “Filipinas telecomunicaciones” llegaron al archipiélago, trabajan para rehabilitar lo que fue destruido por completo, grandes áreas sin una red eléctrica ni teléfono. Es un colosal trabajo pero esencial.

FilipinasLos hombres miran agotados, trabajan incesablemente bajo un calor abrasador para la sustitución uno por uno de los postes de electricidad. El tráfico es una locura, escuadrones de vehículos de alquiler de todo tipo, de organizaciones más o menos dignas de elogio que vieron cómo hacer dinero. Los políticos fueron los primeros en saltar a la oportunidad, pero la población local sabe realmente lo que se esconde detrás.

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Algunos funcionarios ya desvían paquetes de ayuda humanitaria; el cambio de envases para reemplazar por otro que lleva su nombre impreso en gran formato. Salvador escupe en el suelo al citar a los de cuello blanco de Manila. Al igual que otros camioneros, expone en el capó de su vehículo una gran pancarta que proclama el lema “NO POLÍTICA”, demostrando así que rueda para cualquiera.

Ante nosotros, una línea de flamantes 4×4 con las lunas tintadas tira botellines de agua mineral y galletas a toda una población miserable que corre a lo largo de la carretera con sus botellas en la mano. “Son los ricos de Cebú, que vienen a ver cómo se sostienen los pobres”, deja caer Salvador. El espectáculo es muy triste. Toman fotos con su iPad, haciendo la señal de la victoria en las casas de madera arrasadas por el tifón. Pasamos por delante de un almacén cuyo techo voló y la estructura metálica se desplomó sobre toda una flota de camiones estacionados. El propietario de esta empresa de transporte está desesperado. Lo perdió todo en esas dos horas fatídicas, porque, por supuesto, aquí no hay seguro.

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Ataques a camiones

FilipinasGuillermo estaba en Leyte cuando pasó el tifón por las islas. Afortunadamente, su casa se salvó y fue capaz de regresar a la isla de Cebú, que funciona como el engranaje del motor del transporte. No hay forma de perder un día de salario en estos tiempos difíciles. Su camión fue fletado por la Cruz Roja de Filipinas y hace rotaciones al norte de la isla, completamente devastada, con envíos de medicamentos y arroz.

“La situación es peor aquí en Leyte –explica con temor–. Los camiones que transportan ayuda humanitaria fueron atacados por personas que no tienen nada que comer y no dudan en utilizar sus armas en caso de resistencia. Ésta es la ley del más fuerte o el más desesperado. No me volvería a alojar allí sin la protección del Ejército.

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La falta de vehículos hace que la situación sea aún más desesperada y explosiva. Los cuerpos de las víctimas se pudren a lo largo de las carreteras, la solidaridad es inexistente y las autoridades distribuyen alimentos en las aldeas que Filipinasfueron capaces de votar a candidatos adecuados.

Detrás de sus gafas de sol, Guillermo, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, explica exhausto: “La ayuda internacional llega en aviones de carga al aeropuerto de Cebú, pero no hay suficientes camiones para llevar todo al resto de las poblaciones”.

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Así que todo es bueno para asegurar el abastecimiento de las zonas afectadas, por lo que no es de extrañar ver moto-taxis que transportan vacas, cerdos o aves de corral. Bicicletas que apilan sacos de arroz de 50 kg o lo que sea necesario. Éste es el reino del ingenio, donde aquellos que tienen un vehículo saben que tienen en las manos oro puro, ahora y en los meses venideros. Al resto sólo les queda la esperanza de tener un pariente en el extranjero que les envíe algo de dinero; en general, un futuro difícil.

El desastre de Filipinas ha ilustrado, a su manera, la importancia del transporte por carretera en el orden de la vida cotidiana. En este nuevo milenio, donde la actividad es global, la economía todavía depende de los camiones, sin los cuales la vida y la actividad se detienen. Detrás del parabrisas, Guillermo tiene una sonrisa triste y lágrimas en los ojos: “Falta mucho tiempo para reconstruirlo todo”.

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