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El Leyland de Ginés Hernández

Con 9 años, aupado a un cojín, Ginés llevaba el volante del Leyland mientras su padre ponía las marchas. Con 12 ya sabía templar el cambio no sincronizado y cruzarlo con la reductora. Un saber te honra más cuando de él emana la tarea de darlo a conocer.

La vida como restaurador de clásicos es para Ginés Hernández, este empresario murciano del transporte, una sucesión de oportunidades en la que los sueños acaban pasando a la acción y cada semilla se convierte en un fruto rodante restaurado en forma de moto, auto y, sobre todo, camión.

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Pero si hay un planeta conocido especialmente por Ginés, es el de los Leyland. Si en nuestro país se hiciera un censo de este modelo de procedencia británica, a duras penas contaríamos una docena de unidades, de las que posiblemente la mitad habitan en Murcia y tres, para ser más concretos, son propiedad de este inquieto, cordial y expresivo coleccionista.

Hernández Yepes nos recibe en la lonja murciana, donde tiene a cobijo dos de sus tres Leyland. Junto a él me aguarda su buen amigo Mengual, que de joven también llevó uno de estos vehículos provenientes de Inglaterra y que quería ver de primera mano a ese sujeto de Solo Camión que venía a hacerle un reportaje a su colega Ginés.

“Lo que tiene este hombre aquí –se recrea Mengual– es una barbaridad, tanto por la parte de los Beaver, como por la del Hippo. El sonido del motor es redondo y regular, igual totalmente a como yo lo recuerdo”.

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La ciudad británica de Leyland le da nombre a este modelo, ya que allí se fundó la compañía desde la que, poco antes de empezar el siglo xx, se lanzaron todo tipo de vehículos, desde un furgón a vapor para 1,5 t hasta los modelos de camión que hoy os presentamos.

Los primeros Beaver que llegaron a España, recién iniciada la década de los cuarenta, eran de 125 CV y solo disponían de chasis y motor, por lo que habían de pasar a manos de carroceros de aquí para completar su acabado.

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Otras unidades equipaban motor de 154 CV, y a algunas que venían con 2 ejes se les añadía una cervi como tercer eje, para poder cargar así 16 t. Con los años empezó a llegar a nuestro país el Hippo de doble carro. “Este venía ya terminado, con sus 8 ruedas y solo a falta de la caja –nos aclara Ginés–. A simple vista se diferencia del Beaver en que el eje trasero es doble”.

Lo que Ginés quiere hacer con su Hippo es reproducir con exactitud el primer Leyland que su padre, Pedro Hernández, llevó a casa, cuya foto es una de las que ilustra nuestro reportaje. “Cambiaré la caja, lo pintaré como en la foto y tendrá hasta su misma matrícula”.

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El Beaver de 125 CV del año 1940 es el que para Ginés emite el sonido más armónico cuando el motor está en marcha, pero su restauración aún no tiene fecha. “Arranca como un titán, pero de carrocería tiene mucho gasto, y primero está el Hippo. Además –continúa el murciano–, acabo de comprar unos coches Mercedes de los setenta y ochenta, y tengo en la cabeza hacerme con un Barreiros 42/20 del 68, conocido como yeyé.

Algún día tendré los tres Leyland matriculados y perfectos para hacer kilómetros. Voy sin prisa, pero sin pausa, y ahora me siento más relajado y feliz, porque he reducido el parque de mi empresa de transporte a quince camiones, así que puedo combinar mis labores de gestión con una mayor dedicación a los clásicos”.

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Dentro de los más ilusionantes proyectos de Ginés está el de acomodar en un museo particular las centenares de antigüedades camioneras de mucho quilate histórico-emocional que atesora: pilotos, faros, espejos, relojes, volantes, emblemas y adornos legítimos de cada marca.

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Mi puerta está abierta para todo el que quiera. Eso sí –avisa con una de sus grandes sonrisas–, para entender al Leyland hay que venir fino, tranquilo y, a ser posible, de buen humor, porque de lo contrario no le metes ni una marcha”.

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