El Ebro C-150 de Nacho Gómez

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En un matutino paseo por Teruel, Nacho es solicitado hasta cuatro veces por personas que indagan o sugieren sobre curiosidades concernientes a este Ebro C-150 casi sexagenario. Muchos y puros son los recuerdos que van alumbrándose a su paso.

Esta delicia rodante, que a mediados de los años sesenta Motor-Ibérica sacaba a la luz como un vehículo de transporte revestido de modernidad, es hoy la varita mágica con la que nuestro terolense de 46 años retoña memorias alusivas a otros tiempos.

En su perfil, heredero del modelo británico Thames Trader, tan apreciado en círculos cercanos a la restauración de camiones, destaca sobre todo su cabina adelantada. Entre sus primeros conductores se hacía notar su respaldo reclinable y un asiento regulable poco común en aquellos primeros años del transporte de corte urbano e interurbano.

Hoy Nacho también valora esas comodidades, aunque sus trayectos con el Ebro no acostumbran a pasar de unas cuantas decenas de kilómetros, para su asistencia a concentraciones de clásicos en lugares como Utiel, Torrebaja o Alcañiz.

“Cada seis meses paso perfectamente la ITV –afirma Nacho–, así que de momento ni me planteo matricularlo como histórico, porque me gusta poderle cargar libremente algunas cosas cuando me apetece. Soy miembro del Club Autoclásicos Mudéjar, que cuenta con casi un centenar de socios y participamos en concentraciones, rutas lúdicas y comidas de hermandad. En esas jornadas os aseguro que mi camión suele ir bien cargado de intendencia”.

Un Fiat 128 y un Seat 600 fueron los primeros modelos con los que nuestro joven terolense fue curtiendo su vocación restauradora. No obstante, sin habérselo propuesto expresamente, una persona le planteó hace algo más de diez años una oportunidad difícilmente rechazable para un amante de los vehículos históricos: rescatar, a coste cero, un Ebro C-150 que desde hacía mucho tiempo languidecía en una era de la localidad de Rubiales, en la comarca de Albarracín, muy cercana a Teruel.

El camión estaba reventado –nos explica–, pues había sido utilizado para el transporte de butano por la zona de Valencia durante mucho tiempo. De hecho, llevaba en su momento dos jaulas de altura y casi medio metro de añadido en su largura, con el fin de cargar así más bombonas”.

El motor no arrancaba y buena parte de la chapa estaba descompuesta, pero lo que un simple mortal vería como mera chatarra, para Nacho se tornó un regalo que aceptó con todo el gusto del mundo.

Un modelo como este es un valor cada vez más buscado y apreciado, y así lo intuyó nuestro protagonista. “Sabía que tenía un enorme trabajo por delante, pero me lo tomé con toda la serenidad del mundo. Lo pelé y desmonté entero: motor, cabina, cambio, zapatas, bombines, ruedas, etc.

Amigos de muy competente profesionalidad como Alberto (chapa y pintura), José Antonio (caja) o los hermanos Garzarán (electrónica) pusieron su pericia al servicio de este Ebro. No obstante, soy una persona a la que le encanta ir inventando sobre la marcha, con paciencia y sin cortapisas. Tardé unos cuatro años en ponerlo a punto –reconoce–, pero quería que no le faltara detalle”.

Cuando Nacho Gómez recibió este Ebro, pasó mucho tiempo hasta que la restauración estuvo lista, pero nunca olvidó la ofrenda que en tal ocasión le brindó un tal Amador, así que se propuso un día cualquiera darle una sorpresa.

ebro c-150

“Cuando me llevé el camión de la era en una pluma estaba completamente pintado de amarillo, hasta tal punto que ni se veía que era un Ebro. Restaurado tal y como ahora lo veis –se conmueve Nacho al contarlo–, me planté en la puerta de casa de Amador, que vende leña de encina, para decirle que cuántos kilos de leña podía cargar en el camión.

‘Te cabe mucha’, me aseguró, sin reconocerme ni reparar en el Ebro que tenía delante. ‘¿Pero es que no me conoces, Amador?’ , le dije yo. Sus ojos se iluminaron y la emoción nos venció a ambos”.

El camión agotado que Amador había regalado en su día hoy le era retornado con la forma de un vigoroso recuerdo.

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