Transcurría apacible su trayectoria laboral en la cocina de un hospital, cuando un hecho puntual le hizo dar un giro de timón. Acudió sola a recoger los resultados del análisis de una enfermedad de su marido, que no pintaba nada bien; y a la vuelta, antes de llegar a casa, se paró en la autoescuela Granollers, con el objetivo de sacarse el carnet de camión. A José Luis, su marido, no le hizo falta conocer muchos más detalles. Sabía que si él quedaba no apto para conducir su Volvo FH460, estaba Carmen, su esposa, para tomar el relevo como camionera.
Por fortuna, la afección de José Luis pudo ser aplacada, pero ya se había prendido la mecha que en Carmen detonó una inquietud, ya sin vuelta atrás, por convertirse en camionera. Sus primeros pasos los dio de la mano de su sobrino Jorge, que era autónomo y llevaba contenedores de un puerto, el de Barcelona, en el que nuestra protagonista ya nunca ha dejado de trabajar.
Jorge se lesionó gravemente una mano, pero acompañaba a su tía para orientarla en sus primeras rutas. Ya recuperado el sobrino, Carmen aceptó la oferta de su hermano mayor para llevar uno de sus camiones.
Camión propio
En 2005 entró por la puerta grande del puerto, pero tres años después la estruendosa y persistente crisis económica obligó a su hermano a prescindir de su querida chófer, ante lo que esta no dudó en hacerse con su propio mascarón de proa, con el cual surcar sus particulares aguas ruteras.
Vencidas las primeras reservas de José Luis, que tan de primera mano conocía la poco más que testimonial presencia del género femenino en los dominios portuarios, Carmen, que ya tenía el título de transportista, compró un Renault Magnum 480, y ambos formaron su empresa de transportes.
Nada más entrar en el puerto se inscribió en AMETRACE (Asociación Mediterránea de Transportistas de contenedores e Intermodal), donde es la única mujer entre más de 300 asociados.
“No me ha hecho falta esta asociación para encontrar trabajo, ni por suerte los he necesitado por cuestiones de impagos, moving u otras adversidades –afirma Carmen–, pero están ahí para todo lo que necesites en cuanto a información y asesoramiento, algo muy útil, por ejemplo, en los recientes conflictos del sector de la estiba, lo que te hace ahorrar mucho tiempo”.
Desde hace mucho tiempo su rutina laboral guarda pocos secretos. Entre ellos, uno que no falla para tirar adelante con tu empresa: echarle de 12 a 15 horas. Una jornada tipo empieza para Carmen antes de las 6 de la mañana. De su casa en Canovelles se desplaza a las inmediaciones del puerto y cambia el volante de su coche por el del Mercedes Actros 480, que compró hace cuatro meses.
“Aunque yo no soy de marcas concretas, he de reconocer que da gusto andar con él, porque tiene una suspensión que mi espalda agradece muchísimo. Además –prosigue Carmen– es Euro 6, por lo que espero tener camión para muchos años”.
Carmen ya estaba acostumbrada a llevar las cuentas de la empresa familiar, incluso cuando trabajaba en el hospital, así que una vez dentro de ella como autónoma, solo hubo que seguir tirando del carro.
A pesar de que son contadas las profesionales del transporte que operan en el puerto de Barcelona, nuestra camionera encontró un sano compañerismo desde el primer momento, sazonado en ocasiones con algunas dosis de protección. “Cuando íbamos tres camiones de la misma empresa, a mí siempre me dejaban en medio, al igual que cuando parábamos a dormir en una estación de servicio.
Hace 30 años –continúa Carmen– a una mujer aquí se la hubiera considerado una machorra, pero la percepción de este oficio ha cambiado, sobre todo entre la gente más joven, porque cualquiera sabe que puedes hacer exactamente lo mismo”. Actualmente, Carmen hace ruta en solitario y con los compañeros apenas se comunica por WhatsApp, pero el trato con ellos sigue siendo magnífico. A casa llega entre las 7 y 9 de la noche, rendida de tantas horas de trabajo, pero sus hijos, de 32 y 24 años, por suerte se valen ya por sí mismos.
No suele hacer ruta larga, pero si la ocasión lo requiere, siempre exige que sea con la seguridad de que los horarios y el disco le den para hacer noche en estaciones de servicio como La Pepa, Alfajarín, Casablanca, Haro, Tudela o Altuve.
Carmen se ve de camionera hasta el final de su trayectoria laboral, aunque entiende que en un oficio tan duro como este, a partir de los 60, la jubilación tendría que ser voluntaria.
A sus 54 años no cree que ya vaya a vivir grandes cambios en la profesión, aunque le parece irremisible el hecho de que las grandes empresas vayan poco a poco comiendo terreno al autónomo.
“Se controlan entre ellas y revientan precios, lo que a la larga será malo también para ellas. Yo ya vengo observando –concluye– que las grandes ya no buscan tanto el doble chófer de países extranjeros, sino matrimonios.
A algunos les ha desaparecido el camión entero por ponerlo en manos de quienes parecían ser fáciles de exprimir económicamente. A las empresas que abusan se les tendría que ir cada día uno, y así aprenderían a valorar la labor de un chófer. A un buen trabajador hay que tenerle siempre contento”.
Sus sólidas palabras se fundamentan, a buen seguro, en un carácter fraguado desde la infancia, una infancia vivida, junto a cuatro hermanos varones, en la granadina Caniles. Hasta los 10 años vivió en el cortijo que sus padres tenían alquilado a un señorito andaluz, hasta que no hubo más remedio que emigrar con toda la familia a esa lejana Barcelona que prometía un mejor futuro para los hijos.
“Parte de mi familia paterna –hace memoria para nosotros– vivía en unas cuevas preciosas. Acostumbrada a respirar siempre en la calle, cuando nos mudamos a un piso en Canovelles recuerdo decirle a mi padre que eso sí que era una cueva oscura”.
Pasaron los años y la niña fue creciendo en una Barcelona que se fue haciendo más amable. Su hermano mayor se compró un camión y… en fin, del resto de la historia de esta camionera ya hemos dado cuenta.




