Burkina Faso es un pequeño país limítrofe con Mali, Níger, Costa de Marfil, Ghana, Togo y Benín, depende en buena medida de la ayuda internacional para su subsistencia, desde su independencia como colonia francesa en 1960.
A pesar de su precaria situación y como símbolo del cambio, la República del Alto Volta pasó a llamarse Burkina Faso, que en las dos lenguas autóctonas se traduce como ‘La patria de los hombres íntegros’.
Así la nombró el presidente del momento, pero que se ha convertido en una quimera que hoy todavía persigue la población.
La bala ha cruzado el parabrisas y ha ido a incrustarse en la puerta, justo detrás de la cabeza de Ousmane.

Éste ha salvado su vida gracias a un acto reflejo en el que se ha agachado hacia el volante en el momento del impacto.
“Si no hubiera mirado a través del retrovisor y hubiera visto la moto que se acercaba a gran velocidad, en estos momentos estaría muerto”, comenta serenamente. Los bandidos de la carretera que vigilan todas las noches las principales rutas de Burkina Faso utilizan distintas técnicas de asalto, pero la de la moto de gran cilindrada parece la más empleada y efectiva en los últimos tiempos.
“Cuando te encuentras cara a cara con uno de estos bandidos, te das cuenta de tu precaria existencia”, cuenta Ousmane, “un paso en falso o un mal gesto y el mercenario acaba contigo en un abrir y cerrar de ojos”.
Ellos son los desprovistos e indefensos, quienes pagan las consecuencias. Los que pueden, pagan un vigilante o una escolta.
El fuerte vandalismo que hay en las carreteras de Burkina Faso no es un problema reciente, pero los últimos acontecimientos sucedidos en el país colindante Costa de Marfil han agravado el problema.
Desde hace tiempo, las carreteras son verdaderas trampas para todos los camiones y autobuses que circulan por ellas.
Las autoridades son conscientes del problema; hasta tal punto, que el primer ministro ha desbloqueado una remesa excepcional de dos millones de francos para luchar contra este fenómeno.
Pero el esfuerzo gubernamental ha avivado aún más la malicia y un buen número de policías, ahora trabajan para los propios ladrones.
El pasado mes de diciembre, cuatro cadáveres acribillados fueron encontrados entre los escombros.
Las fuerzas del orden desmantelaron una red de bandidos y los abatidos resultaron ser un camionero acompañado de varios obreros de la construcción. Atropello policial o ajuste de cuentas, algo que probablemente jamás sabremos.
Atracados por ambos bandos
Esta guerra desatada en las carreteras del país ocasiona varios centenares de víctimas por año en el transporte por carretera. Policías o bribones, Ousmane los conoce bien.
Él es atracado con regularidad por ambos bandos. Es duro ser un chófer en las carreteras de Burkina. El Benz de Ousmane está cargado hasta las trancas, de paja, ganado y pasaje.

Estamos en el período que precede a la matanza, y todo aquel que posee corderos en el país se dirige a los países vecinos como Togo, Benín y Costa de Marfil para vender su mercancía.
Los pasajeros se acoplan y amontonan como pueden entre las balas de paja y los animales.
Esto es lo que se llama por aquí “transporte combinado”, prohibido por la ley, pero que en la práctica es lo más habitual. “Quieren viajar con su ganado para asegurar la seguridad de sus mercancías, pero además porque no quieren pagar un billete de autobús que les costará mucho más caro.
Los camiones que rechazan llevar este tipo de pasaje no encuentran mercancía que transportar. Así que sólo queda negociar con la policía”, explica Ousmane. Éstos son esencialmente duros con esta sobrecarga sistemática pero también con el estado lamentable en que se encuentran los vehículos y la fatiga de los conductores.
Los atropellos y accidentes ocasionados por conductores profesionales son elevados, y cada accidente genera un montón de víctimas.
Inscripciones del estilo “Dios es grande” o “La carretera pertenece a Alá” se pueden apreciar sobre la carrocería de buena parte de los vehículos a los que se encomiendan los conductores cada vez que se echan a circular.
En el caso de un lío grave, los conductores salen corriendo piernas para qué os quiero con el fin de que las víctimas o pasajeros sobrevivientes no les alcancen. A menudo, los camiones de diez toneladas, como los llaman por aquí, es el único medio de transporte para muchos habitantes de regiones aisladas del país.
Con accesos verdaderamente malos, los autocares prefieren el asfalto, donde la rentabilidad es mucho más alta.
A pesar de los numerosos esfuerzos realizados en el pasado, la calidad de las infraestructuras viarias burkinesas deja bastante que desear. En los 12.000 kilómetros de red con la que cuenta el país entre carreteras y pistas, solamente un poco más del 20 % están asfaltadas.

Por todas partes aparecen carteles recordando a los transportistas que eviten la sobrecarga de los vehículos que circulan por las carreteras.
Pero poco puede hacerse, sobre todo en lo que concierne al transporte internacional, pues éstos parecen verdaderas catedrales.
Se les ve circular entre vehículos con animales de tiro, dirigiéndose hacia el sur del país, hacia el mar, y probablemente la mayoría sufran averías, las cuales los retendrán inmovilizados durante semanas enteras.
Estos gigantes bloqueados, que pueden verse en los márgenes de las carreteras de Burkina, forman parte del paisaje cotidiano del país. El ayudante, reventado por el calor, duerme en el mismo suelo a la sombra del camión que comparte con cabras o gallinas.
Los vehículos que acaban de finalizar sus días bajo el sol africano son utilizados hasta la ruina. Una culata de un motor, un árbol de levas, un cárter: pueden emocionar a un chófer profesional de la talla de Ousmane.
A grandes golpes de martillo y con gran destreza con el destornillador, él desmonta, refuerza, cambia o coloca las piezas de otros vehículos para prolongar la vida de su Mercedes-Benz.
Es un trabajo que siempre se efectúa con cierta urgencia, puesto que, la prevención o las revisiones no se practican por aquí. Se repara cuando algo se rompe y no permite proseguir con la ruta y el transporte.
Burkina Faso carece de acceso directo al mar. El puerto de Abidjan en Costa de Marfil ha sido siempre el propulsor natural de la economía del país. Pero con la crisis en la que el país vecino se ve envuelto, el estado de salud de la economía burkinesa y la buena marcha del transporte también se ven afectados.
“No hay prácticamente transporte en Abidjan”, nos confirma Ousmane. “Es muy peligroso.
Los pocos camiones que se aventuran a ir lo hacen en convoys y bajo la protección del Ejército”. Ahora, las mercancías transitan por Lomé o Cotonou, donde las infraestructuras portuarias son más pequeñas, y los impuestos y los problemas para cruzar son inferiores.
En un pequeño bar de carretera, cerca de la frontera de Togo, donde nos sirven un delicioso pollo rustido y una cerveza helada, observamos a Ousmane. Acaba de realizar un buen negocio y habla por los codos con su ayudante de la bomba que quieren reparar una vez que regresen a Ouagadougou.
Han olvidado por completo el ataque de los bandidos que sufrieron apenas unos días antes y que casi les cuesta la vida. Ousmane no es propietario del camión. Se le paga por cada viaje y cobra cada fin de mes los extras habituales: el transporte de pasajeros no declarados, la sobrecarga, etc.
Se considera mal pagado, pero libre del control. Una vez en la carretera, él es su propio patrón. Es un sistema que parece funcionar bien, y Ousmane se cree afortunado.



















