Cada concentración, bien lo saben ustedes, tiene su puntillo. Si tuviéramos que quedarnos con uno de la marimorena que se lía en Atarfe, una localidad de la vega granadina que en tiempos de la Reconquista fue testigo de las enconadas luchas entre las huestes musulmanas y cristianas, sería con sus aires de libertad, algo que comulga con la personalidad expansiva, graciosa y descarada, en el buen sentido del término, de la gente de esta tierra de altibajos tremendos, una tierra que, por cierto, vio nacer muy cerquita de aquí al eterno Lorca.
A su manera, los paisanos del genial poeta que se encargan de esta concentración también hacen todo lo posible para que los de su gremio se vean libres de ataduras durante un fin de semana, lo que equivale a decir que éstos puedan hablar con otros compañeros sin tener que mirar el reloj; que puedan exhibir, sin miedo al qué dirán, los apaños que han hecho, o que, simplemente, puedan tocar el claxon juntos en plena noche y en medio del calor vecinal.
“Una fiesta de camiones en la que no puedas hacer algo de ruido no es una fiesta. Aquí es diversión y que la gente se sienta como en una reunión familiar”, sostiene Raúl Serrano, un transportista joven de edad, que no de experiencia -lleva en esto desde los catorce años, cuando empezó con su padre-, que forma, junto a Javier Prieto, el tándem responsable de todo lo que se cuece. “Lo que intentamos”, apunta el segundo, “es que sean dos días de aparcar el camión y olvidarte un poco del viaje del lunes, que ya llegará”.
Para ilustrar este campar a tus anchas de Atarfe, podemos utilizar el ejemplo de la procesión de vehículos. La romería se programa aquí en horario de noche -regresaron al ferial casi a las once- y, aunque den las tantas y haya familias acostadas, los conductores no suelen escatimar en pitidos, melodías, fogonazos de luz, requiebros y otras chulerías al volante. Además, cuentan con la complicidad de unos vecinos que, desde los balcones, las aceras o las sillas de plástico de las terracitas, celebran la llegada de los participantes. Valga el testimonio de un hombre del norte como es Manuel Colmentino, al que le pidieron, en más de una ocasión, que tocara fuerte el claxon. “No es lo mismo estar con el camión trabajando, que te ven como un estorbo, que el estar aquí y sentirte protagonista. Te hacen sentir importante”.
Desde que Raúl y Javier pusieron en marcha el evento hace ahora un lustro, fruto de una charla entre amiguetes en la que varios dijeron “pá alante”, la criatura no ha parado de crecer y ya está a la altura de otras del estilo, como Torre Pacheco o Montehermoso. Sirva este dato: sólo este año han logrado convocar a unos ochenta camiones de toda España.
En lo que se refiere a vehículos de buen ver, y aunque americanos, la verdad sea dicha, no arribaron muchos -entre ellos, un Kenworth y un Volvo-, el expediente quedó más que cubierto gracias a la aportación de algunas bellezas. El primer camión que nos hipnotizó fue un Pegaso 200 que no dejaba de escupir humo ante el regocijo de un público que permanecía ajeno al baño en CO2. “No era humo”, bromeaba Evaristo, “sino billetes de 50; estaban todos esperando a que saliera el dinero”. Gracias al margen, el Pegaso levantó expectación porque, aparte de bonito, conservaba toda la esencia de los vehículos de hace cuarenta años. En especial, el famoso cambio de bola. “Antiguamente era lo que había y todo el mundo se acostumbraba a esto. Es muy diferente a lo de ahora, porque había que cambiarlo de oído y aprovechar mucho las marchas”.
Pero, más que el propio funcionamiento del camión, lo que impresionaba era escuchar la historia que había llevado a los Rando a rescatarlo de una fábrica de hierro. “El motivo es que nuestro padre tenía un camión de éstos, en él nos enseñó a mí y a mi hermano, y un día decidimos ir a buscarlo con una góndola hasta Oviedo. Cuando lo trajimos, todos se ponían las manos en la cabeza, pero recuperarlo ha sido lo más. Ha sido como traer un crío”. Un “abuelito” rejuvenecido al que no le falta de nada -le han puesto intermitencias, tacógrafo y hasta emisora- y que, según Evaristo, saldrá de vez en cuando a dar un paseíto.
De un rojo intenso como la sangre, el otro clásico admirado unánimemente fue un Leyland Comet recuperado por obra y gracia de los responsables de Frutas Montosa, una empresa de la Costa del Sol que se dedica a la producción y exportación de frutas tropicales. “Aunque no tenemos coches de ruta, nos gustan mucho los camiones”, matizó Antonio, su jefe de tráfico, que tampoco se olvidó de mencionar a Matías Martín, uno de los bomberos más renombrados de Granada, como uno de los principales artífices para que dicho vehículo haya seguido con vida y con la inyección subsanada.
Matías, que andaba por ahí con una vitalidad a sus 80 primaveras que ya la quisiéramos para nosotros, nos contó qué tenían de especial aquellos Leyland: “Era el camión más rico de Inglaterra. Después de la guerra, empezaron a venir camiones como éstos porque la red era muy anticuada. En Málaga había cuatro que subían dos días a Madrid con cajas de pescado y que no llevaban ni siquiera toldo; el mundo ha cambiado que no veas…”, recordaba entre risas. Ahora, delante de la obra terminada, Matías pone un solo pero. “Lo único que veo es que quizás le han puesto cromados de más. Una mujer bonita, si se pinta mucho, ya no lo es tanto”, metaforizaba.
Además de los camiones aludidos, la cita contó con otros vehículos reseñables, como los dos Pegaso también -y tan bien- restaurados por Monteso, los cinco Scania azules de la empresa OTG, el Scania R730 de Fermín Serrano, al que le llovían los “tiene usted un coche de lujo” por complementos como un cerramiento automático para evitar el robo de combustible, o el Mercedes Actros V8 de Emilio Prieto, que había llegado con un porte de retorno asegurado.
En cualquier caso, Atarfe demostró ser mucho más que una pasarela de vehículos. El ambiente, como nos desveló Javier Prieto, es lo que hace especial un encuentro en el que los que más brillan son los propios transportistas, con independencia de sus procedencias y el pedigrí de sus camiones. Gente sencilla y sin ningún tipo de complejos como los Romero, padre e hijo, ilusionados con su Volvo FH16 poco ornamentado, como los Tejedor, con dos MAN que lucían, sin grandes alardes, los nombres de los miembros de la familia, o como los peñistas –Manuel, Jesús, José Antonio y compañía-, que se lo pasaron bomba con sus camiones normales. Lo que decían sus camisetas de estos últimos resume el espíritu de una concentración en la que se cuida más el interior que comparten.
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