Cuando conducía de vuelta a casa, trataba de ordenar mentalmente las notas que había garabateado en un manoseado cuaderno de bolsillo. Entonces me asaltó la primera de las dudas: a ciencia cierta no sabía con quién había compartido la jornada de trabajo.
Si les digo que fue con Ramón Fernández, puede que alguien me diga que el de las fotos es Pepe Pótamo, por todo el gremio conocido. Pero tanto Ramón como Pepe no son en cualquier circunstancia como el extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde. Tanto Ramón como Pepe desprenden bonhomía y honradez por todos sus poros.

Tanto es así que, por una serie de contratiempos, este reportaje estuvo en el alero hasta unas horas antes de nuestro encuentro. Pero fíjense cómo es Ramón que, para no dejarnos colgados en el intento, ya había contactado con Jordi Sagal «d’Osona» (otro ilustre del gremio, a quien desde estas líneas queremos agradecerle su interés y diligencia por ello) para que nos admitiese en su cabina y la jornada la pasásemos con él.
A estos especialistas no se les pegan las sábanas. Mi anfitrión me cita a las 4.30 h de la madrugada. Luego, cuando me envía ubicación del lugar de encuentro por WhatsApp, veo que me ha dado un cuarto de hora más de prórroga.

Al dar las dos de la mañana
Lo mismo da porque antes de que den las 2.15 horas, ya estoy en la ducha y saliendo de casa como los lobos, de madrugada. Creo que no me levantaba a esas horas desde que hacía guardia en la «garita de los locos», en Cartagena. Cuando llego a la cita, veo que su Volvo está en el parking con las luces de posición y lo distingo frente a la barra con un humeante café, al que me apunto con uno con leche… y al camión.
Me habla de un pueblo del Bajo Ampurdán al que vamos a buscar un porte. Ultramort, una localidad de la que no he oído hablar en mi vida. En una granja local vamos a cargar 170 gorrinos que, a la postre, marcarán en báscula un total de 34.000 kg. Apoltronado de «copi» en el FH, Ramón me dice que tiene «la gran suerte de hacer el trabajo que más le gusta. Es duro, porque es muy duro, te lo tienes que hacer todo tú: cargar, descargar, lavar la jaula después de cada viaje, pero disfruto en este trabajo».

Uno de los secretos que me revela de su oficio es que hay que saber tratar a los animales: «Por eso me considero un privilegiado. Estuve mucho tiempo haciendo otros trabajos y en una de las empresas, vinculada a la industria cárnica, me garantizaron que si obtenía el carnet de camión, tenía ocupación segura en el transporte de animales».
Me asegura que no lo cambiaría por ninguna otra labor al volante: «No sería capaz de hacer internacional. Llega un viernes y estás atrapado en cualquier área de autopistas a cientos de kilómetros de casa. Es diferente… no sé si podría acostumbrarme». El que desempeña no es un trabajo fácil. Ramón debe cargarse los tres pisos del camión, cuando va completo. Descargar los animales y luego de transmitir todo el papeleo de pesaje, albaranes… a través del móvil, le queda otra media hora para lavarse él mismo y desinfectar la jaula sobre ruedas.: «Está penado salir a la carretera sin lavar. Lo verás luego, son media hora o cuarenta minutos»…

Mi cicerone es paciente, reflexivo y pausado, pormenorizándome los detalles de su profesión. Como si no quisiese dejarse nada en el tintero. Me lo imagino ejerciendo como un excelente profe de filosofía. Circulando por unas pequeñas comarcales y rotondeando llegamos al lugar de carga cuando todavía es noche cerrada. En el cruce nos espera una luciérnaga humana. El granjero se halla en un punto determinado con un frontal luminoso que nos hace señales.
Para encajonar el FH y la jaula pequeña que arrastra hoy, de 10,50 metros, Pepe Pótamo tiene un dificultoso examen de conducir tráiler. Sin embargo, lo resuelve con una pericia aplastante, creo que ignorando al alimón las indicaciones que le hacen los dos granjeros, uno por cada lado. El suelo es tierra con gravilla suelta. El lugar de carga se halla en una pronunciada curva con un considerable desnivel. Cuando acaba el maniobrón, le espeto un «collons, nano» que no creo que haga falta traducir.

Preñado de modestia, Ramón me dice únicamente: «Esto lloviendo es imposible. No es la primera vez que tienen que venir a arrastrarme con el tractor«. Ocurre con la mayoría de las granjas porque siempre suelen hallarse al final del algún sinuoso entramado de caminos agrícolas, alejadas de los núcleos habitados por razones obvias del perfume.
Lo pierdo de vista unos instantes porque me dedico a tomar imágenes nocturnas, después de percatarme de que dejé olvidado el trípode. Cuando lo veo tras el camión, viene embozado en un mono de trabajo, calza botas altas de caucho y va tocado con un sombrero de lluvia. Se ha colgado al pecho el inalámbrico para gestionar la plataforma y ya está listo para saltar al ruedo.

Con el traje de luces
Ramón se sube a la plataforma y mientras va vaciando un saco de serrín sobre el suelo, me explica: «Lo primero que hago es cubrir todo el semi. Si no, los animales resbalan, además de que se asustan mucho cuando sus pezuñas resuenan en metálico. El puerco tiene que ir lo más cómodo y relajado posible», dice sin mirarme y prestándole atención únicamente a su trabajo. «Pepito, tú a tu bola, por mí no te preocupes que ya me espabilo», le digo. Veo que lo agradece porque así no debe prestarme atención y se concentra en su labor.
Me agazapo en el interior de la caja y el primer gorrino se lleva un susto de muerte cuando sube y me encuentra acuclillado. Más se espanta cuando recibe un disparo del flash en todo el hocico, a medio metro del morro. El bicho no sabe qué hacer: si tirar atrás o renunciar, pero ya el resto de los primeros seis lo empujan a su rincón. Pepe los va haciendo subir en grupos de seis u ocho utilizando únicamente un trozo de manguera que emplea a modo de capote, dentro de una bolsa de plástico con la que va haciendo ruido sin cesar. Así hasta 170 puercos en los tres pisos. «Al animal tienes que tratarlo con delicadeza, con el ruido de la bolsa no necesitas ningún tipo de utensilio».

Bromeo con él y el estilo con que mueve el capote de plástico: «Chaval, el José Tomás a tu lado no pasa de novillero». Uno tras otro va llenando los huecos. Cuando llega al ático, me mira con complicidad, sonríe y me dice: «Ahora nos vamos a almorzar». Le guiño y le contesto: «Nos lo hemos ganado».



















