A primera hora de la mañana, el viento cargado de miles de partículas de polvo blanco nos da los buenos días. “Bienvenidos a las canteras de Macael”, nos dice Ana Soledad Cruz, ingeniera de minas y una de las directoras facultativas de toda la explotación.
Zamarra gruesa, botas de montaña y un casco calado. Ana va a ser nuestro cicerone particular en este entramado laberíntico de caminos de tierra en pendiente y acantilados de decenas de metros.
Desde lo alto de uno de los cerros echamos un vistazo abajo: tres dumpers gigantes transitan lentamente entre enormes cubos de piedra; una máquina pica trozos subida en una montaña de escombros; y un camión plataforma espera que la pala maniobre para depositar un imponente bloque de mármol.





La actividad nal sector marmolero -obviamente-, pero la circulación de camiones es diaria. Aunque o es frenética, pero es incesante. “El año pasado se extrajeron cerca de 700.000 toneladas de mármol”, nos explica Ana Soledad. “Pero en 2008 la cantidad era el doble”.
El ciclón de la crisis también ha pasado por la sierra de los Filabres. El parón en la construcción ha sacudido haya bajado, hay demanda.
En las 780 hectáreas de terreno que tiene la explotación trabajan una treintena de empresas, que se encargan de estudiar el terreno, hacer las voladuras pertinentes, dar forma a los bloques y finalmente transportar el mármol en camiones hasta los elaboradores, quienes convierten el mineral en finas planchas de mármol, listas para la venta.
“En Macael existen alrededor de 200 empresas elaboradoras”, apunta nuestra acompañante. De los cerca de 25.000 habitantes que tiene la comarca -unos 6.000 la ciudad de Macael-, la gran mayoría trabaja, de una u otra forma, en oficios relacionados con el mármol.





Tradición milenaria
Y es que aquí, la prosperidad va íntimamente ligada al vientre de la tierra y su tesoro blanco. Estas montañas se alzaron de los mares hace 80 millones de años, cargadas de mármol en su interior, y ya a partir del siglo VII a. C. los fenicios comenzaron a explotarlas.
Las canteras de Macael funcionan desde entonces, y de sus entrañas han salido los bloques que se usaron para construir el teatro romano de Mérida, la Mezquita de Córdoba, la Alhambra o el Palacio Real de Madrid, por ejemplo.
Columnas, fuentes, brocales de pozos… innumerables piezas artísticas han sido posibles gracias a la piedra blanca y reluciente de los Filabres y, por supuesto, al sudor de sus habitantes.
Aquí se rinde culto a este material. Basta dar una vuelta por Macael para darse cuenta de ello: edificios públicos, empresas, casas particulares… muchas de ellas lucen un revestimiento blanco. Incluso las aceras son de mármol.
Pese a contar con una historia tan dilatada, lo cierto es que no fue hasta después de la Guerra Civil cuando Macael obtendría los derechos en exclusiva para administrar las explotaciones.
Es en ese momento cuando la cantera se convierte en patrimonio del pueblo y comienzan a desarrollarse las pequeñas empresas familiares, que desembocarían más tarde -a partir de los años 60- en una férrea unión cooperativa (hoy, la Asociación de Empresarios del Mármol de Andalucía es el máximo representante de la actividad de las canteras de Macael).




Ana Soledad nos guía por las colinas a bordo de un todoterreno. Llegamos a una de las explotaciones, donde nos encontramos con Luis Díaz, el encargado. Lleva 12 años trabajando en esta zona y 40 en la cantera. Su tez curtida atestigua esa veteranía. “La piedra es muy blanca y todo el sol se refleja. La piel lo nota”, nos dice sonriendo.
La extracción puede ser en bloques grandes (masa) o a granel, en bloques más pequeños que se llevan al molino para su posterior tratamiento o triturado (normalmente para usos decorativos o para la industria farmacéutica).
Luis está terminando de dar forma a uno de los bloques de mármol antes de que una pala lo transporte hasta uno de los camiones de carga. Es un MAN TGA de 410 CV de potencia. Su conductor espera pacientemente a que la pala deposite el bloque sobre la plataforma.
Se llama José Luis Ruiz Rueda, alias El Manzano, y mientras asegura la carga con un cable de acero, nos cuenta que cada día efectúa entre seis y ochos viajes diarios entre la cantera y la fábrica de transformación para la que trabaja.
Seguimos al MAN por los caminos de tierra hasta que enfilamos una carretera asfaltada. De allí, descendemos hasta el puesto de control, donde los vehículos tienen que pasar obligatoriamente por la báscula. De esta forma se puede saber cuántos kilogramos extrae cada explotación al final del año y aplicar el canon correspondiente.
“Hay un plan global para restaurar y repoblar el paisaje”, nos explica Ana Soledad. “Los gastos de ese plan se pagan mediante un canon que abonan las empresas extractoras”.
De la báscula seguimos rumbo al pie de la cantera, donde se levanta una de las tantas fábricas de mármol. Allí, El Manzano ayuda a un operario a descargar el bloque y una vez vacío parte de nuevo hacia la explotación para cargar el siguiente bloque.
Francisco Martínez es el encargado de esta empresa elaboradora. Nos acompaña entre bloques de piedra hacia el interior de una nave donde las cargas que han depositado los camiones se cortan en láminas, se pulen y se apilan para su posterior envío. “La primera fase es cuadrar el bloque con el hilo”, explica Francisco.
“Posteriormente, se pasan a los diversos telares -máquinas con diamante para cortar- que dan la forma a los tableros -1 m x 1 m; 1,50 m x 2 m, etc-. Acto seguido se pasan por la máquina pulidora y se almacenan a la espera de que se haga el envío”.




El aprovechamiento del mármol oscila entre el 80 y el 100 %. Prácticamente no hay desechos. Los sobrantes de todo este proceso se recogen y se trasladan a los molinos, donde son triturados para usarlos en otro tipo de productos, como la pasta dentífrica.
Pese a la tecnología moderna que usan todos los fabricantes, el factor humano es fundamental en el proceso. “El trabajador decide qué hacer desde la primera fase”, asegura el encargado. “Todo es visual. Mediante la observación deciden si se va a trabajar la pieza de una forma u otra”.
Macael tienen el honor de ser una de las pocas canteras capaces de competir de igual a igual con la más famosa del mundo: Carrara. Por calidad y pureza no será. Francisco nos confiesa dónde radica la única diferencia: “Los italianos trabajan mejor el marketing, nada más”.



