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Pegaso 1135 de Miguel García, al auxilio de los valores

Miguel García es una de esas personas que vive para que tales valores representen la piedra angular del respeto por los demás y por uno mismo, y de ahí le viene su gran cantidad de amigos, a los que mima con la sutileza de un orfebre.

De muchos de ellos hablaremos en este reportaje, pero lo que nos ha traído hasta estas páginas, aupados a su cambio de bola de 8 velocidades, es un Pegaso que luce tipo por tierras andaluzas.

“Lo vi rebuscando por Internet y me llamó la atención por su matrícula cordobesa. En primera instancia –nos narra– la idea era comprarnos un coche antiguo, tipo Seat 1500, pero cuando le expresé a Eva, mi mujer, que lo que realmente me hacía más ilusión era tener un Pegaso clásico, después de tildarme de loco unas cuantas veces, me dio su aprobación.

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No era barato –continúa–, porque de entrada me pedían más dinero del que esperaba. Además, la restauración que quedaba por delante, así como afrontar el trámite de matricularlo como vehículo histórico, hacía augurar unos cuantos miles de euros más”.

Pegaso 1135 de Miguel García

Miguel, conocido en su Añora natal con el sobrenombre familiar de Cangrejo, acuñado desde hace tres generaciones, es un chaval de 43 años, pero con las hechuras de un aguerrido rutero, que ya lleva más de la mitad de su vida labrándose una trayectoria marcada en sus principios por marcas como Ebro o Renault.

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Desde hace 18 años trabaja en Acaíñas Cabrera, empresa con sede en Pozoblanco, que además de dedicarse a la venta de materiales de construcción, orienta también parte de su actividad al transporte de gran tonelaje, con una veintena tauliner, pisos móviles, caja de laterales bajos y algunas unidades semitauliner, entre las que se cuenta el Volvo FH que conduce Miguel.

“Duermo mucho en el camión y viajo por toda España. Vuestra revista –nos confiesa–, me ha hecho siempre mucha compañía. Conservo pegatinas y algún póster de cuando apenas tenía 18 años”.

Pegaso 1135 de Miguel García

Fidelidad y constancia no le faltan a nuestro hombre de Añora, así que difícilmente se le podía resistir este Pegaso, por más que el papeleo le tuviera en liza más de dos años.

Como el vendedor del mismo estaba en la región de Valencia, el Cangrejo, mientras se iban cumplimentando homologaciones, pensó que bien podían adelantarse algunos lances concernientes a chapa y pintura. Así fue como en Castelló de Rugat, localidad en la que Miguel cargaba asiduamente, contactó con Talleres Tecnoauto, donde se fue amoldando un piso nuevo, cromados, carrocería, etc.

Como suele pasar, al presupuesto inicial hubo que irle administrando cierto dopaje, pero el conjunto iba adquiriendo una prestancia digna de elogio. Así fue como la esperanza, ese sueño siempre permanente en un hombre despierto, al final se hizo realidad.

“Pasé más penas que para echar los dientes –nos suelta con su indómita gracia andaluza–, pero lo pude traer finalmente a Córdoba, lo que demuestra que algo aún más importante que andar rápido o lento es no parar nunca”.

Pegaso 1135 de Miguel García

Miguel García tiene una relación particularmente intensa con Juan Pérez Luque, dueño del Pegaso Super Comet que hace pocos meses nos hablaba en Solo Camión de su trayectoria profesional, al tiempo que daba a conocer su proyecto de dar la vuelta a España recaudando fondos económicos para la AECC (Asociación Española Contra el Cáncer).

“Nunca podré olvidar lo que Juanito y su familia han hecho por mí. En el seguro del camión –afirma– lo tengo como segundo conductor. Todo lo que le he hecho al camión, desde las luces hasta el tubo de escape nuevo, los tapacubos de Pegaso o los tapizados, ha sido hablado entre los dos. Nuestros pueblos, Iznájar y Pozoblanco, están bastante retirados, pero coincidimos siempre que podemos.

Me alegré muchísimo de que culminara con éxito esa idea que tantas veces compartió conmigo de convertir la lona de su camión en un clamor para la lucha contra el cáncer, haciendo casi 4.000 km con el Pegaso en 12 días.

Pegaso 1135 de Miguel García

De igual manera, en el Pegaso del Cangrejo están estampados los sellos de los muchos amigos hechos por el camino, empezando por el valenciano José Seguí, que fue quien se lo vendió.

“Sé que no puedo citarlos a todos, pero me gustaría dejar constancia de algunos de los que han puesto su granito de arena en esta restauración, como los profesionales de Tecnoauto y Talleres Hilario Urbano, Talleres García, Talleres Molina y Tapizados Palma, así como a Teresforo Ranchal, Antonio Martín, el Ranger, Alba, el Borreguero, Juan Carlos o Francisco. Son también muchísimos –continúa con sus reconocimientos– los amantes de los clásicos que he tenido la oportunidad de conocer, tales como Salvador, Juan Antonio, Jesús López, los Montejano, Daza y tantos otros”.

Miguel aprovecha un almuerzo en familia, un paseo entre amigos o una concentración de clásicos para sacar a pasear su obra de arte. José María y Gabriel, sus dos gemelos de 6 años, son los primeros en disfrutarlo como locos. “Pon la discoteca, papá”, le dicen para que encienda las luces del interior de la cabina.

Pegaso 1135 de Miguel García

La amabilidad del Cangrejo también le ha traído algún disgusto, que contado tiempo después se torna parecido a las escenas de alguna película de Charlot. “Un día me pidió uno subir al camión.

Le dije que sí, aunque le advertí de que no se cogiera a una goma que tenía para que la puerta no se fuera para adelante. Por supuesto – ríe ahora– a la goma directo se fue a coger. Como estaba suelta, se agarró al tapizado mientras se caía, me arrancó un bolsillo, arañó parte de la pintura de la cabina y cayo de cabeza al suelo, quedándole la gomita encima de la oreja. No sabía –concluye, mientras el que os escribe esto no puede evitar la carcajada– si ayudarlo a levantarse o rematarlo allí mismo”.

Pegaso 1135 de Miguel García

La restauración tiene estos momentos y otros mucho más amables, como cuando alguien reconoció su Pegaso, porque había trabajado medio siglo antes en Hinojosa del Duque, a 30 km de Pozoblanco. “Ese es mi camión”, le dijo su antiguo dueño, al que casi se le saltaban las lágrimas al verlo. “Era tu camión”, le contestó Miguel, que no se apea de su humor ni cuando duerme.

“A mis 43 años –concluye–, tengo más tiros pegados que la chapilla de un coto, pero no me hubiera importado nada vivir este oficio en la época en que aquel hombre de Hinojosa estrenó este Pegaso. Claro que se trabajaba duro, pero allá donde fueras te sentías un señor.«

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