Cuando José Belando, Pepito el del Marmon, despertó del coma en el hospital, le pidió por favor a la enfermera que le diese rápido la ropa porque tenía que salir pitando de allí, para que no se enterase su padre. Sus progenitores y Santa, su novia entonces, llevaban varios días a los pies de la cama, esperando alguna reacción del accidentado. Y es que Pepito, con 16 años, tuvo que imitar la firma de su padre para obtener la licencia deportiva de la federación, cosa a lo que su tutor se negaba. Después de todo, la suerte lo acompañó, ya que el peaje final que le cobró la farola no fue más que un par de dientes, teniendo en cuenta que los cascos de entonces eran de los abiertos, que solo cubrían la mollera y poco más.
Pero este tipo bonachón e inquieto seguía con sus inquietudes mecánicas, buscando el camino para organizar su futuro. Se hizo tornero-fresador y luego reparaba motores para un taller de motocicletas que le pagaban 60 pesetas por cada uno. Alrededor de unos 40 céntimos de euro de los que nos trajo la Unión Europea. Al mismo tiempo se pasaba parte de las tardes en una carnicería “sin cobrar, simplemente para aprender a cortar”, apunta.
Del Renault 4L al Ebro L80
Pepito es un murciano de esos de dinamita, de los que no se amedrenta fácilmente por muy cuesta arriba que se lo pongan. Lo mismo que Fuensanta, su mujer; de ahora en adelante, Santa. Juntos forman un tándem de esos difíciles de cogerles la vez. Pasada la polvareda juvenil por las motos, empezó a bregarse en un
pequeño comercio familiar. Muy poco después decidió abrirse nuevas fronteras con un veterano 4L, con él se desplazaba a localidades de otras provincias como Huercal-Overa o a la murciana Puerto Lumbreras. Compraba quesos y huevos que luego vendía. También compraba corderos bien criados “de los que cargaba 13 o 14, en la trasera del 4L”. Aquella imagen debería ser un poema, el transporte de ganado en un Renault 4. Luego llegaría una MB-1.100 y posteriormente un Avia 2.500. “Compraba, mataba y vendía en la tienda familiar”, nos apunta rememorando. En el patio de casa, recién casados, decide montar con Santa un pequeño merendero, llamado El Patio, y aquello sería el embrión de todo lo que vino después, sin que nadie les regalase nada: esfuerzo, tesón, entrega, profesionalidad y atención al cliente. Unos valores que han sabido transmitir a sus hijos y al resto del personal que los en la labor diaria.
En busca del Marmon
Con un Ebro L80 con jaula ganadera recorrió varias provincias en la compra del ganado, un sector en el que también acabó afianzándose como criador para suministrar a sus clientes las mejores carnes, “siempre de confianza”. Algo anduvo con aquel camión, que llegó a jubilarlo con más de 900 mil
kilómetros. Luego vendría su merecida restauración, porque este hombre, a pesar de sus quehaceres en el mundo de la restauración, no supo nunca sacudirse el gusanillo del gasóleo y los camiones.
Tanto es así que se puso a buscar un Marmon, y cuando le pregunto el porqué de ese camión, me dice “porque es diferente a todos, igual que nosotros, igual que Santa y yo”. Le apareció uno con quince años en Orlando, que desestimó por el precio final con transporte marítimo incluido. Posteriormente “me enteré de este que lo vendían en Palma y allí que nos encajamos. Lo trajimos en barco hasta Denia y luego a trabajar en él”. Lo primero que hizo fue anularle la 5ª rueda para que lo autorizasen a llevar caja rígida más remolque, manteniendo el sleeper. Así tiene una capacidad total para seis pasajeros.
La restauración le deja a Pepito y a Santa muy pocas jornadas libres para desplazarse a concentraciones, carreras de camiones y actividades similares, como ellos quisieran. Así que una vez al año deciden reunirse en petit comité con sus amigos del alma. A lo largo de un fin de semana se encuentran
en Los Alcázares, donde Pepito, Santa y sus hijos, María Dolores, Rosa, Fuensanta y José, regentan El Patio II. Participan de un desfile nocturno, la noche del sábado, y otro diurno, el mediodía del domingo. También comparten mantel, charlas sobre el oficio y bromas, muchas bromas, con sus invitados. Así es Pepito, el del Marmon, un tipo hecho a sí mismo. Eso que los yanquis dicen “a self made”. Un científico de la vida que podía haber sido el personaje de la letra de un tango, o el enamorado en la de un bolero en la que también apareciese su Santa. Un pozo de sabiduría que rinde culto a la amistad, a la honradez y a la profesionalidad, por encima de todo. Si José Belando quisiera, podría escribir un interesante libro de aquellas historias propias de su Murcia de entonces. Un profuso anecdotario que tendría cabida en todos los anaqueles de las bibliotecas. Anímate, maestro.




















