Suena el teléfono un día cualquiera en la oficina. Descuelgo y me ofrecen participar en la Baja Aragón a bordo de un camión. Así, sin adornos. Me pareció una propuesta tan descabellada como emocionante, así que acepté después de unos instantes de cortocircuito mental. Me hacía muchísima ilusión porque de niña siempre decía que si algún día hacía el Dakar, sería sobre un camión. Y esto era lo más parecido a ese sueño de infancia.
Después de unos días de subidón, tocó ponerse manos a la obra y empezar a construir la Baja poquito a poco. Lo primero fue conocer a mis compañeros de aventura, con los que iba a compartir una experiencia completamente nueva y brutal en todos los sentidos.
Jordi Celma, el piloto y propietario del camión, es un trabajador incansable y un obseso de las carreras, conduce rapidísimo y tiene una experiencia considerable en todo esto de los raids. Incluso participará en el próximo Dakar. A mi otra compi, Jaqueline Ricci, tardé un poco más en conocerla, pero ya dicen que lo bueno se hace esperar. ¡Qué gran descubrimiento! Es una copiloto buenísima que actualmente está compitiendo –y bordándolo– en la Copa de España de Regularidad TT.
Momento buscavidas
Preparar una carrera de estas características no es cosa
fácil. Revisiones médicas, licencia, inscripciones, documentación variada… Lo que me pareció más complicado fue el tema de la equipación, y más cuando partes de cero, como en mi caso, y tienes que hacerte con todo: mono, casco, Hans, ropa interior ignífuga, botas especiales, guantes… Dicen que llegar a hacer la salida del Dakar cuenta como haber completado media prueba. Y es totalmente cierto; no os imagináis la cantidad de preparación, esfuerzo y estrés que hay detrás.
Una de las claves de todo este proceso fue una comida en Can Tibau, en compañía de unas cuantas fieras dakarianas de diferentes ámbitos. Rafa Tibau –el anfritrión–, su hijo Rafa Jr, Pep Vila y Carlos Sotelo; el cámara del Dakar por excelencia, Ashley Pla; personal de realización de RTVE y el maestro de ceremonias del programa, Marc Martin.
Puedo decir que de aquella jornada salió un 60 % de mi experiencia, incluido Rafa Priego, de Puravida Sportwear, y Miquel Gila, de Marina Racewear. Ellos fueron los culpables de que llevase el mono más guapo de toda la Baja, además de toda la ropa ignífuga que exige el reglamento. Ese día me di cuenta de que esta gente aplica el espíritu dakariano en todas las facetas de su vida. Con su ayuda y acogida pude llegar a la Baja en buenas condiciones.
En masía Pelarda
Hasta aquí todo bien. De equipamiento y consejos iba bien servida pero… ¿qué tal si practicamos? Conocía poco de Teruel y ahora me parece uno de los sitios más especiales de nuestra geografía. Allí, en la Puebla de Valverde, se encuentra Masía Pelarda, un recinto inmenso con todo tipo de trazados y cronos para raids, regentado y gestionado por una familia maravillosa. Unos días clave para aprender de dos de las personas que más marcarían toda esta experiencia: David Nadal, que lleva la batuta en Masía, y la supercopi Jaqueline Ricci.
Me recibieron con los brazos abiertos y me introdujeron en el mundillo que más les apasiona con toda la paciencia del mundo.
Carreras de motos he hecho a montones, pero la Baja Aragón es otra historia. Puedes perder la prueba si no cumples con los timings, si no pasas por los check points correspondientes o si se te escapa cualquier detalle. En Masía Pelarda me enseñaron a leer e interpretar road-books y a iniciarme en la navegación. Canté mis primeros kilómetros y practicamos posibles situaciones de carrera.
3, 2, 1… Empieza la cuenta atrás. El fin de semana de la Baja ya había llegado y los nervios acechaban. Un poquito de acción antes de empezar: verificaciones, prensa, road-book, briefing general… El viernes se hizo durillo porque los camiones salíamos a última hora. La espera se hizo l
arga, pero ahí estábamos, subidos al Mercedes-Benz del Shümen Raid, atadísimos al baquet y equipados como astronautas. Completamos el tramo de enlace y la comisaria nos dio la salida de la etapa prólogo.
Jordi empezó a conducir rápido como el demonio y haciendo una auténtica exhibición de pilotaje. El público gritaba, saltaba y aplaudía a cada vehículo que pasaba, especialmente a los camiones. Nosotros pitábamos como locos en agradecimiento. Jaqueline seguía indicando perfecta. De normal es un torbellino, pero, cuando se pone en modo carreras, cambia el chip y se vuelve toda precisión, exactitud y convicción.
Jordi entraba cruzado en las curvas, no aflojaba ni mínimamente en los saltos, giraba deslizando en zonas que parecían imposibles y pasaba los ríos como un poseso. Todo estaba yendo sobre ruedas, a excepción de algún problemilla, como el hecho de que nos dejase de funcionar el stella a pocos kilómetros de empezar. Terminamos la etapa prólogo quintos, una posición muy meritoria porque, si bien es verdad que la de los camiones es una modalidad carísima en su esencia, el nuestro era, de lejos, el proyecto más modesto de todos.
Había equipos y camiones con presupuestos desorbitados, participantes muy profesionales que compiten en la Baja a modo de entrenamiento para el Dakar… Y ahí estaba el precioso Mercedes naranja rotulado de Marrones entre todos ellos, un camión que se han currado como locos Jordi, Claudio y todos los miembros del Shümen Raid durante muchos meses. Los integrantes del equipo se dejaron la piel para que todo estuviese listo, y la verdad es que esa quinta plaza – entre rusos, presupuestos millonarios y prototipos– era todo un logro.
Bonito mientras duró
El viernes fue bien y el sábado empezó mejor. La segunda jornada es la más dura, con más kilómetros y tiempo en pista. Jaqui y Jordi lo estaban bordando. Íbamos cuartos, recortando distancias con el tercero en cada parcial y dejando atrás a uno de los Tatra que se había perdido. El podio provisional parecía algo factible. En mi escritorio tenía varios relojes con distintos indicadores. La temperatura se disparó después de que petase el ventilador.
La mala suerte fue por partida doble, porque ocurrió en una zona en la que no podía acceder la asistencia y donde no había cobertura para avisar de lo ocurrido (no teníamos forma de comunicarnos porque el stella se había estropeado).
Al final probamos una técnica tan recurrente como antigua: subir al monte para coger cobertura. Suerte que somos tres en el camión. Dos se quedaron intentando hacer un apaño mientras el otro permanecía en las alturas para estar en contacto con los miembros del equipo y con la organización. Nos aconsejaron avanzar 10 km más para que la asistencia pudiese acceder.
Era algo arriesgado teniendo en cuenta la avería, pero no teníamos más opciones. Nos arriesgamos porque hacía bajada y podíamos llegar chino chano sin calentarlo en exceso. Pero no cayó esa breva. En apenas 5 minutos la temperatura se volvió a disparar y el motor dijo basta. Ya no había nada que hacer. Retiramos las piezas que habían salido volando después de la rotura. Se nos partía el alma viendo semejante destrozo.
Al rescate
De pronto llegaron Luis y Yelko a la zona. Padre e hijo estaban instalados en la curva más cercana a la zona del desastre y lo presenciaron todo en directo. Nos prestaron su ayuda y nos ofrecieron refrescos. Quedaba una hora aproximadamente para que llegasen los nuestros, así que Jaqui y yo aceptamos y nos fuimos con ellos. Llegamos al coche y allí estaba Lorena, la mamá, que también nos ofreció una deliciosa tortilla de patatas, pechuga rebozada y bizcochazo para rematar.
Resucitamos después de devorar tan suculenta oferta como perritos hambrientos. Nos sentó como Dios.
Vivimos en primera persona la faceta más generosa y hospitalaria de estos rallys, aunque todavía nos quedaba por sufrir una de las más complicadas: aceptar la retirada. Llegaron los nuestros al cabo de un rato. Todavía recuerdo el momento de eslingar y subir el Mercedes a la plataforma del camión de asistencia. Todo tenía unas dimensiones tan grandes que creo que no se me va a olvidar en la vida. Aquello fue tan espectacular como triste. Ya no había vuelta atrás. La Baja se había terminado. Estábamos a punto de volver al recinto Dinópolis y de quitarnos el mono de forma definitiva. Fue una auténtica pena porque todo estaba yendo demasiado bien. Está claro que estas cosas pasan, pero nunca piensas que te va a tocar a ti.
… Desde la barrera
No me quedó más remedio que cambiar el chip de cara al domingo. El sábado había sido durillo. El cuerpo me pedía volver a casa para desconectar, pero la cabeza presionaba para disfrutar de la
competición, aunque fuese desde la barrera. Las motos son lo que más me gusta en la vida, pero tengo que reconocer que los camiones son infinitamente más espectaculares. Desde la perspectiva de la cabina impresiona mucho, pero verlo a pie de pista impacta igual o más.
Es brutal ver a los camiones bajando a fondo, haciendo zigzag y derrapando, pasando por los ríos dejando un spray inmenso o entrando en curvas estrechas de las que parecen imposibles desde fuera…
Terminó el día y volvimos a casa. Fue un ratito para repasar lo ocurrido y tener sentimientos de todo tipo. Van pasando los días y cada vez me convenzo más de que repetiría con los ojos cerrados. Las ideas más descabelladas y los planes más locos se acaban convirtiendo siempre en las mejores experiencias. Hay cosas que caducan, se pierden, se rompen o pasan sin pena ni gloria, pero esta es una de las que no olvidaré en la vida.



