Medir la presión de los neumáticos parece de esas cosas fáciles que no tienen misterio. Pero luego te pones, miras el número, lo comparas con lo que “debería” llevar tu coche y te quedas con la duda de siempre. Por ello, en las próximas líneas vamos a desmontar los fallos más típicos que hacen que la medición salga mal, incluso cuando crees que lo estás haciendo perfecto. ¡Comencemos!
Usar herramientas poco fiables o mal calibradas
Los manómetros para medir la presión del aire del neumático son muy útiles. Sin embargo, si están golpeados, viejos o son de una calidad dudosa, pueden darte valores poco fiables. Y en cuanto empiezas a “corregir” esa lectura falsa añadiendo o quitando aire, entras en un bucle bastante absurdo.
También influye cómo los colocas. Si no haces un buen sellado contra la válvula, aunque sea por un segundo, el aire puede escaparse un poco y la lectura sale alterada. A veces es un detalle mínimo, pero suficiente para que tomes decisiones equivocadas.
Medir con el neumático caliente
Otro de los errores más comunes es medir justo después de conducir. El problema aquí es que, cuando ruedas el coche, el neumático se calienta y el aire dentro también, y entonces la presión sube aunque no hayas añadido ni una gota de aire.
A su vez, esto se vuelve todavía más traicionero en el verano o tras un trayecto por autopista. Cuanto más tiempo y velocidad, más temperatura, y cuanto más temperatura, más “optimista” se vuelve la lectura. Así que si quieres un dato fiable, lo ideal es medir con el neumático frío o, como mínimo, tras haber conducido muy poco y a baja velocidad.
Confiarse del aviso del coche o ignorar las condiciones del entorno
Muchos conductores se apoyan en el sistema de control de presión del coche como si fuera un oráculo. Sí, está bien como alerta, porque te avisa cuando algo no cuadra. No obstante, según el tipo de sistema, puede no medir la presión exacta, sino detectar cambios indirectos, y eso significa que no siempre te da la foto real del momento.
Cabe mencionar que el entorno también influye, y más de lo que parece. Un cambio de temperatura de un día a otro puede bajar la presión sin que hayas tenido ningún pinchazo. Entonces, si mides en una mañana fría y comparas con una tarde templada, las cifras no van a coincidir y podrías pensar que algo falla. Pero, en realidad es física básica haciendo de las suyas.
Medir en momentos distintos
Este es el error que remata el combo. Mides un día antes de irte al trabajo, otro día después de hacer recados, otro día con lluvia y otro con un calor tremendo. Luego comparas los números y te parece que la presión fluctúa demasiado, así que te pones a corregir constantemente.
El asunto es que no estás comparando lo mismo. En esos escenarios cambia la temperatura, el tiempo que ha estado el coche parado, incluso la precisión del medidor si usas uno distinto. Y cuando los datos no son equivalentes, las conclusiones tampoco. De ahí que lo mejor es medir siempre en condiciones parecidas. Por ejemplo, con el coche en frío y a una hora similar.
Como has podido ver, medir la presión no es complicado, pero sí es fácil engañarse sin querer. La buena noticia es que, con un par de hábitos simples y un poco de calma, puedes obtener mediciones mucho más fiables, y por ende, mantener el coche más estable, gastar menos combustible y alargar la vida de los neumáticos.



