Entre indignados y resignados

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Quieren que consumamos y lo que están haciendo es consumiéndonos. Friéndonos a impuestos, con tasas arbitrarias que imponen con total deshonestidad, desde los gravámenes a los combustibles hasta las sobretasas estudiantiles, acompañadas de escandalosas prestaciones en la asistencia sanitaria, a fin y objeto de favorecer la medicina privada y las mutuas de bancos y cajas.

Lo que ellos denominan copago sanitario debería llamarse impuesto por enfermedad. Que, para más recochineo, aparece el consejero de Sanidad de la Junta de Castilla-La Mancha diciendo “urbi et orbi” que “al pensionista las medicinas le van a costar el equivalente a cuatro cafés”.

Al caradura tendría que explicarle alguien que ya son una legión los jubilados que no pueden permitirse un cafelito ni en los centros de tercera edad, donde van a echarse la partidilla de mus por las tardes. Menuda jeta la del amigo.

En el país del despilfarro, la corrupción, el desfile de políticos por los juzgados y los aeropuertos para palomas torcaces, sólo se le pide coercitívamente que cumpla al ciudadano. Unos han caído ya en el estado de la resignación del “esto no hay quien lo arregle”, pero mientras tanto, el desatino de un nuevo tijeretazo nos aguarda a la vuelta de la esquina.

Cada fábrica que baja sus persianas, cada almacén que cierra sus puertas representa un nuevo drama para cientos de familias. Se desvanecen proyectos y sueños. Pero también se esfuma la carga que tendrían que mover un puñado de camiones mensualmente. El último eslabón de la cadena, el transporte y la distribución, resulta también una víctima de lo que sucede en el mercado.

Se sacaron una reforma laboral de la sobaquera nada más pisar la moqueta de La Moncloa. Abaratar el despido era un modo de fomentar y crear nuevos puestos de trabajo. Ahí están las cifras del paro que refrendan lo oportuno de la reforma: 5,5 millones de desempleados y una tasa del 25 %. Suecia es el país donde más caro cuesta despedir, con indemnizaciones que alcanzan hasta los 50 días por año. Su tasa de desempleo es a día de hoy del 7 %. Ya sé que las comparaciones suelen ser tremendamente odiosas.

Contaba los otros días Luis de Guindos que ya había índices de reactivación en la economía española. Supongo que también veía brotes verdes, porque anteayer en Bruselas explicaba resignado ante sus colegas que ya habían hecho todo lo que podían hacer. Que ahora le tocaba a Europa echar una mano a España. Todo menos poner coto a la corrupción, evitar la fuga de capitales… Ahora no tienen más corderos ni más víctimas que sacrificar en el altar bendito de los mercados de Lehman Brothers, JP Morgan y compañía.

Mientras tanto, el lobby ciudadano de presión, que se autodenomina los indignados, nos recuerda que existen alternativas a tanto pufo. Así andamos, entre indignados y resignados. Cuéntenos, querido lector, cómo lo ve usted.

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