El Volvo VNL 660 de Alberto Pérez

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Alberto Pérez es de esas criaturas con alma de camionero pero un oficio alejado del transporte. Bueno, alejado más o menos. Nuestro protagonista es chófer de autobús del servicio urbano de Almería. Pero la sangre, digamos el ADN, es cien por cien camionero.

Después de convivir con camiones en casa desde pequeño –su padre se dedicaba al transporte–, con 24 años la ironía del destino le puso en un brete complejo: se había sacado los permisos de conducir durante el servicio militar, pero casi al mismo tiempo había aparecido una oferta de trabajo en el servicio de autobuses de su ciudad, Almería.

“Mi camino parecía claro: todas mis vivencias estaban asociadas a la carretera, recuerdos de muchos viajes de Almería a Valencia en un viejo Pegaso, mi madre y mi hermana durmiendo en la cama, y yo sentado al lado de mi padre, ayudándole a poner las luces y los intermitentes”, cuenta Alberto.

“Pero igualmente sabía lo complicado que es ser autónomo. Lo había visVolvo VNLto en casa, con mi padre, y él mismo me ayudó a tomar una decisión. ‘Mejor un sueldo fijo con horario y estabilidad, aunque el trabajo sea monótono’, me dijo. Y con los buses sigo, después de 27 años”.

Pese a todo, la pasión de Alberto se ha mantenido intacta. Reconoce que toda la vida ha sido “de esos a los que se les van los ojos cuando ven pasar un camión”.

Damos fe, y tres cuartos de lo mismo se puede decir de su hijo, Albertito, que con 13 años ya cuenta los días para tener la edad y sacarse el carnet. Por eso no es de extrañar que después de darle muchas vueltas a la cabeza, hacer números y de convencer a Pepi, su mujer, nuestro protagonista se haya decidido a sacarse la espinita: tener su propio camión. Pero no uno cualquiera.

Aquellos que rebaséis los 40 largos os acordaréis de las aventuras televisadas de Sonny Pruitt y su Kenworth verde. La serie se llamaba “En ruta” y a más de uno lo dejó marcado de por vida. Sí, Alberto, por supuesto, es uno de ellos. Aquel mastodonte de morro era un objeto de deseo para cualquier chaval enganchado a los camiones.

Obviamente, por aquí no se veían circulando, pero con los años empezaron a ser habituales en las carreras del Jarama, una cita sagrada para Alberto. Yo veía aquellos Peterbilt, los Kenworth, como el de Sonny, y eso era lo máximo. Debía tener 20 años, pero recuerdo cómo me entró el gusanillo y se convirtió en un sueño… lejano”.

Volvo VNLPasaron 25 años, nuestro protagonista ya se había casado con Pepi –a la que, por cierto, conoció al volante, en la ruta que pasaba por la universidad–, tenía dos críos, Albertito y Marina, y el trabajo seguía siendo el mismo.

Pero el destino le dio una bola extra a Alberto (para ser honestos, se la debía). “Hace ahora casi 4 años, le compré a un jefe de mi empresa un autobús Setra Seida del 67 convertido en vivienda y que habíamos tuneado con luces, equipo de música y una decoración en honor a los Pitufos”.

El “Pitufo-Bus” se hizo famoso en Almería y Alberto estuvo sacándose un sueldo extra durante los fines de semana alquilando el vehículo para cumpleaños y comuniones. El Setra Seida era una joyita y nuestro protagonista sabía que tarde o temprano alguien le iba a hacer una oferta que no podría rechazar.

El verano pasado, la empresa de buses Sagalés se encaprichó con el “Pitufo-Bus” y Alberto no tuvo más remedio que vender. Pero guardaba un as en la manga. “Mi sueño ha sido siempre tener un camión de morro”, reconoce. “Yo soy camionero aunque me dedique a los autobuses, y un americano es lo máximo. Sabía que si algún día vendía el “Pitufo”, usaría el dinero para adquirir un americano. Prácticamente he hecho un trueque y me ha servido para iniciar una nueva etapa”.

Volvo VNLEn menos de un mes ya tenía en casa el anhelado vehículo: un Volvo VNL 660 canadiense con motor sueco de 460 CV, cambio Fuller y cabina típica americana. Lo encontró en Benferri, Alicante –Domingo Tristán era el propietario–, fue probarlo y automáticamente sintió mariposas en el estómago.

“Hablé francamente con Pepi: le dije: ‘Esto tiene una fecha de caducidad’. Eso lo tenía muy claro. Al Setra le sacaba rendimiento y se pagaba solo, pero este es diferente.

Es mi capricho y lo disfrutamos juntos, pero no puede suponerme gastar los ahorros de la familia. Así que calculo que lo tendré dos o tres años. Por eso lo quiero vivir intensamente”.

Con lo que sacó de la venta de una motocicleta, Alberto le hizo los ajustes a su gusto: aceros inoxidables en los costados, las luces de tiras de led, las chimeneas con protecciones, la rotulación, los tapacubos, la quinta rueda tapizada, el tapizado interior… “y de momento nada más, porque mi hijo cada día encuentra cosas nuevas en Internet pero le tengo que decir que tire el freno”. En mente hay más ideas, pero lo primero es la economía familiar y el pacto con Pepi.

Alberto es consciente de que mantener este vehículo sin darle un rendimiento supone un sacrificio, pero, de momento, la satisfacción y la ilusión ganan la partida a los contras. “Mientras lo disfrutemos los cuatro juntos a mí no me importa tener que perder el día de descanso en mi trabajo. Como dice el refrán, palo con gusto no duele”. Sin duda, un espíritu cien por cien trucker.

 

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