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El Volvo F12 de Tomás López: pura vitamina C

Con pura vitamina C vemos a este Volvo F12. C de coraje, confianza, convicción y constancia. C, en definitiva, de Camión. El crecimiento personal de Tomás López le debe mucho a esa vitamina que no pone límites a lo que puede hacer, de manera que perseguir un sueño no representa para él un episodio puntual, sino un hábito. Su conciencia personal se convierte en consciencia colectiva al juntarse con sus amigos Luis Miguel Ros y Lorenzo Nieto, normalmente en la nave de este último en Torre Pacheco, con los que amplifica su afición por los restaurados y viaja a concentraciones donde sus clásicos Volvo y Scania provocan admiración.

Muchas horas del fin de semana comparten almuerzos, anecdotario laboral y los arreglos de turno en el camión de uno u otro. “Este es nuestro centro de operaciones –afirma Tomás, señalando con la mirada el recinto de Lorenzo–. El tráiler Volvo 500 con el que trabajo lo tengo en mi nave, que está aquí al lado, pero Lorenzo me guarda aquí este Volvo F12, de forma que tenemos todos los camiones a mano y nos ofrecemos consejo y ayuda mutua. En tiempo de confinamiento aquí hemos matado algún pollo o conejo –sonríe–, y disfrutamos de jornadas geniales”.

volvo f12

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La relación de estos tres murcianos es de un buen rollo que se capta al instante. En el caso de Tomás y Lorenzo, a su debilidad por los clásicos hay que agregar el hecho de que trabajan juntos para empresas de la zona como Martinavarro y Pascual Hermanos, cuyas trayectorias en el sector del cítrico acumulan décadas de prestigio. “Llevamos unos 26 años trabajando en lo mismo –es ahora Nieto el que habla– y hemos hecho muchos viajes juntos. Salvo algún porte puntual con melón o sandía, la naranja concentra la casi totalidad de nuestros viajes, llevándola directamente del campo a la fábrica o el almacén”.

Tomás López viene de familia de agricultores, pero uno de sus hermanos y él viraron su destino hacia el transporte por carretera. Con 25 años, es decir, hace ya más de 30, nuestro protagonista se encomendó a la ruta con un Pegaso Tecno 340 de los de 10 ruedas. Con la naranja empezó entonces, y ahí sigue mucho tiempo después, así que no es de extrañar toda esa vitamina C que evocamos al inicio de este reportaje.

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La debilidad de Tomás por los camiones clásicos siempre ha habitado en su interior, pero no fue hasta hace unos años, entre sorbos de camaradería y algún que otro caldo de la tierra, cuando este cerró un trato con Lorenzo Nieto para comprarle el Volvo F12 del que era dueño hasta entonces. “Sentí un pequeño vacío al comprometerme a aquello – recuerda Lorenzo–, pero ya había dado mi palabra y no había vuelta atrás, así que a partir de entonces decidí concentrar esfuerzos en mis otras joyas clásicas, sobre todo mi rígido F88 6×2, con doble carro trasero y un solo diferencial, de los que apenas se ven en nuestro país, y que hace un tiempo también salió en Solo Camión”.

Este modelo de faros redondos es anterior al de faros cuadrados, algo más modernizado, que salió al mercado poco tiempo después. Eran las postrimerías de los ochenta y este fue un vehículo, tanto en sus versiones 385 como 400, que adquirió mucha fama. “Los F12, F16, F88 o N88 fueron coches que dieron gran prestigio a la Volvo –nos ilustra Tomás–. Costaban casi el doble que un Pegaso, pero su potencia era muy superior. De hecho, si cuesta encontrar hoy en día alguno de estos modelos en España es porque la mayoría aún siguen trabajando en Marruecos y muchos países de Latinoamérica, donde su fuerza y su mecánica se sigue apreciando, al ser muy resolutivos en aquellas rutas y trabajos donde hay que echarle mucho arresto”.

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Nuestro pachequero reconoce haberse dejado, desde su adquisición, una cifra de euros de 5 dígitos en su querido F12. Como bien sabe todo aquel que tiene pasión por la restauración, cuando uno está inmerso en una rehabilitación, por la cabeza ya empieza a rondar cuál va a ser la siguiente. “En estos últimos años he puesto discos de aluminio, ruedas nuevas, paragolpes trasero, pilotos y faros. También he llevado a cabo mejoras en el motor y he cambiado la pintura. Siempre estás cavilando algo –continúa, con una sonrisa clavada en el rostro–. Abro el capó, quito un tornillo, pongo otro y me acabo dando un paseo sin pensar en tacógrafos. Te olvidas de los problemas y se te pasa la mañana que ni te enteras. Cati, mi mujer, me dice que estoy loco, pero me apoya, porque en el fondo sabe que mi afición es sana”.

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Sus hijos José Tomás y Alicia, ambos veinteañeros, no han heredado del padre el apego por esta profesión, pero sí su respeto. No obstante, en lo que sí coinciden es en su inclinación por el universo castrense. Tomás se alistó como boina verde en el cuerpo especial de las COE 31 y ahora son sus dos hijos los que hacen carrera militar. El interior de su camión alberga parches, insignias y distintivos de naturaleza militar. De hecho, una de las ideas que más le ronda últimamente es la de decorar el exterior de la chapa con algún motivo de índole similar. “La cabeza no para. Esto –sigue reflexionando– es un pozo sin fondo, pero también un gozo sin fin”.

En esta terna de amigos con la que comparto una tarde murciana de verano, pronto se adivina que cada uno aporta su sello de identidad propia a un tesoro común. Lorenzo parece más reposado y formal; Luis Miguel, parlanchín y vital; y Tomás, noble y “tirao palante”.

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“Somos iguales en gustos –concluye Tomás–, pero diferentes en formas. Hay quien se inclina por conceptos más clásicos de la restauración, mientras otros, como yo, somos más de tunear. La armonía está en saber cuándo es tiempo de enseñar y cuándo de dejarse enseñar”.

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