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Divco 13 de 1957, el emblemático lechero

La memoria del estadounidense se aferra –como nos ocurre a todos– a aquellas imágenes dulcificadas por obra y gracia de la melancolía. En Estados Unidos, pasados los estragos del crack del 29, el día a día se llenó de símbolos y emblemas de un sueño con infinitas posibilidades.

En el catálogo de esas imágenes de la cultura popular yanqui aparece siempre un repartidor de leche. Y lo hace a bordo de un Divco.

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La figura del “milkman” se hizo icónica y, con ella, su furgoneta. A partir de los años treinta y durante varias décadas, la economía boyante de Estados Unidos se tradujo, entre otras cosas, en un reparto diario, casa por casa, de infinidad de productos: la colada, helados, pan, bolsas de patatas fritas, carne y, sobre todo, leche.

Divco modelo 13

La compañía Divco (acrónimo de Detroit Industrial Vehicle Company) se especializó en la fabricación de vehículos de reparto, entre los que destacaron las furgonetas lecheras. Robustas, redondeadas y siempre coloreadas con un tono blanco cremoso, los Divco pasaron a formar parte de una era irrepetible.

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Harvey Zuidema es un granjero jubilado de la ciudad de Morrison, en el estado de Illinois. Tiene 78 años y es el propietario de un Divco modelo 13 originario de 1957. Una joya restaurada con motor Hercules de 6 cilindros, transmisión de 4 marchas y una potencia de 45 CV.

Suficiente para alcanzar los 56 km/h. En el interior, un asiento elevado para el conductor y el resto, espacio para carga. A Harvey no solo le tocó vivir de lleno el sueño americano, sino que también ejerció de “milkman”.

Fue durante cinco años, mientras trabajaba para la empresa de lácteos Goodenough’s Dairy, de Illinois, y lo hizo a bordo de un Divco como este, un modelo 13.

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“Unos amigos lo encontraron abandonado en el jardín trasero de una vivienda en la frontera de los estados de Iowa e Illinois”, explica Harvey. “Ellos sabían que había trabajado como repartidor de leche, así que me preguntaron: ¿por qué no lo compras y lo restauras? Y sí, me convencieron”.

Divco modelo 13

En cuanto el granjero jubilado se topó de cara con las formas inequívocas del Divco voló en el tiempo sesenta años atrás y rememoró aquellos días felices de un Estados Unidos que ya no existe (si es que algún día existió).

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El propietario del inmueble no sabía ni a quién había pertenecido, pero viendo el interés de Harvey, no dudó en sacar algo de dinero por aquel trozo de hierro oxidado que estaba siendo devorado por las plantas de su patio trasero.

Corría el año 2004 y Harvey se puso como meta terminar la restauración un año después. Así que se puso manos a la obra. “Lo desmonté yo mismo, pieza a pieza. Y lo volví a montar”. El trabajo de chapa y pintura se hizo en el taller de Mac’s, en la misma localidad donde vive nuestro protagonista.

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“Había épocas que trabajábamos en el Divco a diario, pero en ocasiones teníamos que parar durante meses porque el taller tenía otros encargos”, explica Harvey. Uno de los problemas con los que se encontraron fue la falta de piezas de repuesto para este modelo. La cotización de cualquier Divco es altísima en Internet.

Seguramente hay algo de nostalgia que encarece el precio, pero también se debe a que la empresa fabricante ya no existe.

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“Divco arrancó a finales de los años veinte y estuvieron haciendo furgonetas hasta el año 1986, nos explica Harvey. “Entraron en bancarrota y se acabó. ¡Miento! Un juez obligó a tres de sus empleados a volver a la fábrica y terminar los tres últimos pedidos que habían firmado”.

El caso es que, tras 18 meses de esfuerzos, de búsqueda exhaustiva de piezas y repuestos, el vehículo quedó terminado. Solo faltaba dibujar el nombre de la empresa lechera, Goodenough’s Dairy, y ponerse al volante.

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Nos subimos con Harvey a bordo del Divco y dentro nos explica qué significaba ser repartidor de leche en Estados Unidos a finales de los sesenta. “Esto es un icono de una época –dice–. La gente gira la cabeza en cuanto lo ven”.

Harvey trabajó desde 1958 y cerca de cinco años de repartidor. Su jornada empezaba a las 6 de la mañana y se extendía hasta las 2 de la tarde, siempre recorriendo pequeños pueblos y ciudades de los alrededores de Morrison.

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“Solía hacer unos 65 kilómetros al día. La empresa contaba con unos cuantos vehículos similares, e incluso con refrigeración, pero no era lo normal”. Harvey lograba mantener la frescura de su leche con un método infalible: “¡Yendo rápido!”, exclama con una sonrisa amplia.

Divco modelo 13

No recuerda cuánto peso solía cargar al día, pero no duda ni un segundo del precio que costaba la leche en aquella época: “Repartíamos botellines de cristal de medio galón (casi dos litros) a 77 centavos el galón más tres centavos de impuestos: 80 centavos el galón de leche”.

Si las cuentas no fallan, sale a 20 centavos de dólar el litro de leche. Un precio de otra época, de un mundo dulce que ya se extinguió.

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