Se nota a la legua cuándo hay buena sintonía dentro de un grupo humano. Si no, que se lo digan a nuestros chicos del equipo nacional de fútbol o de baloncesto. Pero este “buenrollismo” no es coto exclusivo de los más mediáticos. También es extensible, por ejemplo, a las personas que han hecho de las concentraciones de camiones una forma de ocio y, por qué no decirlo, también un modo de vida.
Basta quedarse con un solo detalle que demuestra hasta qué punto existe complicidad entre sus practicantes.
Poco antes de que desfilaran sobre la pista del Jarama, los conductores de los diversos camiones americanos y decorados regalaron a su público, es decir, a todos los aficionados que en esos momentos deambulaban por la campa habilitada al efecto, un concierto de música “cláxica” o “claxónica”, por aquello de las bocinas que utilizan como instrumentos, a modo de aperitivo o de preparación del espectáculo que luego se vería sobre el trazado.
Para algunos podrían parecer simples ruidos estridentes y concatenados, pero lo que no se puede negar es que detrás de toda esa incontinencia de viento eléctrico y de melodías que en algunos casos parecían haber sido extraídas de las típicas atracciones de feria había un sentimiento de pertenencia común, similar al que experimentan los miembros de una orquesta cuando coordinan sus violines, contrabajos y oboes para que, de su unión, emane armonía.
Una vez dentro del circuito, el espíritu de camaradería seguiría intacto, aunque esta vez a los sonidos del orfeón se añadiría el lenguaje corporal, y no menos espectacular, de los camiones. No hubo que esperar mucho a que aparecieran en escena cabriolas, fintas, sprints en paralelo y derrapajes a uno y otro lado del asfalto; gestos para la galería que animaron a los aficionados presentes en las gradas a contribuir al éxtasis colectivo.
Seguramente no fue el desfile más multitudinario, ni tampoco el más duradero -tan sólo les permitieron dar tres vueltas al recorrido- de los que se han hecho con ocasión de un Gran Premio.
Pero las cincuenta cabezas tractoras y los espontáneos que acompañaron la música de cláxones desde el graderío se hicieron escuchar tanto como si hubiera sido el último día de sus vidas.
Entre los transportistas que acudieron a la cita del Jarama, y que formaron parte del cortejo que desfilaría durante las dos jornadas del IX G.P. Camión de las Naciones, vimos a habituales de esta clase de concentraciones, como Pepito y Santa, de Los Alcázares, que se presentaron con un Marmon que estrenaba lona al más puro estilo americano, con detalles en cuero, hebillas y dibujos de pistoleros del lejano Oeste que recordaban a las películas de Sergio Leone.
Todo ello realizado a mano durante un año y medio por la pareja murciana y otros colaboradores, lo que tiene mayor mérito si cabe. No muy lejos andaban otros compañeros de fatigas, como Rafael Blanco, viejo lobo de asfalto que no se separaba de su Volvo color negro, el Colorines, y José María Sanz e hijo, que por proceder de la vecina San Sebastián de los Reyes, ejercían de locales ante su compañía. Junto a los rostros más frecuentes, otros camioneros probaban el Jarama por vez primera.
Fue el caso de Pedro Álvarez, más conocido como el Pirulo, que se acercó junto a su prole con un Volvo VNL 780 que, en comparación con otras monturas, ofrecía un estado de lo más virginal. “Modificaciones pocas, tan sólo unos accesorios de acero, porque es un camión para trabajar y no lo puedes llenar de luces, porque, si no, te denuncian”, justificaba su propietario, que se dedica al transporte de cereal.
También eran nuevos en estas reuniones, al menos en lo que a Madrid se refiere, José Luis Allende y su familia, que, con otros amigos cántabros, había recorrido los quinientos kilómetros entre norte y centro para, entre otras cosas, enseñar su Barreiros, una marca por la que siempre ha sentido un gran cariño este racinguista de pura cepa. “Tuve un Barreiros de chaval, empecé en esto del transporte con él, y cuando encontré éste por Internet (N. del R.: En referencia al camión que tiene ahora) ni me lo pensé.
Desmontamos la cabina, pusimos una caja nueva y de mecánica hemos tenido que hacer muy poco porque estaba muy bien”. El resultado: un camión que parecía recién salido de fábrica. “Ya va como un avienuco”, presumía José Luis a nuestro lado.
Pero, aunque el nivel de los camiones debutantes y veteranos reunidos en el Jarama fue muy alto, los vehículos que acapararon la mayor parte de las miradas fueron dos autocares que parecían directamente sacados de un capítulo de la serie “Cuéntame” o, en el segundo de los casos, de una película de los 80.
Quizás el que hizo más furor entre los nostálgicos de tiempos pretéritos fue el Setra Seida de color azul celeste que Fernando Mesa trajo desde Collado Mediano. “He llevado ya a mucha gente en él”.
Y lo mejor de todo es que no sólo han mantenido su estética exterior, con un gasto de más de 60.000 euros en pintura, sino también la interior, pues en muchos de los asientos se conserva la tapicería original que en su día sirvió de acomodo a los pasajeros de los 70.
Es muy probable que nos dejemos a muchos amigos en el tintero -por ejemplo, a Rogelio Cerezales, con su Pegaso de El Bierzo reconvertido en autocaravana, a Óscar Duarte, con su Pegaso Troner 370 recién restaurado, y a tantos otros…- pero, como aquel que dice, oportunidades tendremos en el futuro para hablar más de ellos.
Por ahora, quedémonos con una idea: que estos camioneros están hechos unos artistas polifacéticos. Son unos virtuosos de la pintura, del sonido, de la conducción, de la reparación y, cómo no, de otras nobles artes como son la empatía y la cordialidad con la que tratan a propios y extraños, y que les definen como grupo humano.
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