De aspecto eran idénticos a esos Dodge que tal vez nos resulten más familiares, pero Barreiros usaba esta denominación para algunos camiones que salían a exportación. Pocos de ellos quedaron en España.
Para quien no esté metido en el mundillo camionero, Fargo es el título de un famoso film de los hermanos Coen. Pero son los hermanos Ruigómez los que protagonizan la película que hoy rodamos en estas páginas, como propietarios de este otro Fargo, seguramente mucho más extraordinario para la mayoría de nosotros.

“Algo excepcional sí es – nos dice Felipe, uno de ellos -, porque si ves su documentación, parece talmente que estés ante un Códice Calixtino: Barreiros 42.20 GR. Corto. Volquete. Tara: 8.100 k. Peso máximo primer eje: 7.000 k. Segundo eje: 13.000 k.
Distancia entre primer y segundo eje: 4.000 mm. Motor B36 Diesel. 6 cilindros, etc. La fecha de inspección que tengo es de 1977, pero el camión es de mucho antes”.
Para atisbar los principios de la marca Fargo hay que remontarse a 1962, cuando Eduardo Barreiros, que ya llevaba 8 años con su empresa fundada, adquirió los derechos de la marca estadounidense de camiones Fargo.
No salieron muchos con esa denominación, y menos aún fueron los que se quedaron en nuestro país, pero una de estas unidades se puso en el punto de mira de esta familia cántabra, y no se lo pensaron dos veces.






Los primeros Ruigómez
Cuatro hermanos del padre de Felipe y David Ruigómez (los dos sobrinos que hoy son dueños de este Barreiros) fundaron en su día la empresa Construcciones Hermanos Ruigómez. “Los principios de la sociedad fueron con un Barreiros Saeta y un Seat 1430.



Este 42.20 adquirido después era basculante, y para las excavaciones llevaba tierra y piedra que se extraía con pala excavadora de orugas John Deere, de cadenas frontal.
El Barreiros – prosigue Felipe – se hacía valer en la construcción de edificaciones, pero se usaba para todo, pues la familia compró un prado y también se cargaba hierba seca en fardos para los pueblos”.
Con poco más de 20 años empezó nuestro protagonista a trabajar con el camión para la empresa familiar. Desde buen principio me dejaron bien clara una cosa: lo primero que hay que echar al camión cuando vayas de viaje es el buzo y la caja de herramientas.
Una ocasión en la que iba a descargar material de construcción a Santurce – rememora con amplia sonrisa -, notaba que el camión sonaba muy raro. Llamé a mi tío en un bar y me dijo: ‘¿Echa humo? Eso seguro que es un inyector.
Abre las ventanillas y vente corriendo’. Efectivamente, se había perforado la tubería de uno de los inyectores y cuando aceleraba llegaba gasoil al escape. De la humareda, la cabina parecía Londres en plena noche, pero el camión tiró casi 100 kilómetros.


Al llegar a casa se arregló la avería, y listos para otro día. Este camión era duro como una piedra. Se averiaba habitualmente por una cosa u otra, pero si sabías meterle mano, ahí lo tenías de nuevo en un santiamén”.
Parón obligado
Con la crisis, y más en la construcción, que asoló la economía española hace 20 años, este Barreiros quedó parado. La familia empezó a quitar camiones y este parecía destinado al desguace, pero David y Felipe dieron un paso al frente para adquirirlo.
“Lo llevamos derechito al taller y le hicimos un buen lavado de chapa y pintura. El motor no tuvimos que tocarlo, porque andaba a la perfección.
‘Este lo tuesto yo’, me dije a mí mismo. ¿Qué lo tuesto yo? Si no me llego a comprar un Scania, él es el que acaba conmigo. A los que se quejan de lo cansados que acaban su jornada laboral en los camiones actuales, les dejaba yo sólo un día con este camión en una carretera con curvas.


Madre de Dios: Calorazo en verano, un glaciar en invierno, una brazada en cada cambio de marchas… ya verías cómo iban a volver corriendo a su camión de ahora”.
Al no estar matriculado como histórico, con este Barreiros se puede circular pasando las ITV pertinentes, pero los Ruigómez ahora lo utilizan únicamente para su exposición en concentraciones de clásicos y recreo personal, como bien puede apreciarse en una de las fotos que ilustran este reportaje, donde en una boda un hermano llevó al otro en este Barreiros, que ejerció de coche de novios.
Felipe posee a día de hoy una cabeza tractora Scania 560 y un Iveco Trakker 4 ejes con grúa, además de góndola y plataforma. También le dedica mucho tiempo al negocio de ganado vacuno que regenta la familia de su mujer, pero esa es ya harina de otro costal.
Su pasión por los camiones históricos le lleva también a guardar en su nave un Renault Premium (el Pony de toda la vida) y un Mercedes de morro, junto con otros vehículos antiguos que ahí están en buenas manos.
“Es un capricho algo caro – confiesa -, porque no resulta sencillo encontrar repuestos para según qué arreglos. El motor que lleva este camión es un poco especialito. Hace no tanto se rompió un pistón y las bielas de este Barreiros llevan dos engrasadores donde se enganchan con los casquillos, a través de dos agujeros.
Me pedían 1.200 euros por esa pieza, pero por suerte un mecánico amigo me consiguió una biela por 90. Con sustos como este es habitual encontrarse cuando la ingeniería manual ya no da más de sí, y sea como sea has de dar con un repuesto que lo normal es que esté descatalogado.
Pero la vida es también poder darte un antojo de vez en cuando, y que no todo sea trabajar y trabajar. Para algunos son sólo antiguallas, pero los que gustan de tener camiones clásicos – reflexiona -, sea por tradición familiar, o por simple fascinación hacia la historia de nuestro oficio, seguro que entienden perfectamente de lo que les estoy hablando”.
Para nuestros sentidos, un rato al volante de un clásico, al igual que pasa con un buen vino o una oportuna película (por volver a referencias del principio de este artículo), es algo que dura sólo un momento, pero que te deja un intenso sabor a felicidad.



