Hay testimonios eternos del transporte que bien podrían condensarse en las propiedades físicas y ópticas de este Volvo, al que Carlos tiene por uno más de la familia.
«Mi tractora la llevo al jardín que tengo en casa y allí la lavo, ajusto y acicalo con todo el cariño del que soy capaz.
Si los azares del destino me lo permiten, y los de las legislaciones me lo toleran, mi deseo es que me acompañe toda la vida”.

Por paradójico que pueda parecer, quien acoge estas palabras es un joven de 30 años, pero que exhibe la fuerza motriz de un veterano curtido en una tradición familiar ligada al mercado porcino.
“Mi padre se inició como tratante de cerdos nacional e internacional, así que por casa rondaron cubas de pienso, frigos y jaulas; siempre marca Volvo.
Siendo un crío, ya esperaba en nuestra casa de Lleida a los chóferes para que me dejaran meter el camión a la nave o poner gasoil.
Mi padre – recuerda Esteve con nostalgia – me dejaba en verano acompañar en sus viajes a Barco de Ávila, Extremadura o Andalucía a aquellos con los que tenía más confianza”.



Nuestro joven transportista buscaba algo no precisamente sencillo de encontrar: un Volvo FH 12 de cambio manual, sin demasiados kilómetros, y presto para la faena diaria.
Este era el modelo que su memoria albergaba como el primer camión que le sedujo en su infancia.




Un cierto romanticismo, al que no hay que buscar más explicaciones que las que te asignan ciertos recovecos del corazón, le hizo buscarlo con fruición, hasta que Soria e Internet hicieron conexión.
De allí se lo trajo Carlos para posteriormente examinarlo del primer al último tornillo. “Le hice el repaso del millón: tapetas, compresor, alternador, correas, radiador, etc.
Sólo en el equipo para mover la cuba me dejé 5.000 euros. Tan rematado lo dejé – explica satisfecho – que ahora no voy al taller casi para nada”.




El color en blanco hueso y naranja agua es, junto al mataburros, el signo distintivo de este Volvo FH 12, cuyas luces ornamentales y el carenado hecho a medida tienen homologada su presencia, aunque no todas tengan la conformidad legal para ser encendidas.
Carlos es el único Esteve camionero de la familia. En su tauliner transporta palets con jamón, cajas de queso o paja y forraje para los animales de las diferentes granjas de la conocida empresa El Porquero repartidas por España.


La voluntad de Carlos Esteve es mantener por mucho tiempo este Volvo de solera, cuya cabina ya ha acogido en diversas ocasiones a su hija Martina, de 4 años, que pone la misma cara de disfrute en el camión que Carlos ponía dos décadas atrás. “Por muchas luces que pueda poner al Volvo – remacha el reportaje -, no hay faro que alumbre más que el de su nombre en el frontal”.

El propietario
ESTEVE AIRLINES. Al volante se inició con un tractor para sacar los purines, y con 19 años se trasladó a Talavera de la Reina, donde El Porquero, empresa en la que trabajan también sus cuatro hermanos y su padre Jordi, puso en marcha la gestión de granjas para la cría de hasta 24.000 cerdos.
Con 21 años se sacó los diversos permisos de camión y hoy es el camionero de los Esteve por antonomasia. Excepto el motor, todo en este Volvo FH 12 ha sido repuesto.



