“Tenemos las carreteras que tenemos”

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La pronunció en rueda de prensa posterior a la Operación Semana Santa de 1988, que más se podría haber llamado semana trágica, pues fallecieron un total de 180 personas en las carreteras de nuestro país. Sí, leyeron bien las cifras; y ahora no sabemos si fueron más porque este balance fue justo al finalizar el puente y puede que también falleciese algún herido más. Con semejantes datos sonaron todas las señales de alarma en un país en el que ni UCD ni PSOE destinaba esfuerzos políticos ni financieros a paliar semejante sangría, sólo preocupados de cargar a los demás sus culpas. La frase de Lima Manzano resumía entonces la política gubernamental con un tema tan delicado como la seguridad vial: “Tenemos las carreteras que tenemos y debemos conducir adecuándonos al estado de las mismas”. Fatídicamente, y paradojas del destino, la directora general de Tráfico falleció en un accidente de helicóptero dos meses más tarde, cuando se dirigía a un acto oficial a la localidad palentina de Aguilar de Campoo.

Algo ha cambiado

Desde entonces y hasta hoy la red viaria ha sufrido una transformación, claro que ayer, como en la actualidad, no es fruto del azar. Son los gobernantes los que tienen en su palabra la última decisión sobre las inversiones en infraestructuras, en autovías, en autopistas o en la mejora de la completa red de carreteras secundarias, locales… etcétera. Pero, cuidado, que muchas de las que tenemos actualmente son peores de las de hace algunos años. Muchas se han deteriorado hasta tal extremo, que se han convertido en un auténtico riesgo para el usuario. Las inversiones han ido a parar, por ejemplo, a aeropuertos que se hallan cerrados en la actualidad. A líneas de AVE que se han clausurado a los pocos meses de su inauguración por falta de rentabilidad, al rescate bancario o al blindaje de los salarios de los tipos que se supone que las gestionaban. Muchos, demasiados accidentes de tráfico, se producen por el estado de éstas. Uno de los casos más alarmantes es el de la vía que une la capital del bajo Cinca, Fraga, con la del Ebro, Zaragoza. Uno puede llegar hasta allí a través de la autovía del nordeste (A2) o bien mediante la AP-2, irremediablemente de pago. En la ciudad de la Franja muere la primera para convertirse en una carretera de esas de las “que tenemos”. Maldita vergüenza le tendría que dar a más de uno de los ministros de Fomento que por ese ministerio han pasado como titulares de la cartera.

Vía tercermundista

Esa carretera, con el tráfico de vehículos de mercancías que registra diariamente y a todas horas, es una de las más saturadas de nuestra querida piel de toro. Toda ella es de circulación de doble sentido, salvo en algún tramo escaso con un tercero en discordia. Su mantenimiento es absolutamente pésimo, inexistente a lo largo de todo su recorrido tanto si desembarcamos en Zaragoza como si lo hacemos en Fraga. Pero si hay algo que clama al cielo, ésa es la variante de Candasnos. Ese tramo que bordea la localidad mediante una carretera convencional de doble sentido es un auténtico atentado contra la seguridad vial. Quiere decir además que todavía han de pasar años para que veamos finalizada la autovía entre Fraga y Zaragoza o viceversa. Ese tramo es una auténtica falta de voluntad de nuestros nefastos gobernantes. Aparte de su peligrosidad, los inmensos socavones que tiene amenazan con tragarse un trailer un día de éstos o de hacerle perder el control a su conductor. Si circulas tras uno, verás como el semi pega unos latigazos que ni la atracción de feria, mientras el chófer trata de dominar el camión que se comporta como un auténtico toro mecánico. Las víctimas se suceden en esos pocos kilómetros, pero ¿hasta cuándo? Cuando acaben las obras del desdoblamiento, si un día se acaban, habrán quedado obsoletas y tal vez alguien nos diga “tenemos las carreteras que tenemos”.

 

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