Con una participación de camiones menos numerosa que la de otros años, efecto visible de la crisis, el protagonismo recayó en el factor humano y en la unión de unos conductores que hicieron de tripas corazón en esta quinta celebración de San Cristóbal.
La Agrupación de Transportistas de Getafe consiguió que su gente se evadiera por un fin de semana del bochorno económico que le abrasa a diario. Como buenos hombres de tradiciones, los miembros de la junta directiva volvieron a confiar, vistos los resultados de ediciones anteriores, en la receta aplicada al enfermo terminal que se dedica a la conducción: celebraciones religiosas, comida masiva, música y baile, y la no menos esperada procesión de los camiones por el centro de la ciudad. Como mano de santo.
El éxito del tratamiento fue tal, que otros trabajadores de la zona, no necesariamente chóferes, y sus correspondientes familias no dudaron en pedir la misma medicina y se unieron a los transportistas en los distintos actos reparadores que se celebraron los días 14 y 15 de julio.
Aun así, la campa del recinto ferial no pudo disimilar las marcas de estrangulamiento que tiene el sector. La presencia de Maite Ruiz, del colectivo de Mujeres de Transportistas, nos recordaba la dura situación que se está atravesando. Portando una camiseta reivindicativa de color fucsia denunció la situación en la que viven la mayoría de los autónomos del transporte por carretera.
Poco más de diez camiones estacionados, cuando lo normal por estas fechas eran muchos más, hablaron a las claras de esa asfixia, aunque luego la verbena y el roce con otros compañeros y compañeras levantaría el ánimo a muchos de los presentes. Además del disfrute esporádico entre sufridores, hubo súplica generalizada al santo patrón: “Que nos dé trabajo”.
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