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El Freightliner FLD 120 de la familia Sanz

Durante más de 12 meses, la nave de trabajo que los Sanz tienen en su casa de San Sebastián de los Reyes (Madrid) estuvo ocupada casi íntegramente por todas y cada una de las piezas desmontadas del Freightliner FLD 120. En realidad no todas. Solo las restaurables.

Y es que cuando el Freightliner llegó a Madrid era, según palabras del propio José María, “una auténtica chatarra”, pero en la que valía la pena invertir todo el tiempo del mundo. No en vano, se trataba del sueño de toda una vida. “Nosotros siempre tuvimos coches americanos”, cuenta José María.

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Freightliner FLD

“Ya desde el principio, cuando aún no había Leyland ni Barreiros ni Pegaso, mi padre y mis tíos se movían con Ford Barbas, REO, Dodge Carnero y GMC. Es lo que había. Y como yo crecí con eso, siempre tuve la ilusión de comprar uno en el futuro”. Ese futuro llegó en el año 2006.

Alfredo, el tercero de los hijos, vio en una revista un anuncio de un Freightliner en venta en Málaga. Y allí se plantaron los dos. Se trataba de un Freightliner Classic con motor Detroit. “Lo puse en marcha —sigue contando nuestro protagonista—, en seguida le dije a mi hijo que no me gustaba cómo sonaba”.

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Parecía que el viaje había sido en vano, hasta que vieron un par de FLD 120 aparcados cerca de allí. “¿Esos dos también están en venta?”, preguntaron. Y el vendedor dijo que sí. “¡Hostia! Pues vamos a arrancarlos”, exclamaron padre e hijo casi a la vez.

Según el vendedor, se trataba de dos Freightliner del mismo año que Coca-Cola había hecho traer de Estados Unidos junto con varios más para rodar el anuncio de la campaña de Navidad de 1997 (seguro que más de uno se acuerda: una caravana de camiones rojos iluminados que recorrían un paisaje nevado).

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El caso, al parecer, es que tras el rodaje nadie volvió a preocuparse de los vehículos y terminaron en una campa del puerto de Hamburgo a merced del salitre y el agua.

Cuando llegaron a Málaga, obviamente ya no había ni rastro del esplendor del anuncio en la chapa de los Freight. “El aspecto era malísimo. Pura chatarra –dice José María–. Mi teoría es que en Hamburgo alguien decidió lavarlos metiéndolos en agua de mar, porque no hay otra manera de entender ese nivel de deterioro”.

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Pese a todo, el motor Caterpillar de 450 CV de uno de ellos le hizo tilín a nuestro entrevistado y le pidió al vendedor si podía fotocopiarle las homologaciones europeas y los papeles de la inspección técnica.

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“Yo andaba mosca, sobre todo, con la ITV. No entendía cómo un camión con ese aspecto podía haberla pasado. Ahí estaba el valor del vehículo. Así que me llevé los papeles a Tráfico y pregunté si se podía transferir.

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‘Ningún problema’, me dijeron. ‘Esta documentación está en regla’. No me preguntes cómo pasó ese coche la ITV, pero el caso es que, teniendo el visto bueno de Tráfico, nos decidimos a volver a Málaga”. José María, dos de sus hijos —Alfredo y José— y su nuera Noe bajaron a Andalucía en furgoneta en busca del sueño americano. Y, aunque costó, lo hicieron llegar a Madrid.

El viaje de vuelta fue toda una odisea. Pese a que las zapatas estaban pegadas, el embrague fallaba y todos con el miedo en el cuerpo de que en cualquier curva el vehículo terminara desmontándose, los Sanz completaron el trayecto Málaga-San Sebastián de los Reyes sanos y salvos. Quedaba, no obstante, el trabajo más duro: devolverle al Freight el esplendor perdido.

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Una vez en Madrid, José María se aseguró de que la mecánica no escondiera sorpresas desagradables y visitó un centro Caterpillar para que le revisaran la centralita. Todo en orden: algo más de 400 mil kilómetros recorridos, tal y como marcaba el reloj, y compresión perfecta.

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Si la mecánica estaba en excelente estado y tanto la homologación europea como la ITV estaban en orden, el renacer del Freightliner era solo cuestión de tiempo.

Entre todos desmontaron el vehículo pieza a pieza, anotando todo y haciendo fotografías de cada elemento.

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Un puzzle infinito cuyos elementos tuvieron, unos, que lijarse de arriba abajo y pintarse, y otros, pedirse a Estados Unidos: elevalunas, gomas de las puertas, balonas de la suspensión de la cabina y el camión, amortiguadores, caja de la batería, latiguillos, manguitos, radiador, válvulas, racores, pulmones, llantas, escapes… la lista era infinita.

Pero aquí está el resultado. Valió la pena el esfuerzo. El clan Sanz se implicó en la tarea de restauración, desde el primero hasta el último de sus miembros; y hoy el Freightliner FLD 120 es uno más en casa de los Sanz. Un sueño trabajado pieza a pieza.

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