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El Peterbilt de Santiago Gracia Lahoz; quedamos en el camión americano

Hay una suerte de Ruta 66 que separa la casa de Santiago del Bar Las Horcas. Son 8 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, en los que un Peterbilt de 1987 hace que se entremezclen ensueños de realidad y existencias de ficción, a las que está invitado todo el que se acerque por allí. Are you ready?

Sí. Estamos preparados y muy ilusionados. La estampa de este colosal truck a la entrada del restaurante que toma el nombre de este polígono industrial, fundamental en Alcañiz (Teruel) por estar ubicado en la que se considera capital del Bajo Aragón, es la tarjeta de visita a un anfiteatro-comedor, donde todo emana encanto por el motor.

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Mientras por las mesas discurren platos de comida que evidencian el porqué de que nuestra cocina, esa que los doctos tildan de mediterránea y los terrenales llamamos de cuchara y tenedor, es la primera en conquistar nuestros cinco sentidos.

Peterbilt Las Horcas

Camelados dichos sentidos, toca seducir las sensibilidades. De ello se encarga un “atrezzo” exquisitamente repartido por todo el local, conformado por maquetas de camiones, iconografía truckera que emana de la Ruta 66, reproducciones de vehículos de competición, fotos y pósters de todo signo, entre los que destacan (llamadme un pelín parcial) los de SOLO CAMIÓN con resplandecientes trucks captados en reportajes realizados en ese inagotable edén del imaginario camionero colectivo llamado EE.UU.

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Peterbilt Las Horcas

De 07 a 17 h circulan a diario por el Bar Las Horcas una treintena de menús e incontables almuerzos llegados de la mano de Vanessa, Lina y el propio Santiago, que sólo en su pasión por la cocina encuentra un campo que rivalice en perseverancia con su placer por el mundo del transporte.

Peterbilt Las Horcas

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“En cada plato que sale de aquí me pongo siempre en la piel de quien lo va a comer. Nunca olvido el consejo de mi padre, camionero toda su vida, que ha visto a lo largo de su trayectoria profesional cómo muchos restaurantes de carretera, henchidos de éxito, se permitieron bajar la calidad de su carta al verse pletóricos de clientela y cayeron en picado.

 Fidelizar a un comensal –prosigue Santiago en esta improvisada Master Class de restauración– supone mucha entrega y tiempo, pero perderlo puede ser cuestión de un día, o una hora”.

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La parroquia habitual de este restaurante se caracteriza por un estómago exigente, del cual ha de derivar luego la energía para largas jornadas de trabajo en esta confluencia de empresas establecidas junto a una Alcañiz considerada ciudad de servicios. Cuando allí se citan colegas y compañeros para hacer un alto en la jornada, la consigna que corre como la pólvora es única e intransferible: Quedamos en el camión americano.

Un Peterbilt te saluda

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La vida de este todoterreno de 51 años es de las que un catalano-aragonés diría que “n’hi ha per llogar-hi cadires”, expresión que, como toda frase hecha, queda algo ridícula cuando se traduce literalmente a otro idioma, pero que en buen castellano viene a significar que no tiene desperdicio alguno.

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Con 10 años ya acompañaba a su padre en el camión a las minas de arcilla, aupándose a sus piernas para llevar el volante. De adolescente se inició como mecánico, oficio que le ocupó mucho tiempo, hasta que cambió el tercio y regentó durante más de una década un restaurante en el centro de Alcañiz, actividad que combinaba en diferentes períodos con la ruta camionera sobre modelos Iveco, Mercedes, Volvo y MAN; actividad a la que siguió el llevar durante dos años un dumper para la construcción del circuito Motorland de Aragón.

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Con tiempo para medir su pericia en diversas competiciones de autocross, incluida la Copa Citroën AX, ese Santiago al que no se le resistía ni siquiera una temporadita sabática en Las Canarias junto a su mujer, tenía sin embargo un anhelo recurrente en el que su fantasía siempre se zambullía: tener un truck americano.

“Yo leía vuestros reportajes en la revista y me volaba la imaginación. Si iba a una carrera o concentración –continúa Santiago– flipaba mucho más con los camiones americanos que con cualquier otro. Ya asentados desde hacía años en Las Horcas le sugerí a Cristina, mi mujer, que un truck sería un reclamo inigualable para el restaurante. Ella asintió y le di así el pistoletazo de salida a mi deseo de toda la vida”.

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Peterbilt Las Horcas

A instancias de los truckólogos expertos en España (Cortijo, Sanz, Pepillo y compañía), un contacto le puso sobre la pista del Peterbilt escogido, que embarcó en las costas de Georgia y tardó más de un mes, que a Santiago se le hizo eterno, en arribar al puerto de Barcelona.

Hablar de precios a la hora de evaluar un sueño es para este alcañizano no estar a la altura de un sentimiento, pero lo que sí se ve capaz de asegurar, con una gran sonrisa dibujada en el rostro, es que si le dieran un euro por cada foto que le han hecho a su americano desde 2012, estaría pagado más que de sobra.

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No obstante, como las amortizaciones del corazón van por otras lindes, el próximo anhelo de Santiago pasa por alquilar alguna vez un Peterbilt en EE.UU. y recorrer con él los casi 4.000 km de la Ruta 66. “Ahora que tengo su conducción por la mano, llevar una joya de este calibre por la carretera madre es el gran viaje pendiente de mi vida”.

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