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El DAF con motor Cummins de Jesús Marfil, la leyenda del tiempo

Aquel chaval que iba con su padre en el camión, curioseando sin parar, es el mismo al que hoy en día no se le caen las paredes de la oficina por pasar demasiado tiempo dentro de ellas.

Jesús necesita cada poco degustar el aire libre, aunque sea dentro de los 27.000 m2 del recinto de Transmarfil.

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Seguro que parte de ese delito es responsabilidad de su difunto padre, Antonio, que tal vez le acostumbró mal… o bien. “Cuando saques el carnet de conducir –le decía–, te compraré el camión que más te guste y lo decorarás como quieras, sin mirar lo que valga”.

DAF Marfil

Tanto fue creciendo esta empresa de gestión y grupaje de palets de frutas, verduras y derivados, de la que tiraban con atinada amplitud de miras su padre y hermano (los dos Antonio Marfil), que Jesús, conocido cariñosamente por todos como Marfilillo, entró un día con este DAF, en los albores de 2000, por la campa de Transmarfil.

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Así, con 20 años, y a falta todavía de algún tiempo para poder conducirlo de acuerdo con la ley, nuestro Jesusito ya tenía su DAF para irlo poniendo a su gusto.

No solo lo decoró a capricho por dentro y fuera de la cabina, sino que también lo rehizo por debajo del capó, al montar un motor Cummins de 530 CV, que tiene por seña el haber sido de los pocos que se han paseado por España.

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“Por la evolución al alza de nuestra empresa, tras pasarme un año al volante de este DAF, lo dejé en manos de un chófer de la casa.

Cuando cumplió el millón de kilómetros –continúa Jesús–, acordamos cambiarlo por otro, pero como nos afligía el desprendernos de él, lo dejamos en las instalaciones para que viviera aquí, a resguardo de despiece alguno, con la gracia de poder pasear con él, por puro ocio, así como asistir a concentraciones de decorados”.

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Dos cabelleras famosas donde las haya, separadas por poco más de un siglo de historia, se cruzan en la historia de Jesús Marfil, pues el primer argumento decorativo que vino a la cabeza de este malagueño para decorar su camión fue la efigie de ese gaditano universal llamado Camarón de la Isla.

No obstante, ninguna de las imágenes que llegaban a sus manos satisfizo del todo a su amigo Enrique, pintor de Écija (Sevilla), llamado a ejercer su arte sobre la chapa del DAF.

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“De hecho –recuerda Marfilillo–, Enrique, tan admirador como yo del gran Camarón, me prometió no cobrarme nada por su trabajo si yo encontraba una imagen a su gusto de nuestro respetado cantaor.

Tan honesto como perfeccionista, un día Enrique me enseñó un cuadro que él mismo llevaba años y años intentando culminar, pero que nunca quedaba con la excelencia que él buscaba. Supongo que tanta devoción por Camarón siempre le impedía ver su obra bien acabada”.

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Por el contrario, de un personaje como Toro Sentado, así como de tantos otros de los primeros pobladores nativos de Norteamérica, la iconografía sí es extensa y, todo hay que decirlo, hermosa. La pareja camaronera se decidió finalmente por cambiar su tercio artístico.

El proceso de pintado fue relativamente largo, de casi dos meses, pues Enrique decoraba en aquellos tiempos la mayor parte de los camiones del sur, además de tener que organizarse con tareas propias.

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Jesús Marfil no suele coger el camión, a no ser por imperativo de algún compromiso muy concreto.

En Transmarfil, empresa que aglutina a más de 70 trabajadores en la actualidad, nuestro hombre está ahora más sujeto a las labores de gestión de una firma que cuenta con una treintena de trailers frigoríficos, cámaras con temperatura controlada y amplias instalaciones, en las que se incluye un espacioso taller propio.

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A sus 35 años, este joven de carácter y de DNI ve filtradas en su DAF las imágenes retrospectivas de aquel niño que acompañaba a su padre con su Volvo F12 por Málaga, Granada, Perpiñán… y hasta, si por el hubiera sido, el mismísimo Saturno. Así se pintó este DAF hace 15 años, y así lo conservará hasta que el cuerpo aguante y, claro está, el Cummins le resista.

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