Sabemos perfectamente qué es lo que trataban de hacer con el encarecimiento del IVA. No había otro afán que el recaudatorio, por mucho que desde algunas posiciones nos contasen que era para reactivar el consumo; en definitiva, las ventas. En algún caso habíamos llegado a escuchar que se matricularían más vehículos durante el mes de agosto, ya que la subida del impuesto adelantaría hipotéticas ventas. Hoy, con las cifras en la mano que nos han suministrado el IEA (Instituto de Estudios de Automoción) y la ANFAC (Asociación Nacional de Fabricantes de Automóviles y Camiones), podemos constatar que no sólo no ha sido así, sino que las matriculaciones han descendido tanto en vehículos comerciales ligeros, de 3,5 a 6 toneladas, como en camiones. Durante el mes de agosto, las ventas de camiones alcanzaron algo más de las 800 unidades en el conjunto del Estado, incluidas también las autonomías insulares. La cifra refleja una caída del 26,9 % si la comparamos con el mismo período del ejercicio anterior.
Los volúmenes continúan siendo realmente bajos si hablamos del período acumulado entre enero y agosto, con un total de 9.225 unidades y un descenso global del 24 %. De la quema no se salva ni un solo segmento. Las cifras son un tanto alarmantes, y entre ellas destacan por negativas las de los camiones rígidos, cuya caída durante los primeros ocho meses del año concluye por ahora con un preocupante 46,4 %. Pero nada, subimos el IVA, o como suele expresar, no exento de cierto cinismo, Cristóbal Montoro, el biministro de Hacienda y Administraciones Públicas: “Nos hemos visto obligados a adecuar el impuesto tributario”, que no es poco el enmascaramiento que trata de darle con la expresión. Pues eso, adecuan el impuesto del IVA, y el del gasóleo, que no paran de adecuarlo y cada vez que tiene uno que arrimarse al surtidor le dan ganas de salir corriendo. Van adecuando también el kilovatio eléctrico, los metros cúbicos del gas ciudad y los del agua. Los colegios, el comedor de la escuela… Y vamos a parar de contar que no anda el horno para bollos.
Los portes y las tarifas no están ya congelados, sino que se hallan en manos de chorizos que ponen el precio que les place sin tener en cuenta ni la vergüenza que no tienen. Al transportista, por ahora, no le queda otra que achantarse resignadamente y adaptarse a la penúltima canallada que le ofrece un tipo que se dice cargador, si quiere cubrir ni que sea parte del gasóleo por un retorno. La historia es así de cruda y es la triste realidad del día a día. Cuando no hay que tirar con la tractora al enganche corriendo con todos los riesgos y cobrando el kilómetro a un precio que más vale no referirlo aquí. A estas alturas de la película, no sabemos quién debe gestionar esta situación y ponerle coto con ciertas garantías de viabilidad. Las asociaciones ya nos han demostrado por activa y por pasiva que la historia no va con ellas. Están liberadas, como cualquier sindicalista de medio pelo, y vivir del cuento ya les favorece. Con las cosas de este modo, no sabemos quién debe defendernos la tostada. Por si fuera poco, todavía Mariano Rajoy y De Guindos tienen que llamar a la puerta de la “führer” Merkel pidiendo los dineros del puñetero rescate. Y eso será una nueva losa para los ciudadanos de a pie, que somos nosotros, queridos amigos.



