En las competiciones del motor, todos los años se suele producir un pequeño parón veraniego para que los equipos tomen un poco de aire y renueven sus esfuerzos para afrontar el resto de la temporada. En las concentraciones de camiones españolas también sucede esto, y desde las celebraciones de nuestro patrón San Cristóbal hemos aprovechado este tiempo, los que han podido, para coger unos días de vacaciones y volver con nuevas fuerzas para trabajar, pero también para divertirse con los amigos en esta primera cita de Iniesta.
A temprana hora de la mañana del sábado, con el sol luchando por disipar los restos de la nube de tormenta que había descargado, en el patio de la cooperativa agrícola donde se celebra esta concentración ya se podían ver unas cuantas tractoras aparcadas que habían aprovechado el puente festivo para llegar allí el viernes por la tarde. Sus propietarios todavía tardarían en aparecer, porque la fiesta de la noche anterior debió alargarse. No fue el caso del “Lobo” Rafael, que siempre es de los últimos en acostarse pero de los primeros en levantarse, así que casi todos los años es el encargado de darte la bienvenida.
Van llegando
Poco a poco se fueron sumando tractoras: los Sanz vinieron con una bañera enganchada para cargar en Valencia y así aprovechar mejor el viaje, los García de Cantabria que se habían marchado para terminar algunos retoques en el camión, Castro venía del lavadero con la cabina todavía llena de gotas de agua… Todos ellos, como si fuera parte de alguna secreta información escrita en sus genes, se pusieron a darle la última pasada con el trapo al interior, a las llantas o a cualquier cosa que pueda deslucir el brillante acabado de sus camiones. Mientras se explicaban unos a otros que habían puesto nueva tapicería al camión, un suelo de tarima, el último accesorio en la carrocería o unas cuantas luces y diodos.
A la sombra se juntan pequeños grupos para conversar sobre cualquier tema, desde cómo se regula el embrague de un camión americano hasta los efectos en el cuerpo humano de comerse un buen cocido maragato. Todo entre sonrisas y buen ambiente. “Esto es lo que me da a mí la vida”, decía uno de los veteranos, “estar aquí entre amigos, charlando, tomando algo…”. Al final en eso consisten las concentraciones, en pasar un buen rato entre compañeros y olvidarte durante un tiempo de los sinsabores del transporte.
A media mañana, el ronquido del freno de descompresión suena a lo lejos. Alguien viene. A los pocos segundos irrumpen en la explanada Cortijo y Chicho haciendo trabajar a destajo las bocinas de su Freightliner y su Volvo. Pronto bajan de sus camiones y se ven rodeados de otros participantes que los saludan. El público, cámara en mano, no quería perder la ocasión de inmortalizar estos dos vehículos, más si cabe porque Cortijo le ha cambiado la decoración aerografiada al suyo y todavía no la había presentado en grandes concentraciones.
A la una de la tarde era el momento del tradicional desfile. Con las tractoras americanas en cabeza y con la ayuda de la Policía local, Guardia y Protección Civil, la serpiente de cromo y color se internó por las calles del pueblo para despertar a los más trasnochadores si todavía quedaban a esas horas en la cama. Si verlos pasar brillando al sol era un espectáculo, se podía adivinar que en el desfile nocturno no iban a defraudarnos.
Ambiente exquisito
Una vez aparcados los vehículos, era un buen momento para refrescarse en la barra instalada por la organización, antes de la comida en un restaurante cercano. Mientras gente de todas las edades, desde bebés en carritos hasta mayores en silla de ruedas, se acercaban a ver estas grandes máquinas.
Tras la comida, la campa quedó casi desierta. Unos se fueron a la habitación del hostal para echar un sueñecito que compensara lo perdido en la fiesta nocturna. Otros se acercaron hasta la piscina municipal para darse un fresco baño y relajarse a la sombra.
Poco a poco, la tarde iba pasando y el calor disminuía. Otra vez los aficionados y los curiosos volvían a pasear entre los camiones para apreciar los detalles de la decoración o de la mecánica de estas obras de arte. También regresaban sus propietarios a disfrutar otro rato del buen ambiente y pensando en tenerlo todo preparado para el segundo desfile que se iba a celebrar más tarde.
Cuando el sol se puso en la llanura manchega, los veintiocho camiones fueron arrancando sus motores y encendiendo todas sus luces para enseñarnos el espectacular aspecto nocturno que complementa la pintura y el cromo que vemos de día. Y de esta manera, pasadas las nueve, volvieron a salir a desfilar por las calles donde la gente ya les esperaba, algunos con las sillas en la puerta de su casa para tomar el fresco y otros camino de la verbena.
Tras volver a estacionar los vehículos, ese mismo camino fue el que tomaron muchos de los participantes, para mezclarse con la gente de la localidad y de los pueblos vecinos que continuaban celebrando sus fiestas en las casetas y las atracciones instaladas en el centro. El domingo es uno de los días grandes para el pueblo, pero también sería el momento de las despedidas y el viaje de vuelta a casa para estos camioneros, no sin antes preguntarse unos a otros ¿cuándo es la próxima?.
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