Carlos Torrano, un camionero navarro de 61 años, ha revivido el Avia 5000 que alguna vez manejó su padre. Esta restauración no es solo un proyecto mecánico, sino un homenaje a décadas de historias sobre ruedas.
El camión nos encarna como padres e hijos, y su gusto por él (¿Por qué no?) también puede derivar en una de las más ricas herencias que pueden dejarse.
Bonifacio, padre de Carlos Torrano, fue todo un pionero en el cultivo y distribución del champiñón, aunque a la postre le pegaba a todo con los 3 Avia que tuvo (un 2500 y dos 3500, el último con motor de 85 CV y 5 velocidades).

“Podía ir a por un viaje de leña para un vecino, llevar ganado al matadero o transportar material de construcción para cualquier obra de Navarra”.
Quien con estas palabras lo recuerda, y más en un día como hoy, en el que SOLO CAMIÓN viene a piropear la restauración de su Avia, es el pamplonés Torrano Ulzurrun, que continúa dedicándose al sector del champiñón, y que si de niño ya veía a su padre como un gigante, hoy, a sus 61 años, lo ve más grande todavía.





“Mis tres hermanos acabaron haciendo una carrera, pero yo nunca tuve otro objetivo que el de ser camionero. Estaba interno en un colegio de Estella – recuerda – y el tutor le decía a mi madre que no sabía lo que hacer conmigo. ‘¿Quiere usted sacarle un sobresaliente? – le decía ella –, pues pregúntele por el nombre de los camiones que andan por Estella’.
A los libros poco caso les hacía, pero a saber cómo sonaba un Pegaso, un Avia o un Ebro, no me ganaba nadie”.
Recuerda como su madre lloró el día en que trajo a casa su primer sobre con dinero, porque hubiera querido que siguiera estudiando. Tras un breve paso por la construcción y una fábrica de muelles, con 17 años Carlos ya hacía maniobras al volante de un Barreiros 4220. “Este mocé (muchacho, en jerga navarra) conduce mejor que yo”, le decía su jefe.

Un cliente dedicado al cultivo, compraventa y transporte del champiñón le cedió el testigo de la empresa a su padre, y así nació “Champiñones y Setas Torrano”, a la que aguardaban más de 4 décadas de historia por delante.
Torrano dio con un forofo de Avia que conservaba media docena de vehículos de esta marca, al cual convenció para que le vendiera una unidad que llevaba 12 años completamente parada y que, según el mismo propietario reconoció, tenía acoplado el motor y la cabina de un Avia de Vitoria, que había pertenecido a la Policía Nacional.
“Tenía pocos kilómetros y la cabina estaba impoluta. Arrancó a la primera – rememora -, así que, junto a mis amigos Julián y Javier, nos encomendamos a un intenso lavado de cara”.


Nuestro protagonista acudió a la calahorrana Carrocerías Maturana, donde encargó pintar el chasis-cabina en un verde, rojo y beis que emulara al dedillo los colores del último Avia que tuvo su padre.
Tanto fue así que Carmen, su madre, se emocionó al verlo, pues le arrimó de nuevo el corazón a tantos y tantos recuerdos de aquellos días en los que su marido aparcaba el camión a la puerta de casa.




De mecánica sólo hubo que hacerle cuatro ajustes. La tapicería del salpicadero también se mantuvo, pero sí fue reformada la caja al añadir las tablas laterales y cambiar las del suelo, así como adherir unos rollos de poliéster y pintar en amarillo el exterior.
“Donde quiera de vaya me tuestan a fotos – sonríe, Torrano –, pero me hace especial ilusión que se encanten los chiquillos, porque me evocan a aquel mocé que yo fui”.



